Opciones

Sobre OPCIONES

Miquel Barceló (9 de julio de 2015)

Opciones es un relato que escribí en catalán para luego traducirlo al castellano. Tengo con este relato una buena relación, ya que nunca olvido que a mi padre le gustó y eso siempre ha sido importante para mí.

            Se publicó, en castellano, en 1998 en el número 7 de la colección Trazos de Bígaro Ediciones, en una Antología de Cuentos de Ciencia Ficción que preparamos Pedro Jorge y yo mismo. Entonces estaba abierto el debate de si en una antología el antologista podía o no publicar relatos propios, y tanto a Pedro como a mí nos pareció que sí. Por eso saqué el cuento de su olvido y lo publiqué (el de Pedro fue El día que hicimos la transición, escrito con Ricard de la Casa y que ya lleva un par de ediciones, incluso en inglés).

            Como suele ocurrir, Opciones no ha sido del todo comprendido. En una wiki (no sé si activa hoy) se comentaba esa antología y se despachaba el relato con un breve comentario que se iniciaba con: “Un relato un tanto juvenil y autocomplaciente, repleto de estereotipos antropológicos y rebozado en una melaza de problemas domésticos y buenas intenciones propia de una teleserie mormona-americana.”

            Gracias por lo de juvenil, aunque escribí el relato casi a mis cincuenta años… Y, por otra parte, entiendo que quien haya descubierto para la ciencia ficción y la fantasía publicadas en España autores mormones como Orson Scott Card o Brandon Sanderson, pueda ser etiquetado como mormón por alguien poco enterado. Aunque también he aportado a la ciencia ficción y fantasía publicadas en castellano obras de autores “nuevos” como Lois McMaster Bujold, Connie Willis, Nancy Kress, Dan Simmons, Neal Stephenson, Michael Flynn y tantos y tantos otros.

            Formado en el nacionalcatolicismo franquista de mi niñez, ninguno de sus componentes ideológicos (religión incluida) resistió el paso del tiempo ni el embate de la racionalidad. Soy, y a mucha honra, ateo y de izquierdas a pesar de lo que algunos hayan querido ver o pensar.

            Sí es cierto que Opciones trata de la familia y de las distintas opciones que pueden elegir los jóvenes respecto de las de sus adultos, pero contando siempre con el respeto de todos. He tenido la suerte de entenderme con mi padre en los días de mi adolescencia, de la misma manera que mi hijo también se ha entendido conmigo en ese complejo período de la vida. No es fácil, pero es, simplemente, cuestión de hacer intervenir la inteligencia, el cariño y el respeto. De eso trata Opciones.

            La idea central que motiva un relato como este se ha expresado muchas veces (y no precisamente en ámbitos mormones). Recuerdo ahora una canción italiana de Toto Cotugno, titulada Figli (Hijos), en la que se dice, literalmente, de un padre en relación con sus hijos: “l’aiuterai nel suo confuso cammino, ma non potrai cambiare il suo destino.” De eso quiere tratar Opciones, y del respeto que padres e hijos deben tener para con las opciones vitales de sus familiares. Es la única manera real de aprender a ser libres y de serlo realmente.

 

OPCIONES

Miquel Barceló

(25/02/1998)

            -Si no lo haces ahora mismo, será una noche perdida.

            La voz quería sonar dura, pero rezumaba preocupación y temor. Los tres jóvenes estaban agachados, casi estira­dos, escondidos simplemente gracias a la oscuridad y la distancia. Delante de ellos, el relativa­mente majestuoso Edificio de Ceremonias cubría la escasa luz que pro­ponía la luna.

            El guardián, demasiado perezoso para vigilar, dor­mitaba aburrido. Para él el trabajo era siempre igual, reiterativo y monótono. Una noche más para cumplir un ritual añejo que, casi con toda seguridad, era del todo inútil. Conocedor de su oficio, el guardián sencillamente esperaba que no ocurriera nada de particular durante su turno de vigilancia

            Uno de los jovenes, el que parecía dirigir la expe­dición, volvió a mirar al guardián, como si evaluara su capacidad de reacción. La faz indolente, iluminada por una débil antorcha, no era motivo de preocu­pación para los emboscados. No era ese el peligro.

            Después miró a sus compañeros, exigentes o, mejor, tan solo impa­cientes, siempre preocupados. Al fin y al cabo, ya le habían acom­pañado un par de veces. En el fu­turo serían ellos quienes deberían ac­tuar. Pero, por el momento, aún estaban verdes. Demasiado verdes. Lo­grar que le acompañaran esta tercera vez ya había representado un gran esfuerzo. Suerte que había otros. Si al menos no fallasen cuando lle­gara el momento de huir. El agua es­taría muy fría, pero seguía siendo el camino más seguro para escapar. Ventajas de vivir en una ciudad acuática.

            Con sumo cuidado, el joven que lideraba la expedi­ción metió la mano derecha en la bolsa. A tientas loca­lizó la forma casi esférica, como una irregular pelota pequeña. Aún parecía estar caliente, pero sabía que eso era imposible. La sangre había sido recogida muchas ho­ras antes. Pero el tacto, a pesar de la sutil membrana de sórgis, era cálido y más bien viscoso. Extrajo la forma esférica de la bolsa.

            De repente tomó la decisión.

            -Preparados.

            Los otros dos jóvenes retrocedieron un poco, listos para saltar al agua. La tensión llegaba a su punto más alto. Ahora ya solo pensa­ban en la huída. Era cierto. Se había demorado demasiado.

            -¡Ahora!

            Tomó impulso y, dejando que su brazo trazara un arco en la noche, lanzó con fuerza la pequeña esfera con­tra la puerta del Edifi­cio de Ceremonias.

            Todo ocurrió muy deprisa. El pop del proyectil al golpear y aplastarse contra la puerta. La sangre que em­pezaba a fluir perezosa entre los relieves ornamentales. Los tres chop casi simultáneos de los cuerpos que habían saltado al agua.

            La sorpresa del vigilante surgió sobre todo del chapoteo en el agua y no del casi imperceptible, y de he­cho simbólico, atentado con­tra la majestuosa puerta del Edificio de Ceremonias.

            Todo el incidente, como siempre, se redujo a nada.

            Los jóvenes, nadando en silencio y procurando no hacer ruido, se separaron. Cada uno volvía a su casa concentrado en que nadie le oyera llegar. A la mañana siguiente, como ocurriera las veces anteriores, ya habría tiempo para recordar la aventura. Y quizá se sintieran lo bastante valientes para pensar en otras ac­ciones.

            El guardián, acercándose primero al margen, constató, como tantas veces antes hicieran sus com­pañeros, que en el agua no quedan rastros. Después, tras escuchar el silencio de la noche y simular por un mo­mento que cumplía su deber escudriñando atentamente la negrura de las aguas, se dirigió hacia la puerta del Edificio de Ceremonias. Con la misma parsimonia de otras veces comprobó el verdadero alcance de la tra­vesura.

            Una viscosa mancha de un rojo negruzco ensuciaba la puerta y los sagrados relieves a la débil luz de la antorcha. Poca cosa. Lo ha­bitual.

            Todo el incidente, como siempre, se reducía a nada.

            Pero una nada más que suficiente para recibir una buena regañina del Regidor de Seguridad. Rek sabía que otras autoridades, incluso el mismo Regidor de Ceremo­nias, no daban ninguna importancia a esos pe­queños sabo­tajes que recientemente abundaban en Ciudad de Acuaria. En conjunto no parecían más que travesuras y tonterías de chiquillos. Pero el Regidor de Seguridad, su jefe, no compartía esa opinión.

            El oficio del Regidor de Seguridad era precisamente no dejar que ningún peligro llegara ni siquiera a desa­rrollarse. La bronca era se­gura. ¿Por qué le había tocado de nuevo a él? Mala suerte. Si esos ig­notos saboteadores hubieran aguardado a mañana, la bronca habría sido para otro. Sí. Muy mala suerte.

            Esta vez la entidad del atentado residía en el lugar elegido. ¿Profanación? Ni siquiera la sangre parecía tener especial relevancia. Al fin y al cabo olía mejor que el contenido de otros proyectiles de noches pasadas. Pero tal vez atentar contra el Edificio de Ceremo­nias suponía un significado especial. Cam no estaba seguro.

            -¿Y dices que ocurrió ya bien entrada la noche? -preguntó al vi­gilante con el tono de voz autoritario que había aprendido a emplear en su tarea como Regidor de Se­guridad.

            -Si, señor. La Primera Luna ya había pasado y solo quedaba la Luna Pequeña. No hace más de tres divisiones.

            -Poca luz, es cierto. Pero algo habrás visto.

            -No, señor. Todo ha ocurrido muy deprisa. He oído como alguien se lanzaba al agua, no sé, dos o tres per­sonas tal vez, y cuando he lle­gado a la baranda ya no se veía nada. Después he visto la sangre en la puerta.

            -¿Y no les has oído llegar?

            -No. Ha ocurrido como las otras veces. Ningún ruido hasta que se han echado al agua.

            -Bien. Lo entiendo. Gracias por avisarme tan pronto, Rek, -Cam siempre había creído que un buen Regidor de Se­guridad debía recordar los nombres de sus subordinados. En realidad, no era tan difícil. Y menos ahora: durante este mismo dozil, Rek, al igual que otros vigilantes noc­turnos, había sido testigo de un par de sabotajes.

            Los primeros rayos de luz de Niusan empezaban a iluminar el horizonte del este. La población de Ciudad de Acuaria todavía dormía. Solo unos pocos vigilantes, esparcidos por los muelles, general­mente a la entrada de los escasos edificios principales, combatían su abu­rrimiento a la espera del nuevo día que ya alboreaba.

            -Hay que limpiarlo ahora mismo, Rek. Y no se lo di­gas a nadie. A nadie. ¿Lo has entendido? -Cam sabía que acompañar las órdenes con un movimiento enérgico de la Vara de Seguridad, el símbolo de su cargo, era más que suficiente para que Rek se diera prisa.

            Aunque sabía por experiencia cuán inevitable era que el sabotaje llegara a ser conocido por todos. Ni poniendo en juego toda su autori­dad podría evitarlo. La naturaleza humana era como era y, aunque no había sido el primer sabotaje sufrido por Rek durante una de sus guardias, seguro que le faltaría tiempo para darse importancia na­rrándolo y, Cam lo sabía, exagerándolo de manera conve­niente.

            Cam, simplemente, mantenía la secreta esperanza de que los ru­mores no magnificaran el hecho en demasía. Sabía que, en sí mismo, este atentado era muy poca cosa, pero, al considerarlo en relación al creciente número de pequeños sabotajes, no podía dejar de preocuparle.

            Cam sabía que, para muchos en Ciudad de Acuaria, los pequeños ataques del último dozil eran solo una novedad curiosa y un tema poco preocupante de conversación. Pero percibía algo más peligroso en esa repetición de pe­queños sabotajes y estériles atentados. Alguien tenía un plan. Y, a juicio de Cam, el plan no era nada absurdo.

            Estaba seguro de que con acciones más violentas y decisivas, aunque hubieran sido muchas menos o incluso solo una, la preocupación general se habría disparado. Esto era distinto. Los sabotajes eran ridículos en sí mis­mos. Casi infan­tiles, pero molestos. Como una llovizna suave que, poco a poco, deja las calles mojadas y, al final, obliga a la gente a cami­nar con más cuidado por un pavimento resba­ladizo.

            Y lo más grave: esos pequeños atentados, en su metódica y ridícula repetición, podían manifestar un descontento hasta hoy desconocido en Ciudad de Acuaria.

            No todos pensaban como Cam. Incluso el Regidor de Ceremonias decía que no había por qué preocuparse, que los sabotajes eran obra de cuatro majaderos y que no repre­sentaban peligro alguno.

            Sin embargo, Cam sabía que, tras esos sabotajes aparente­mente inútiles, podía haber un diseño inteligente. Se daba cuenta de que, si alguien hubiera deseado crear una situación nueva y una cierta expectativa de cambio en Ciudad de Acuaria, pocas formas más fáciles y eficientes habría podido encontrar que esa larga docena de pequeños sabotajes que, pese a su consigna de silencio, ya corrían de boca en boca. Al fin y al cabo se trataba de un gran éxito por muy poco esfuerzo y obtenido muy rápidamente. Hacía menos de un dozil del primero de esos nimios sabo­tajes, y ya todos hablaban de ellos con evidente curiosi­dad.

            Para Cam, el verdadero problema era que, conociendo como conocía a su gente, no llegaba a imaginar quién, de toda Ciudad de Acuaria, podía mostrar tal capacidad es­tratégica. Tampoco sabía de ningún descontento serio que pudiera motivar esas acciones.

            Tal vez Mir, el Regidor de Ceremonias, estaba en lo cierto y todo se reducía al ridículo juego de unos ma­jaderos. Pero no saber con certeza el porqué ni el quién, hacía que se sintiera preocupado. Había sido Regidor de Seguridad de Ciudad de Acuaria durante las últimas veinte rota­ciones, y nada como esto había ocurrido. Ni siquiera los Libros mencionaban algo parecido. Ciudad de Acuaria siem­pre había sido una comunidad pacífica y tranquila, y su cargo de Regidor de Seguridad una perfecta inutilidad, con la única excepción de poner paz en tres o cuatro pe­queñas discusiones esporádicas que la vida cotidiana hacía inevitables entre convecinos.

            Así, pues, la clave en todo este asunto de los sabotajes era averiguar quién y, sobre todo, el porqué. Hasta que no lo descubriera, Cam no se sentiría tranquilo. Una tarea que su talante, tan propio de un buen Regidor de Seguridad, hacía del todo ineludible.

            Con el despertar del día, la pequeña comunidad de Ciudad de Acuaria resurgía lentamente de su descanso noc­turno. Las casas y las calles de leñacero comenzaban a mostrar indicios de vida activa. Los muelles, todavía húmedos con el rocío, veían el paso de los primeros cami­nantes, mientras las madres iniciaban el duro trabajo de despertar a los hijos y el ruido de las cocinas indicaba la preparación de los desayunos.

            El fresco aire matutino empezaba a transportar señales de todo tipo de olores de comidas, mientras Cam terminaba la rutinaria visita a los esca­sos puestos de guardia.

            Cam estaba seguro de que no encontraría señales de otros sabo­tajes. Por suerte, los “majaderos” del Regidor de Ceremo­nias, si se trataba real­mente de majaderos, eran pocos. Un sabotaje por noche era lo máximo que podían permi­tirse.

            Con los vigilantes, la repetida conversación era siempre la misma. Cambiaban los lugares y las personas, pero nunca las palabras. Casi un ritual devenido ya en tradición.

            -¿Nada nuevo por aquí?

            -No, señor. Todo tranquilo, señor.

            -Muy bien. Pronto llegará la hora y podrás des­cansar. Gracias por el trabajo hecho. Por el Regreso de la Nave.

            -Por el Regreso de la Nave, señor.

            El ritual se repetía día tras día en todos los puestos de vigi­lancia, que, en realidad, tampoco eran tan­tos. Cam creía necesario agradecer el trabajo hecho a los hombres y mujeres que perdían la noche en favor de la tranquilidad de sus convecinos. Era la pequeña novedad, el ligero toque personal que había introducido desde que era Regidor de Seguridad.

            En realidad, aislada por las aguas, Ciudad de Acuaria estaba más que protegida contra cualquier ataque. Tras una veintena de rotaciones en el cargo, Cam sabía que pocos peligros externos amenazaban Ciudad de Acuaria, y que la vigilancia nocturna era probablemente inútil. Pero, como hicieran otros Regidores de Seguridad antes que él, Cam no se atrevía a prescindir de la tradicional tarea de vi­gilancia.

            Aunque, además de innecesaria, parecía del todo inútil. Prácticamente había transcurrido un dozil y había sido incapaz de des­cubrir a los autores de una do­cena de pequeños sabotajes.

            Aunque el de esta noche tenía que ser la gota que hiciera rebosar el vaso. Era del todo imprescindible que hablara de este asunto de los sabotajes con la Regidora de Acciones y con el Regidor de Ceremonias. Con la mayor urgencia y seriedad. Pero sería después de desayunar, tras visitar los dos últimos puestos de guardia. Los olores que el aire transportaba habían despertado su apetito.

            Dar le esperaba. Le había visto marchar con Rek en medio de la noche, pero no estaba preocupada. Una docena de veces en el último dozil le habían enseñado que esos pequeños sabotajes nocturnos no eran peligrosos.

            -¿Novedades? -preguntó Dar, que trajinaba en la cocina.

            -No -respondió Cam, mientras empezaba a ayudarla-, otro sabotaje ridículo. Esta vez ha sido una bolsa de sangre que han tirado contra la puerta del Edificio de Ceremonias. Nada grave. Rek ya lo habrá limpiado. Un ab­surdo intento de profanación que no preocupará a nadie. Ni siquiera a Mir.

            -Pero a ti te preocupa.

            -Sí. Parecen tonterías, cosas de majaderos como dice Mir, pero eso de que se repitan no acaba de gustarme.

            -Pero no hacen daño a nadie -intentó tranquilizarle Dar.

            -Es cierto, pero ya todos hablan de esos sabotajes. Me preocupa lo que pueda ocurrir después. Alguien tiene un plan, y soy incapaz de imaginar de qué se trata.

            -Por eso te preocupa. Siempre quieres tenerlo todo controlado -bromeó ella.

            -No te rías. Es necesario que nos lo tomemos en se­rio. Tengo que hablar con Mir y Tar. Hoy mismo.

            Con la colaboración de ambos, la mesa pronto estuvo lista. Mientras tanto, Darir arreglaba su habitación, pero, como siempre, Camir seguía en la cama.

            Como todas las mañanas, habían preparado la mesa para cuatro. Pero, también como todas las mañanas, seguramente solo desayunarían tres. Cada día resultaba más difícil decidir qué hacer con Camir. Cam sabía que si le exigía al chico que desayunara con todos, debería hacer frente a sus quejas: “¡Claro, como eres el Regidor de Seguridad estás dema­siado acostumbrado a mandar!”, “¿Es que no me vais a dejar hacer lo que quiero?”, “¿Hay o no libertad?”. Quejas repetidas que, desde el inicio de la adolescencia de Camir, eran ya un  manjar cotidiano.

            A pesar de todo, Cam sabía que, una vez más, si no intervenía, Dar no estaría contenta. Y, por otra parte, no quería mostrarse au­toritario en su propia casa. Y aún menos con un joven inteligente y con afán de independen­cia como Camir.

            Dar no era excesivamente tradicional, no podía serlo si era la compañera de Cam. Pero a Dar le gustaba que los cuatro se reunieran en torno a la mesa al menos una vez al día. Y el desayuno era el único momento en que podía pre­tenderlo. La comida les encontraba a los cuatro atareados en diversos menesteres, pescando o repartidos por la ciu­dad. Y, última­mente, era imposible contar con Camir a la hora de la cena.

            -Camir, ¡el desayuno! -Dar lo intentaba como todos los días.

            El silencio habitual le respondió.

            Dar entró en la habitación del joven y se oyó el murmullo de un breve diálogo que finalizó con el también habitual:

            -¡Déjame en paz! Ya me levantaré más tarde. Desayu­naré solo.

            Dar se acercó a la mesa sin pronunciar palabra y, una vez más, desayunaron los tres solos. Darir había aprendido a callar.

            El desayuno fue silencioso. Pero a Cam este pequeño incidente fa­miliar, ya cotidiano y repetido, no le distrajo de la preocupación por los sabotajes.

            La visita a Mir, el Regidor de Ceremonias, resultó completamente dis­tinta de lo que Cam había esperado. Ni siquiera hubo tiempo para hablar de los sabotajes. Una novedad abrumadora lo cambiaba todo.

-Ha ocurrido. Por fin ha ocurrido. ¿Qué haremos ahora? -Mir había perdido cualquier atisbo de la serenidad que, supuestamente, distinguía su tarea de sumo sacer­dote.

Por suerte, Cam y Mir estaban solos.

            -A ver, explícate poco a poco. ¿Qué habéis visto realmente? -Cam, como siempre, era quien mantenía la calma, escuchaba los hechos, buscaba los datos que faltaban y tomaba las decisiones. De los tres gobernantes de Ciudad de Acuaria, el Regidor de Seguridad era, en las últimas rotaciones, quien disponía del ver­dadero poder.

            -Me lo ha dicho Dak. Él lo ha visto. Primero una luz en el cielo, una estrella fugaz. Solo una, y grande. Dak y los que la han visto di­cen que es la Nave. La Nave. La que, según dicen los Libros, será la muerte de Ciudad de Acuaria.

            Mir no podía evitar su nerviosismo. Una cosa era di­rigir las ce­remonias siempre repetidas y hablar retórica­mente del profetizado Regreso de la Nave, y otra muy distinta la realidad. Como tantos otros en Ciudad de Acuaria, ni siquiera los Regidores de Ceremonias creían en toda esa parafernalia de la Nave. Comprobar de repente que era cierto, que podía existir una Nave que regresara como decía el saludo ritual, era mucho más de lo que nunca hu­biera imaginado.

            -Tranquilo, Mir. Una estrella fugaz no es la Nave. Otras veces hemos tenido estrellas fugaces. ¿Hay algo más?

            -¡Sí! ¡Claro que sí! El Receptor Sagrado se ha puesto a hablar. Dice cosas extrañas, pero habla. Ha uti­lizado términos sagrados, aunque no se entiende su sig­nificado ni por qué se emplean. Ya sabes: fre­cuencias, transceptores, fisión, Tierra, megahercios,… todo eso.

            -Sí. Podría ser la Nave. -Cam era un buen jefe, sabía reconocer los hechos cuando estos eran nuevos. En las trescientas rotaciones documentadas en los Libros, el Receptor Sagrado nunca había hablado. Una estrella fugaz sola no significaba nada. Una estrella fugaz y el Recep­tor Sagrado hablando de cosas extrañas era algo muy dis­tinto-. Haz que avisen a Ros. Hemos de hablar de todo esto. Y que nadie di­funda la noticia por ahora. ¿Quiénes saben que el Receptor Sagrado ha hablado?

            -Solo yo y Pox, que sigue todavía de guardia tomando notas.

            -¿Cuándo ha hablado el Receptor Sagrado? ¿Antes o después de la estrella fugaz?

            -Dak dice que la estrella fugaz, la Nave como él la llama, ha sido vista una división antes del alba. El Re­ceptor Sagrado se ha puesto a hablar hace muy poco, menos de una división. En realidad, no se oye nada bien. Hay algo que bien podrían ser las Sagradas Interferencias de que hablan los Libros. Aunque ahora se oye más claro que cuando em­pezó.

            -Vayamos a oírlo.

            La voz autoritaria de Cam se confundió con el sonido de sus pasos. Se encaminaba decidido hacia la puerta del recinto donde Pox continuaba tomando notas de los ruidos y voces que salían del objeto sagrado.

            “…zen la frecuencia de 1150 megahercios. Identi­fiquen la posi­ción. Cambio y espero“, y un largo silencio invadió el Receptor Sagrado.

            La cara de Pox reflejaba una actitud dedicada, de interés y poco reflexiva. Seguro que, movido por la de­voción de cumplir correctamente con su tarea, todavía no se había dado cuenta del alcance real de cuanto es­taba ocurriendo. Mir escuchaba horrorizado al ser consciente de que todo su mundo se hundía, simplemente al hacerse realidad lo que había predicado durante tantas rotaciones.

            Cam, al contrario, era todo serenidad y reflexión. Escuchaba atento, pero su cerebro, olvidando los pequeños sabotajes nocturnos del último dozil, empezaba a imaginar los problemas que se presen­tarían y pensaba en la forma de mantener el orden y lograr que la novedad no alterase en demasía la pacífica vida de Ciudad de Acuaria.

            Cuando hubo transcurrido un tiempo que pareció muy largo pero solo era de unas pocas fracciones, la metálica voz reinició su dis­curso, casi idéntico al anterior. Las notas de Pox evidenciaban que el mensaje se repetía con muy pocas diferencias.

            “Aquí la nave exploradora Descubrimiento. Identi­fiquen la posi­ción. Utilicen la frecuencia de 1150 mega­hercios. Identifiquen la posición. Cambio y espero.” Y de nuevo silencio.

            Cam pensaba que tal vez un aparato como el místico Receptor Sagrado, que había permanecido en silencio durante trescientas rotaciones, también podía emitir mensajes y no solo recibirlos. Pero nadie sabía cómo hacerlo. Los Libros no hablaban de ello. Y Cam se sabía los tex­tos de memoria.

            Era una cruel ironía del destino que, tras tantas rotaciones es­perando de forma ritual el “Regreso de la Nave”, cuando este se hacía realidad no supieran cómo contestar.

            Al lado del muelle central de Ciudad de Acuaria una  curiosa comitiva esperaba la llegada del barco.

            Cam, con la Vara de Seguridad como símbolo de su au­toridad, ocu­paba una posición ligeramente retrasada. De­lante suyo, Mir conseguía apenas disimular sus temores bajo la máscara ceremonial y los lujosos vestidos de gala que correspondían a su cargo de Regidor de Ceremo­nias. Al lado de Cam, Ros, Regidora de Acciones y el único cargo elec­tivo de la tríada de gobernantes de Ciudad de Acuaria, parecía resig­nada e incluso contenta de haber delegado en Cam la responsabilidad de actuar en aquel mo­mento histórico.

            Tras ellos, preparados y alerta, los mejores guardias de que disponía Cam vigilaban atentos a la menor indicación de su jefe. Más atrás, un grupo más numeroso de vigilantes mantenían orden y paz entre la multitud que, curiosa y con temor por su propio futuro, se disponía a presenciar los acontecimientos.

            Entre la gente, Camir, ya despierto y levantado, no se hallaba junto a su madre y su hermana. Prácticamente en primera línea, el joven hijo de Cam parecía ser el eje en torno al cual giraba un grupito de muchachos expec­tantes y tal vez atentos también a la menor señal de quien posiblemente fuera su líder. Aunque nunca habían pensado que una serie de pequeños sabotajes pudiera precipitar el mítico Regreso de la Nave y que incluso el mismo Camir lo negaba, casi todos esos jóvenes asociaban los sorpren­dentes e inesperados hechos de ese día con sus pequeñas acciones nocturnas del último dozil. Los cambios que Camir les había prometido llegaban mucho antes de lo previsto.

            Acercándose entre las aguas a la ya cálida luz del día, un gran buque de pesca de Ciudad de Acuaria remol­caba una extraña Nave cerrada que parecía toda de metal. Los rayos de Niusan arrancaban maravillosos reflejos a las paredes de la Nave. Tonalidades y colores que dominaban el apa­gado lucir de la leñacero del barco de pescadores que co­mandaba Set.

            El heliógrafo del barco había explicado, hacía muy poco, que los pescadores habían visto como la Nave caía en el mar, que se habían acercado a ella y que habían es­tablecido contacto. Ahora la remolcaban hasta el muelle principal de Ciudad de Acuaria.

            Cam, impaciente, todavía discurría la forma de plantear el en­cuentro. Había convencido a Mir y Ros de que, pasado el primer instante, la solemnidad estaba fuera de lugar. La gente ya sufría bas­tante por las temi­das consecuencias que la tradición asociaba al Re­greso de la Nave. Hacer que el acto resultara excesivamente solemne, no haría otra cosa que reforzar esos temores.

            El sentido práctico de Cam le sugería encarar el asunto como un complejo trato comercial, un acuerdo entre iguales que disponen de mercancías o informaciones para intercambiar. Cam había leído los Li­bros. Los recordaba. Era información valiosa. Los de la Nave no podían saber lo que decían los Libros. Ni siquiera llegando desde los cielos. El heliógrafo había dicho que el tripulante de la Nave era humano. El pragmatismo y el racionalismo de Cam no le dejaban creen en di­vinidades. Esta era su ventaja secreta, la fuerza interior que le hacía destacar entre la tríada de gobernantes de Ciudad de Acuaria.

            Cuando el barco llegó al muelle, y mientras su gente se apresuraba con las operaciones del atraque, Set bajó rápidamente y, comprendiendo al vuelo la situación, se dirigió con urgencia a Cam.

            -Son como nosotros –dijo-. Hablan nuestra lengua aunque el acento es distinto. Dicen que nos ayudarán a volver a casa, a la Tierra.

            -¿Son pacíficos?

            -Sí. No creo que haya ningún peligro. -Set parecía seguro. Cam confiaba en la experiencia del pescador.

            El breve diálogo, tan solo cuchicheado, terminó cuando llegó al muelle un hombre alto, vestido con ropa muy ajustada de color gris. Sus cabellos también eran grises. La mirada serena y un rostro no mal­tratado por el sol destacaban entre los curtidos semblantes de los jóvenes pescadores que le acompañaban.

            -Soy oficial de enlace de la Nave Descubrimiento, comandada por la capitana Dena Kiuta de la Alianza Trigémina. Me llamo Hanu Lest. Nuestra misión es es­tablecer contacto con los mundos abandonados tras el Gran Caos. ¿Con quién hablo, por favor?

            Ante la muda respuesta de Mir, Cam se adelantó.

            -Soy Cam, Regidor de Seguridad de Ciudad de Acuaria. Estos son Mir, el Regidor de Ceremonias, y Ros, la Regi­dora de Acciones. Nuestra tarea es regir la comunidad de Ciudad de Acuaria. Bienvenido. ¿Estáis solo?

            -Aquí, sí. La nave que veis es solo una de las naves de explo­ración de la Descubrimiento. Hay otras naves que orbitan el planeta buscando vida organizada. Ahora comu­nicaré que os he encontrado y los sociólogos podrán venir para hacer su trabajo.

            -¿Sociólogos? -preguntó Ros con cierto tono de sor­presa.

            -Sí, los especialistas en el contacto con las comu­nidades perdi­das después del Gran Caos. Han pasado casi cuatrocientos años desde que se perdió el contacto con la nave Iskra que suponíamos perdida en este sistema solar.

            -Nuestros Libros hablan de trescientas rotaciones.

            -¿Rotaciones?

            -Una rotación es un conjunto de estaciones, una deriva completa de Ciudad de Acuaria. Cada rotación se divide en doce doziles. Cada dozil tiene cinco grupos de siete días. -Cam lo explicó como solía hacerlo Dar en la escuela. Por un instante pensó en ella y eso le animó. Pero no se atrevió a mirar hacia atrás. Ahora él repre­sentaba a toda la comunidad de Ciudad de Acuaria ante al­guien que parecía disponer de una tecnología muy poderosa y que, además, no temía decir­les que había venido para echarles de Ciudad de Acuaria, de su mundo. Pensar en Dar le daba fuerzas, como siempre, aunque ella no estu­viera físicamente a su lado.

            Hanu Lest había estado reflexionando un momento.

            -Vuestro día tiene veintiocho horas, y vuestro año, lo que lla­máis rotación, ha de tener unos cuatrocientos veinte de esos días. Nuestros cuatro­cientos años equivalen a vuestras trescientas rotaciones. Hablamos de lo mismo.

            -Nuestro día tiene veinte divisiones, no veintiocho “horas”. Pero ya habrá tiempo para hablar de todo esto -cortó Cam-. Aunque parecéis tener una tecnología distinta y espectacular, nos permitimos ofreceros nuestra hospi­talidad. Después podréis avisar a vuestros compañeros.

            Cam se dió la vuelta y, con la mano, invitó a Hanu Lest a avanzar por el camino que, casi milagrosamente, los guardias habían conseguido abrir entre la multitud.

            Durante todo el día siguiente hubo gran actividad. Hanu Lest había avisado a su gente. Tras comprobar el es­tado sanitario de los habitantes de Ciudad de Acuaria, ahora había llegado el momento de tratar con la socióloga Tera Torn. El resto de los tripulantes de la nave de la Alianza Trigémina se mantenía en órbita en la Nave. Solo una pequeña lanzadera de exploración iba y venía de Ciu­dad de Acuaria a la Descubrimiento. Los recién llegados sabían respetar la idiosin­crasia de Ciudad de Acuaria.

            Cam lo agradecía. La vida había recuperado, hasta donde era posible, una cierta normalidad. Mantenía frecuentes conversaciones con la so­cióloga ahora que ya entendía el alcance de su trabajo: comprender la cultura de Ciudad de Acuaria y ayudar a su futura reintegración en la nueva Alianza Trigémina y en una lejana Tierra. Por el momento, los contac­tos entre la gente de la Descubrimiento y los habi­tantes de Ciudad de Acuaria casi se habían reducido a las largas conversaciones que Cam mantenía con Tera Torn. Mir y Ros habían aceptado sin problemas que fuera el Regidor de Seguridad quien se encargara de ello. De forma casi natural, la tríada de gobierno se había convertido en un sistema presidencialista.

            De forma inevitable, Cam mezclaba en el debate cuestiones per­sonales. Era consciente de ello, pero tam­bién sabía que solo así sería capaz de entender lo que pasaba por las mentes de sus conciudadanos.

            Personalmente Cam percibía la situación como si al­guien quisiera expulsarle de su tierra, de su mundo, de aquello que había conformado las raíces definitivas de su vida. Dar compartía su punto de vista. Sin embargo, Camir, por ejemplo, solo vivía con la idea de marchar. Esa era la novedad que parecía haber esperado durante toda la vida. Camir quería irse. Cam podía, tal vez, entenderlo, pero no acababa de aceptarlo.

            Descubrir que Camir había sido el instigador de los pequeños sa­botajes y atentados del último dozil le había provocado reacciones di­versas y, en cierta forma, comple­mentarias. Orgullo al darse cuenta de que la estrategia adoptada por su hijo era la correcta, aun cuando estaba dirigida a obtener unos resultados que el mismo Cam no deseaba. Preocupación al saber, también, que Camir osaba alzarse contra el mundo que Cam tenía la obligación de defender.

            Darir, como siempre, era reservada. Todavía no había tomado ninguna decisión. Como Dar, tardaba en expresar su opinión, pero cuando lo hacía era ya algo definitivo e indiscutible. Tal vez optara por quedarse, pero aún era pronto para saberlo.

            Cam era consciente de que una división de opiniones parecida se repetía en todas las familias de Ciudad de Acuaria. Unos deseaban marchar hacia nuevos horizontes, mientras que otros veían el futuro viaje como un peligro y una amenaza para unas vidas bien arraigadas en la realidad cotidiana del planeta de agua. Tantas rotaciones hablando retórica­mente del Regreso de la Nave no les habían preparado para el verdadero regreso.

            Tera, la socióloga de la Alianza Trigémina, parecía entenderlo e intentaba explicárselo a Cam. Tera era una persona baja y menuda con una inevitable compulsión a hablar y explicarse. Ella sola, con su conversación, podía llenar la mayor de las habitaciones a pesar del reducido volumen físico de su persona. Era una con­versadora eficiente con quien no había necesidad de preocu­parse por mantener vivo el diálogo. Ella hacía la mayor parte del trabajo.

            -Es la reacción habitual. Si excluimos los mundos con condiciones de vida infrahumanas, y, en realidad, en estos casi nunca se han encon­trado supervivientes, en la mayoría de los casos tenemos el mismo problema: hay al­gunos que no desean volver. Es lógico, han vivido toda su vida en un determinado mundo que es ahora todo su uni­verso. Algunos ni siquiera se atreven a aceptar que exista nada al margen de su ám­bito cotidiano. No aceptan la existencia de la Alianza Trigémina. Ni la de la Tierra. Incluso rehúsan las comunicaciones.

            -¿Pero acaban marchando?

            -No siempre. Como aquí, les ofrecemos el futuro y las maravillas de la civilización tecnológica de la Alianza Trigémina. Para los jóvenes suele bastar. La ma­yoría de ellos no quiere renunciar a las posibilidades que ofrece una civilización galáctica. Pero, para satisfacción de los sociólogos como yo, siempre hay algunos que quieren seguir siendo lo que son, que desean quedarse en sus mundos y mantener en cierta forma su cultura. Aunque, tras nuestra llegada, queda inevitablemente contaminada por nuestra presencia. No se puede hacer una tortilla sin romper el huevo.

            -Pero, pero… ¿Eso quiere decir que hay familias que se separan? Para siempre. Ha de ser terrible.

            Tera, a pesar de su innata tendencia a hablar, sabía que en este punto había de ser prudente. Conocía la fa­milia de Cam y, buena profe­sional como era, había captado fácilmente la situación de en­frentamiento. Cam no hablaba en general. Temía perder a su hijo. Perderlo mucho más de lo que ya lo había perdido.

            -A veces. Pero son separaciones cortas. Muchas fa­milias vuelven a reunirse.

            La mentira no lo era tanto. Tera sencillamente olvi­daba, por voluntad propia, recordar la dilatación temporal del viaje por el espacio a grandes velocidades. Una dila­tación que separaba a los viajeros en la dimensión tempo­ral con una eficiencia mucho mayor que la separación en el espacio. La gente de Ciudad de Acuaria no tenía, por el momento, por qué saberlo.

            Pero Cam era duro de pelar. Y recordaba los Libros.

            -Quizá. Sin embargo, los Libros hablan de una “dilatación temporal” de los que viven en las Naves. Si no lo he en­tendido mal, pocas rotaciones de quienes viajan pueden representar muchas rotaciones de quienes no viajan. Se­guro que la mayoría de los padres nunca vuelven a ver a sus hijos si estos deciden marchar.

            -Depende. -Cogida en su propia trampa, Tera sabía que ahora era imprescindible ser sincera, aun conociendo, como conocía, la firme voluntad de Camir de mar­char con la Nave. Había sido el primer peticionario-. Si el viaje es corto y las edades lo permiten, el reen­cuentro es posible. Seguramente Camir…

            -Ahora no estamos hablando de Camir -cortó en seco Cam-. Son las otras familias las que me preocupan. Es toda la vida de Ciudad de Acuaria la que está en juego. ¿Qué haremos sin los jóvenes? ¿Cómo so­brevivirá la ciu­dad?

            -Vendrán colonos. Ningún planeta en el que la hu­manidad haya con­seguido sobrevivir durante cuatrocientos años merece ser abandonado. Y, de la misma forma que vuestros jóvenes querrán marchar, en los otros planetas hay jóvenes que también ansían partir. Puede parecer cínico, pero así con las cosas: los jóvenes de Ciudad de Acuaria mar­charán para colonizar otros planetas, y los jóvenes de otros planetas vendrán para colonizar Ciudad de Acuaria. Es ley de vida.

            Silencio. Cam ya tenía suficiente. Había demasiada verdad en el discurso de Tera. Y su hábito de mando había llevado a Cam a compren­der a su gente y, por añadidura, a la otra gente. Incluso se creía ca­paz de comprender a los habitantes de esos otros planetas de que hablaba Tera. Al fin y al cabo, los seres humanos, estén donde estén, no son tan distintos.

            Aceptada la realidad, y convencido del inevitable dolor de Dar ante la pena de ver marchar, tal vez para siempre, a su hijo, Cam había tardado mucho en tomar la decisión de decir lo que ahora se proponía decir. Sabía que podía esconder el hecho, y el mismo planeta de Acuaria se encargaría de acabar con el peligro de la partida de Camir.

            Sin embargo, Cam se conocía lo bastante a sí mismo para saber qué era lo que nunca podría hacer. Les habían encontrado, la nave había Regresado y, si los jóvenes no marchaban con la Descubrimiento, serían otras Naves las que lle­garían. No avisarles del peligro que corrían provocaría la revuelta de los jóvenes de Ciudad de Acuaria. Ahora sabían que existían otras posibilidades y deseaban probar­las. Solo veinte rota­ciones antes, él mismo, con Dar, habría elegido marchar. También le molestaba, entonces, la monótona rutina de la vida en Ciudad de Acuaria. Ahora el tiempo había cambiado tantas y tantas cosas. Había llegado el momento de la experiencia para Camir y su gente. Al menos tendrían un buen jefe. Camir era in­teligente. Cam no era viejo, no se sabía viejo, pero sabía reconocer dónde tenía sus raíces. Él se quedaría. Si Dar se quedaba, claro. Los lugares son importantes, pero son las personas quienes los definen.

            -Tera, ¿están protegidas vuestras naves contra el Aliento del Mal?

            -¿Qué? ¿Qué es el Aliento del Mal? ¿Qué quieres de­cir? -Tera se disponía a escuchar una leyenda más, una particularidad más de la cul­tura de Ciudad de Acuaria, una novedad que todavía desconocía.

            -Es lo que segregan unos peces monstruosos que viven en las pro­fundidades del agua. Son gigantescos. Pueden comerse a un hombre de un único bocado. Con su Aliento destruyeron la nave que nos trajo aquí, la Iskra. Lo di­cen los Libros.

            -Ha de tratarse de una leyenda. Ya hace un par de días que estamos aquí y la lanzadera de exploración sigue intacta.

            -Ahora es la estación sin lluvias. Esos peces están lejos, la deriva nos aleja de ellos. Pero temo por el metal de la lanzadera. Los Libros dicen que el metal hace enloquecer a esos peces. Pueden venir.

            -Pero Ciudad de Acuaria está hecha de metal, y parece que os ha durado muchos años…

            -No. Ciudad de Acuaria está construida con leñacero. Es de un ár­bol acuático de aquí. Parece ser como un ve­neno para esos peces abisales, no pueden acercarse. No si no hay metal cerca. Te habrás dado cuenta de que en Ciu­dad de Acuaria no hay metal. Todo lo hacemos con leñacero. Así, esos peces monstruosos nos respetan.

            -Un momento. -Tera activó su comunicador y se puso a hablar con la Descubrimiento. Su voz cambió de tono. Ahora ya no era tan amable. Sonaba más firme. Era un tono profe­sional, como el de Cam cuando hacía la ronda matutina-. Cart, soy Tera. Busca en la base de datos cuál fue el úl­timo contacto con la Iskra. Mira si hicieron alguna ad­vertencia o, tal vez, una petición de socorro. Espero.

            Cam presenciaba, sorprendido, el parlamento pronun­ciado ante sí pero que no se dirigía a él. Dos días eran pocos para acostumbrarse a los maravillosos artefactos de los tripulantes de la Descubrimiento. Tera le había con­tado que el funcionamiento era parecido al del helió­grafo, pero que las ondas que utilizaba eran de un tipo distinto de la luz que trans­mitía el heliógrafo. Cam no comprendía cómo podían operar esas ondas si nadie podía verlas, pero era evidente que el aparato funcionaba.

            Unos momentos más tarde llegó la respuesta. Salía del comuni­cador de Tera y ambos pudieron escucharla.

            “Tera, parece que hubo una última transmisión infor­mando primero de que la Iskra había llegado a un planeta habitable y que estaban en peligro. Tiene que haber un error, pero el mensaje hablaba de unos peces monstruosos y de que la cu­bierta de la nave se disolvía en el agua. Eso dice el mensaje. Después, nada. La fecha es de poco antes del Gran Caos. Nadie se pre­ocupó por ellos. No llegaron más noticias ni mensajes. Es posible que siguieran transmitiendo, aunque con el follón de aquellos días nadie debió de escucharles. ¿Te basta?

            -Sí, gracias Cart. Eficiente como siempre. Te debo un café. Y van… Ya nos veremos. -Tera desconectó el co­municador y miró cara a cara a Cam, interrogadora.

            -Parece que el Aliento del Mal de esos peces terminó con la Iskra. -Cam hablaba pausadamente-. Eso dicen los Libros. También cuen­tan que los supervivientes pusieron en marcha el Receptor Sagrado pero que nunca llegó ningún mensaje. Nunca hasta anteayer. Habéis tenido suerte de llegar en esta estación y solo con las pequeñas naves explo­radoras. El tamaño de la Descubrimiento ya habría excitado a esos peces del abismo. No hay tiempo que perder. -La voz de Cam rezumaba orgullo.

            -Tienes razón. Avisaré a la capitana. No dejaremos que la Des­cubrimiento baje al planeta.

            La Descubrimiento no descendió, pero las pequeñas naves explo­radoras iban y venían. Traían material sani­tario, sistemas de comuni­caciones y todo tipo de aparatos. También se llevaban consigo algunos visitantes, pocos, que al volver hablaban admirados de las maravillas de la Descubrimiento. Decían que la nave era mayor que toda Ciudad de Acuaria, que la luz surgía de antorchas sin humo con solo apre­tar unos botones en la pared, y que todo era de metal. También decían que la comida, eso sí, era muy poco apeti­tosa y que no admitía ningún tipo de comparación con el pescado que era la dieta habitual de Ciudad de Acuaria.

            El sexto día se perdió una nave exploradora.

            El piloto estaba tomando muestras de agua y una pareja de grandes escualos marinos, atraídos por la presencia del metal, surgieron de las profun­didades. Casi inmediatamente la cu­bierta metálica de la nave que estaba en contacto con el agua empezó a disol­verse.

            -¡La nave se disuelve! ¡Se disuelve! ¡No es broma! ¡¿Qué hago?! -gritaba atemorizado  el piloto por el comu­nicador.

            “Lurt, te estás pasando. ¿Qué es eso de que la nave se disuelve? ¿Estás seguro de no haber bebido más de la cuen…?

            La conversación se interrumpió justo cuando la corrosión llegó a los sistemas de comunicación de la nave exploradora. Por suerte para el piloto, los pescadores de Ciudad de Acuaria que le acompañaban mantu­vieron alejados a los peces con sus arpones de leñacero, mientras otros pescadores procedían al salvamento. El entre­acto fue breve. Salvado el piloto, los pescadores abandonaron la lucha. Tal y como decían los Libros, los gigantescos peces deglutieron los restos de la nave ex­ploradora cual si fuese una nuez sin cáscara y, libres ya del misterioso reclamo del metal, se alejaron satisfechos del barco de leñacero.

            La imposibilidad de hacer bajar la Descubrimiento, limitó el nom­bre de posibles viajeros. El pacto fue fácil aunque no hubiera presen­cia personal y se realizara con un comunicador especial destinado a sustituir al viejo Receptor Sagrado.

            “Mis oficiales me informan de que sería demasiado arriesgado inten­tar bajar con la Descubrimiento o con cualquier nave mayor que una nave exploradora“. La capi­tana tenía una voz firme que transmitía seguri­dad.

            -Podemos preparar un pequeño campo de aterrizaje para una nave de exploración, si es factible aterrizar en un lugar sólido. -Cam también hablaba con seguridad. Mir y Ros escuchaban atentos. Tera y el varado piloto Lurt asistían a la conversación. Provisionalmente ambos eran dos habi­tantes más de Ciudad de Acuaria.

            “No hay problema. Podemos hacerlo. ¿Cuánto tardará en tenerlo listo?

            -Un par de días. Haré derruir un viejo almacén que ya queríamos suprimir. Lurt nos ayudará a preparar lo que haga falta para el ate­rrizaje.

            “Muy bien. Otro problema es que la evacuación deberá ser más restringida. Con algunos viajes de la lanzadera podremos eva­cuar, digamos, una vein­tena de personas. El resto tendrá que esperar la llegada de otras naves. ¿Le parece bien así?

            -Sí. Ya decidiremos quiénes irán con ustedes. No hay problema. Eso nos dará tiempo para digerir la situación. Y para preparar la lle­gada de otras naves. Construiremos un lugar seguro para evitar el ataque de esos peces. La leñacero servirá. -Cam estaba tan seguro como aparentaba. Gran parte del problema de la evacuación había desapare­cido. Ahora todos dispondrían de tiempo para prepararse. El problema se reducía a saber quién integraría el primer grupo de veinte eva­cuados. Pero eso no inquietaba a Cam. Sabía gobernar a su gente.

            -Capitana, soy Tera. Desearía quedarme. Estoy segura de que pronto llegarán otras naves y, mientras tanto, quiero seguir estu­diando esta cultura.

            “Por mí no hay inconveniente. Regidor de Seguridad, ¿cuál es su opinión?

            -Me parece justo. Si una veintena de los nuestros puede ir con ustedes, seguro que dos o tres de los suyos pueden quedarse aquí. Tera es bienvenida y aceptada. Nos puede enseñar muchas cosas.

            “Me temo que es Tera la que quiere aprender muchas cosas…“. La voz de la capitana Dena casi hacía visible su sonrisa. “Les enviaré un médico y un ingeniero, así co­rresponderemos a su colaboración. Estoy segura de que habrá voluntarios. Las otras naves llegarán pronto. Ten­drán ustedes que preparase para su arribo.

            -Gracias. Así lo haremos.

            Aquella noche Dar parecía más sosegada. En la intimi­dad de la habitación, reemprendieron la tranquila conversación de las últimas noches. Esta vez parecía todo decidido.

            -Al fin y al cabo no será tan grave, veinte personas casi no se echarán en falta en Ciudad de Acuaria. Y tendremos tiempo para prepararnos para el verdadero Regreso de la Nave. – Dar pretendía sonar ani­mosa, como si de­seara infundirse valor.

            -No te engañes, Dar, los familiares de esas veinte personas sí las echarán de menos. Y mucho. No creo que nosotros podamos quedarnos al margen.

            -¿Quieres decir que…?

            -Sí. Si hay alguien que desea irse, ese es Camir. To­davía no me ha dicho nada, pero la situación es clara. Creo que Darir querrá quedarse, pero no Camir. Y yo no podré, y tampoco querré, oponerme.

            -No lo soportaré. No volveremos a verle nunca. Como si hu­biera muerto.

            -Yo tampoco podré soportarlo. Pero tendremos que hacerlo. Tiene derecho a elegir su propia vida. En el fondo, eso es lo que siempre hemos deseado para él, que fuera capaz de elegir su propio destino. Nos costará, pero también a él. Quizá no lo sepa todavía, pero también nos echará en falta.

            -Pero, nunca…

            -También es posible que lleguemos a verle algún día. Si vuelve pronto por aquí y todavía estamos vivos. Nos tendremos que preparar para reencontrar a un hijo muy joven aunque nosotros seamos ya bas­tante viejos. Para Camir, si viaja, el tiempo pasará más lentamente. Aunque también podría ocurrir que no regresara a tiempo. Si es que regresa…

            Se abrazaron y aplazaron el problema como habían he­cho otras ve­ces, compartiendo las alegrías y, como ahora, las penas, en un abrazo asexuado pero francamente efec­tivo. Ni siquiera el llanto se abrió paso en medio del calor y la fuerza de un contacto siempre seguro. Aunque poco faltó para ello.

            La mañana siguiente, durante el desayuno, estaban los cuatro.

            Había tensión. No excesiva. La de las cosas sabidas y que todavía no se habían dicho. Pero que era im­prescindible decir muy pronto. Cam no se atrevía y, como siempre, Dar fue la más valiente.

            -Dentro de un unos días la Nave marchará. Papá y yo hemos deci­dido quedarnos. Y vosotros, ¿qué vais a hacer?

            El aire se hizo espeso. Cam podía pensar que había formas más su­tiles de decirlo. Pero Dar, como siempre, tenía razón. Debían afrontar los hechos de cara y con valor.

            El silencio seguía.

            -Yo me quedaré. Pronto vendrá otra Nave, otra opor­tunidad. Mien­tras tanto, podré conocer más cosas de la Alianza Trigémina y de la Tierra con la ayuda de Tera y de los otros que decidan quedarse aquí. Después decidiré si me interesa o no marchar. -Era Damir que rompía el silencio con su voz y su opinión siempre sensata.

            Pero el silencio volvió de nuevo. Cada vez más denso. Ni Cam ni Dar se atrevían a mirar a Camir.

            -Yo quiero irme.

            La voz de Camir no era de desafío como Cam había temido. Una sor­presa y una satisfacción. Su hijo deseaba marchar, pero había refle­xionado acerca de ello. Era consciente todo lo que significaba su decisión.

            -Tal vez nunca más volvamos a vernos. -Dar se mostraba insegura.

            -Tal vez. Sé que lo que dice Damir es muy sensato. Antes de mar­char sería conveniente saber lo que nos es­pera ahí fuera y todo lo que ello representa. Pero me engañaría si me quedara. He deseado de­masiado intensa­mente un cambio, cualquier cambio, para no irme. Quiero ir, quiero ver cómo son esos otros mundos. Y quiero hacerlo ahora. Ahora la Nave está aquí. ¿Quién sabe si volverá? Hemos esperado demasiadas rotaciones. No quiero dejar pasar la oportunidad. Y eso no significa que no me entristezca marchar. Pero sé que debo hacerlo.

            Cam pensó que era el discurso más largo que había oído pronunciar a Camir en las últimas rotaciones. De nuevo el silencio invadió la habitación. Camir mantenía la cabeza un tanto gacha. No era un de­safío. Era algo muy distinto. Mucho más serio. Cam sentía fijas en él las mi­radas de Dar y Darir. Esperaban que hablara.

            -Está bien. No saltaré de alegría pero lo comprendo. Ojalá puedas regresar algún día a tiempo para vernos de nuevo. Y siempre podremos tener el consuelo de los sis­temas de comunicación que volverán a fun­cionar. Quedan pocos días. Hay que aprovecharlos.

            El aire espeso se diluyó en un segundo. Camir alzó la cabeza con expresión de satisfacción y sorpresa. Su padre siempre resultaba sorprendente. Esperaba una oposi­ción firme y dura, incluso violenta. Ahora se daba cuenta de que había olvidado algo importante respecto a su padre. Lástima de tiempo perdido, de pasada incomprensión y en­frentamiento. Era cierto, quedaban pocos días. Era impres­cindible aprovecharlos.

            Sin levantarse de la mesa, cuatro pares de manos se encontraron en medio de platos y vasos, y la presión de los dedos decía cosas que las palabras no sabían expresar.

            Y el día llegó. Después de unos cuantos viajes, los nuevos habi­tantes de Ciudad de Acuaria, con la dinámica Tera a la cabeza, ya disponían de todas sus pertenencias. Las naves exploradoras habían bajado también una in­gente cantidad de material que la Descubri­miento les de­jaba, a ellos y a toda Ciudad de Acuaria.

            Dieciocho personas, todas jóvenes, estaban ya en la Descubri­miento y solo dos esperaban el último viaje hacia un destino para ellas incierto pero pleno de promesas.

            De pie en la improvisada pista de aterrizaje, las familias de los dos últimos viajeros se despedían de aquellos a quienes no volverían a ver. El llanto do­minaba en una de las familias. La otra se lo tomaba, al menos aparentemente, con mucha mayor serenidad.

            Para Cam, Dar, Camir y Darir los últimos días habían sido de gran provecho. Camir se iba y, muy posiblemente, Darir marcharía en un fu­turo cercano. Pero eran opciones propias, como lo era para Cam y Dar el quedarse. Tal vez el futuro nunca permitiera el reencuentro, pero el presente era, pese a todo, esperanzador.

            El último en subir a la nave exploradora fue Camir. De pie en la escalera, justo antes de cruzar la puerta, se dió la vuelta y, por primera vez en las últimas seis rotaciones, pronunció de nuevo la frase ritual.

            -Por el Regreso de la Nave.

            Esta vez estaba plena de significado.

 

Palabras Radiantes, de Brandon Sanderson. Prólogo y primer capítulo.

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HACE SEIS AÑOS

  Jasnah Kholin fingía disfrutar de la fiesta y nada en su comportamiento indicaba que pretendía ordenar la muerte de uno de los invitados.
Recorrió el abarrotado salón de baile, prestando atención a las conversaciones mientras el vino soltaba las lenguas y enturbiaba las mentes. Su tío Dalinar lo estaba disfrutando plenamente, de pie ante la alta mesa y gritando a los arshendi que trajeran a los percusionistas. Elhokar, el hermano de Jasnah, corrió a hacerlo callar, aunque los alezi hicieron gala de su educación haciendo caso omiso al estallido de Dalinar. Todos menos la esposa de Elhokar, Aesudan, que disimuló una sonrisa tras un pañuelo.
Jasnah dio media vuelta y continuó recorriendo la sala. Tenía una cita con una asesina, y se alegraba de dejar atrás la abarrotada estancia, donde se concentraban desagradablemente demasiados perfumes. Un cuarteto de mujeres hacía sonar sus flautas en una plataforma elevada frente a la chimenea encendida, pero la música hacía tiempo que se había vuelto aburrida.
Al contrario que Dalinar, Jasnah atraía las miradas. Aquellos ojos que se posaban en ella eran como moscas en la carne podrida, siguiéndola constantemente. Los susurros parecían alas zumbonas. Si había una cosa que en la corte alezi tenía más éxito que el vino eran los chismorreos. Todos esperaban que Dalinar se dejara llevar por la bebida durante un banquete, pero ¿que la hija del rey cediera a la herejía? Eso sí que no tenía precedentes.
Jasnah había hablado de sus sentimientos precisamente por ese motivo.
Dejó atrás la delegación parshendi, que se congregaba junto a la alta mesa, departiendo en su rítmico lenguaje. Aunque esta celebración los honraba a ellos y al tratado que habían firmado con el padre de Jasnah, no parecían festivos ni felices, sino nerviosos. Naturalmente, no eran humanos, y la forma en que reaccionaban a veces resultaba extraña.
Jasnah quería hablar con ellos, pero su cita no podía esperar. Había fijado previamente el encuentro para que se produjera en plena fiesta, cuando casi todos estarían distraídos y borrachos. Se encaminó hacia las puertas y de pronto se detuvo.
Su sombra apuntaba en la dirección equivocada.
La sala sofocante, abarrotada y ruidosa pareció alejarse. El alto príncipe Sadeas atravesó una sombra que apuntaba claramente hacia la lámpara de esferas de la pared cercana, pero como conversaba animadamente con su acompañante, Sadeas no se dio cuenta. Jasnah contempló aquella sombra y sintió que la piel se le volvía pegajosa, y el estómago se le tensaba, como le sucedía cuando estaba a punto de vomitar. Otra vez no. Buscó otra fuente de luz. Un motivo. ¿Podría encontrar un motivo? No.
La sombra se volvió lánguidamente hacia ella, rezumando hacia sus pies para luego estirarse hacia el otro lado. La tensión de Jasnah cesó. Pero ¿lo había visto alguien más?
Por fortuna, mientras estudiaba la sala no se topó con ninguna mirada de sorpresa. La atención de la gente se había vuelto hacia los percusionistas parshendi, que en ese momento trasponían las puertas para iniciar su número. Jasnah frunció el ceño al advertir a un criado que no pertenecía a esa raza, vestido con amplios ropajes blancos, que les ayudaba. ¿Un shin? Eso no era habitual.
La joven recuperó la compostura. ¿Qué significaban estos episodios que sufría? Según las supercherías que se contaban, las sombras de conducta extraña significaban que estabas maldito. Normalmente no hacía el menor caso de esas habladurías, pero algunas supersticiones tenían una base cierta. Sus otras experiencias lo demostraban. Tendría que seguir investigando.
Los pensamientos calmados y lógicos le parecían mentira comparados con la verdad de su piel fría y pegajosa y el sudor que le corría por la nuca. Pero era importante permanecer racional en todo momento, no solo cuando estaba tranquila. Se obligó a atravesar las puertas, dejando la calurosa sala por el silencioso pasillo. Había elegido la salida trasera, que solían usar los criados. Era, después de todo, la ruta más directa.
Allí, los maestros de sirvientes vestidos de negro y blanco iban de un lado al otro cumpliendo los encargos de sus brillantes señores o damas. Jasnah ya había contado con eso, pero no había previsto que su padre estuviera allí delante, charlando tranquilamente con el brillante señor Meridas Amaram. ¿Qué estaba haciendo el rey allí?
Gavilar Kholin era más bajo que Amaram, pero este se encorvaba en presencia del rey. Eso era algo habitual, pues Gavilar hablaba con tanta intensidad que querías inclinarte y prestar atención para captar cada palabra e implicación. Era un hombre guapo, no como su hermano, con una barba que realzaba la línea de su fuerte mandíbula en vez de cubrirla. Tenía un magnetismo y una intensidad personal tales que Jasnah consideraba que ningún biógrafo había conseguido aún describirlo fielmente.
Tearim, capitán de la guardia del rey, permanecía tras ellos. Llevaba la armadura Esquirlada de Gavilar: el rey había dejado de llevarla últimamente, pues había preferido confiársela a Tearim, famoso por ser uno de los grandes duelistas del mundo. El monarca había optado, en cambio, por lucir túnicas de majestuoso estilo clásico.
Jasnah se volvió a mirar el salón de celebraciones. ¿Cuándo se había escabullido su padre? «Tonta —se acusó—. Tendrías que haber comprobado si estaba todavía allí dentro antes de salir.»
Ante ella, Gavilar apoyó la mano en el hombro de Amaram y alzó un dedo. Hablaba de manera rotunda pero en voz baja, y Jasnah no llegó a captar lo que decía.
—¿Padre? —preguntó.
Él se volvió a mirarla.
—Ah, Jasnah. ¿Te retiras tan temprano?
—No se puede decir que sea temprano —contestó ella, acercándose.
Le parecía obvio que Gavilar y Amaram habían salido a buscar intimidad para mantener su charla—. Esta es la parte más tediosa de la fiesta, cuando las conversaciones se vuelven más fuertes pero no más inteligentes, y la compañía se embriaga.
—Mucha gente considera que eso es divertido.
—Mucha gente, por desgracia, es idiota.
Su padre sonrió.
—¿Tan difícil te resulta? —preguntó amablemente—. Solo se trata de vivir con el resto de nosotros, sufrir nuestras mediocres inteligencias y nuestros triviales pensamientos. ¿Tan sola te sientes al ser tan única en tu brillantez, Jasnah?
Ella lo aceptó como la reprimenda que era y descubrió que se ruborizaba. Ni siquiera su madre, Navani, podía causar ese efecto en ella.
—Tal vez si encontraras amistades agradables disfrutarías de las fiestas —añadió Gavilar. Sus ojos se volvieron hacia Amaram, a quien hacía tiempo que veía como posible pareja para ella.
Pero eso era algo que no sucedería. Amaram la miró a los ojos, luego murmuró unas palabras de despedida al rey y se marchó presuroso pasillo abajo.
—¿Qué encargo le has encomendado? —preguntó Jasnah—. ¿Qué maquinas esta noche, padre?
—El tratado, naturalmente.
El tratado. ¿Por qué le preocupaba tanto? Otros le habían aconsejado que ignorara a los parshendi o los conquistara. Gavilar insistía en alcanzar un acuerdo.
—Debería regresar a la celebración —dijo el rey, haciendo una señal a Tearim. Los dos se encaminaron hacia la puerta por la que Jasnah había salido.
—¿Padre? —dijo ella—. ¿Qué me estás ocultando?
Él se volvió a mirarla y se detuvo un instante. Ojos verde claro, señal de su buena cuna. ¿Cuándo se había vuelto tan juicioso? Tormentas… Jasnah se sentía como si ya no conociera a este hombre. Una transformación tan sorprendente en tan corto espacio de tiempo.
Por la forma en que la inspeccionaba, casi parecía que no confiaba en ella. ¿Sabía lo de su encuentro con Liss?
El rey se dio media vuelta sin decir nada más y regresó a la fiesta, seguido por su guardia.
«¿Qué está pasando en este palacio?», pensó Jasnah. Inspiró profundamente. Tendría que seguir indagando. Por suerte, su padre no había descubierto sus encuentros con asesinos, pero aunque lo hubiera hecho, ella habría seguido adelante con su plan a pesar de todo. Sin duda el rey comprendería que alguien tenía que velar por la familia mientras él se sentía cada vez más fascinado por los parshendi. Jasnah se dio media vuelta y continuó su camino. Un maestro de sirviente se inclinó a su paso.
Después de caminar por los pasillos un breve trecho, advirtió que su sombra empezaba a comportarse de nuevo de manera extraña. Suspiró con malestar mientras la sombra se extendía hacia las tres lámparas de luz tormentosa de las paredes. Por suerte, se había alejado de las zonas más transitadas y no se veía a ningún criado por ninguna parte.
—Muy bien —exclamó—. Ya basta.
No había pretendido hablar en voz alta. Sin embargo, mientras las palabras surgían de su boca, varias sombras lejanas, originadas en un cruce que había más adelante, cobraron vida. Jasnah contuvo la respiración. Las sombras se estiraron, se hicieron más densas. A partir de ellas se formaron unas figuras que crecieron, se incorporaron, se irguieron.
«Padre Tormenta. Me estoy volviendo loca.»
Una tomó la forma de un hombre, negra como la noche, aunque tenía cierto brillo, como si estuviera hecha de aceite. No… de otro líquido con una capa externa de aceite, lo cual le daba una oscura y reflejante calidad.
La sombra avanzó hacia ella y desenvainó una espada.
La lógica, fría y resuelta, guio a Jasnah. Aunque gritara, no conseguiría que nadie acudiera en su ayuda con suficiente rapidez, y la negra agilidad de esa criatura indicaba una velocidad que sin duda superaba la suya.
Se mantuvo firme y miró a la criatura, haciendo que vacilara. Tras ella, otros seres se habían materializado en la oscuridad. Jasnah llevaba meses sintiendo la mirada de aquellos ojos.
Todo el pasillo se había oscurecido, como si se hubiera sumergido y se hundiera lentamente en profundidades sin luz. Con el corazón desbocado, respirando entrecortadamente, Jasnah alzó la mano hacia la pared de granito que tenía al lado, buscando tocar algo sólido. Sus dedos se hundieron ligeramente en la piedra, como si el muro se hubiera convertido en barro.
Oh, tormentas. Tenía que hacer algo. Pero ¿qué? ¿Qué podía hacer?
La figura que estaba ante ella miró hacia la pared. La lámpara más cercana se apagó. Y entonces…
Entonces el palacio se desintegró.
Todo el edificio se quebró en miles de pequeñas esferas de cristal semejantes a cuentas. Jasnah gritó mientras caía hacia atrás a través de un cielo oscuro. Ya no estaba en el palacio: se encontraba en otro lugar, en otra tierra, otro tiempo, otro… lo que fuera.
Estaba a solas con la visión de la oscura figura lustrosa que flotaba en el aire sobre ella y pareció satisfecha mientras volvía a envainar la espada.
Jasnah chocó contra algo: un océano de cuentas de cristal. A su alrededor llovieron un número incontable de ellas, repiqueteando como granizo en el extraño mar. Era la primera vez que veía ese lugar: no podía explicar lo que había sucedido ni lo que significaba. Se debatió mientras se hundía en lo que parecía ser una imposibilidad. Cuentas de cristal por todas partes. No podía ver nada más allá, solo se sentía caer a través de esta masa revuelta, sofocante y ruidosa.
Iba a morir. ¡Dejaría su trabajo sin terminar, a su familia sin protección!
Nunca conocería las respuestas.
«No.»
Jasnah se agitó en la oscuridad; las cuentas se extendían sobre su piel, se le metían por entre la ropa y se le colaban por la nariz mientras intentaba nadar. No podía hacer nada. No podía flotar en este caos. Se llevó una mano a la boca tratando de crear una burbuja de aire para respirar, consiguiendo así dar una pequeña bocanada. Pero las cuentas rodaron alrededor de su mano, se introdujeron entre sus dedos. Jasnah se hundió, ya más despacio, como a través de un líquido viscoso.
Cada cuenta que la tocaba dejaba una leve impresión de algo. Una puerta. Una mesa. Un zapato.
Al final las cuentas le invadieron la boca, moviéndose como por voluntad propia. Iban a asfixiarla, a destruirla. No… no, era solo porque parecían atraídas hacia ella. Captó una impresión; no un pensamiento claro, sino una sensación. Querían algo de ella.
Agarró una cuenta con la mano: le dejó la impresión de una copa. Ella le dio… ¿algo a cambio? Las otras cuentas cercanas se acercaron, conectándose, pegándose como piedras unidas con argamasa. En un instante ella cayó no entre cuentas separadas e individuales, sino a través de grandes masas pegadas en forma de…
Copa.
Cada cuenta era un patrón, una guía para las otras.
Soltó la que tenía en la mano y las cuentas a su alrededor se separaron. Manoteó, buscando desesperadamente mientras se quedaba sin aire. ¡Necesitaba algo que pudiera utilizar, algo que la ayudara, algo para sobrevivir! Desesperada, abrió los brazos para tocar tantas perlas como fuera posible.
Una bandeja de plata.
Un abrigo.
Una estatua.
Una lámpara.
Y luego, algo antiguo.
Algo pesado y de pensamiento lento, pero, de algún modo, fuerte.
El palacio mismo. Frenética, Jasnah agarró esa esfera y forzó su poder hacia ella. Obnubilada, le dio a esta perla todo lo que tenía, y luego le ordenó que se alzara.
Las perlas se agitaron.
Se produjo un gran estrépito mientras las esferas entrechocaban,tintineando, crujiendo, sacudiéndose. Era casi como el sonido de una ola rompiendo contra los escollos. Jasnah emergió de las profundidades al tiempo que algo sólido se movía bajo ella, obedeciendo su orden. Las perlas repiquetearon sobre su cabeza, sus hombros, sus brazos, hasta que finalmente surgió como una explosión de la superficie del mar de cristal, lanzando un chorro de perlas al cielo oscuro.
Se arrodilló en una plataforma de cristal hecha de pequeñas cuentas unidas. Mantuvo la mano en el costado, impulsada hacia arriba, agarrando la esfera que era la guía. Otras rodaron a su alrededor, adoptando la forma de un pasillo con lámparas en las paredes en el que más adelante se veía un cruce. Algo fallaba en la imagen, claro: todo estaba hecho de cuentas. Pero era una buena aproximación.
Jasnah no tenía fuerza suficiente para formar el palacio entero, así que se había limitado a formar ese único pasillo, sin el tejado. Pero el suelo la sostenía, le impedía hundirse. Abrió la boca con un gemido y las perlas cayeron para repicar contra el suelo. Entonces tosió, inhalando ansiosamente aire, mientras el sudor le corría por los lados de la cara y se concentraba en su barbilla.
Ante ella, la oscura figura se subió a la plataforma. De nuevo desenvainó la espada.
Jasnah agarró una segunda perla, correspondiente a la estatua que había sentido antes. Le dio poder, y otras perlas se reunieron ante ella, tomando la forma de una de las esculturas que flanqueaban la par te delantera del salón de festejos: la estatua de Talenelat’Elin, Heraldo de la Guerra. Un hombre alto y musculoso con una enorme hoja esquirlada.
No estaba viva, pero ella la hizo moverse, bajando su espada de cuentas. Dudaba de que pudiera luchar. Las cuentas redondas no podían formar una hoja afilada. Sin embargo, la mera amenaza hizo vacilar a la figura oscura.
Rechinando los dientes, Jasnah se obligó a ponerse en pie y las perlas cayeron de sus ropas. No estaba dispuesta a arrodillarse ante esta criatura, fuera lo que fuese. Se detuvo junto a la estatua de cuentas, advirtiendo por primera vez las extrañas nubes en lo alto. Parecían formar un estrecho tramo de camino, recto y largo, apuntando hacia el horizonte.
Soportó la mirada de la figura de aceite, que la observó durante un momento y luego se llevó dos dedos a la frente antes de inclinarse, como en señal de respeto, con una capa ondeando a sus espaldas. Otras figuras se habían congregado detrás y se volvieron unas hacia otras, intercambiando susurros.
El lugar de perlas se difuminó, y Jasnah se encontró de vuelta en el pasillo del palacio. El de verdad, con piedras reales, aunque estaba oscuro: la luz tormentosa de las lámparas de las paredes estaba apagada. La única iluminación procedía del fondo del pasillo.
Se apretujó contra la pared, inspirando profundamente. «Tengo que anotar esta experiencia», pensó.
Así lo haría, para luego analizarla y reflexionar. Pero más tarde. En ese momento solo quería alejarse del palacio. Echó a andar, presurosa, sin preocuparle qué dirección tomaba, tratando de escapar de aquellos ojos que seguían observándola.
No sirvió de nada.
Al cabo de un rato, se serenó y se secó el sudor de la cara con un pañuelo. «Shadesmar —pensó—. Así se llama en los cuentos infantiles.» Shadesmar, el reino mitológico de los spren. Todo un sistema mitológico en el que nunca había creído. Seguro que si estudiaba las historias lo suficiente encontraría algo. Casi todo lo que pasaba había pasado antes. La gran lección de la historia, y…
¡Tormentas! Tenía una cita.
Maldiciéndose a sí misma, se apresuró. Aquella experiencia seguía ocupando sus pensamientos, pero de todas formas había de celebrar su reunión. Así que bajó dos plantas, alejándose más de los sonidos de los percusionistas parshendi, hasta que solo llegó a captar los redobles más fuertes.
La complejidad de aquella música siempre la había sorprendido, pues sugería que los parshendi no eran los salvajes incultos por los que muchos los tomaban. Desde esta distancia, la música le resultó inquietantemente similar a las perlas del lugar oscuro, cuando entrechocaban unas con otras.
Había elegido a propósito esta sección apartada del palacio para su encuentro con Liss. Nadie visitaba jamás ese conjunto de habitaciones para invitados. Al ver a un hombre a quien no conocía ante la puerta escogida, Jasnah sintió cierto alivio. El hombre sería el nuevo criado de Liss, y su presencia significaba que ella no se había marchado, a pesar de su tardanza. Controlándose, saludó con un gesto al guardia (un bruto veden de barba rojiza), y entró en la habitación.
Liss se levantó de la mesa que había en la pequeña cámara. Llevaba un vestido de doncella (escotado, naturalmente), y podría haber pasado por alezi. O por veden. O bav. Dependiendo de qué aspecto de su acento decidiera recalcar. Cabellos largos y oscuros, sueltos, y una figura atractiva y curvilínea que se realzaba en los lugares adecuados.
—Llegas tarde, brillante —dijo Liss.
Jasnah no se dignó contestar. Era ella quien pagaba, así que no tenía por qué ofrecer explicaciones. En cambio, dejó algo sobre la mesa, junto a Liss. Era un sobre pequeño, sellado con cera de gorgojo.
Jasnah colocó dos dedos encima, reflexionando.
No. Esto era demasiado audaz. No sabía si su padre sabía lo que ella estaba haciendo, pero aunque no fuera así, en palacio sucedían demasiadas cosas. No quería cometer un asesinato hasta que estuviera más segura.
Por fortuna, había preparado un segundo plan. Sacó un segundo sobre del bolsillo interior de la manga y lo colocó en la mesa en lugar del primero. Retiró los dedos de encima, rodeó la mesa y se sentó.
Liss se sentó también e hizo desaparecer el sobre en el interior de su escote.
—Una noche extraña para dedicarla a la traición, brillante —comentó la mujer.
—Te contrato solamente para vigilar.
—Perdona, brillante, pero por lo general no se contrata a un asesino para vigilar. O al menos no solo para eso.
—Encontrarás las instrucciones en el sobre —dijo Jasnah—. Junto con un pago inicial. Te he elegido porque eres experta en observar durante largo tiempo. Eso es lo que quiero. Al menos por ahora.
Liss sonrió, pero acabó por asentir.
—¿Espiar a la esposa del heredero al trono? Eso será más caro. ¿Seguro que no la quieres muerta sin más?
Jasnah tamborileó los dedos sobre la mesa, y en ese momento se dio cuenta de que lo hacía al ritmo de los tambores de arriba. La música era inesperadamente compleja… exactamente igual que los parshendi.
«Están pasando demasiadas cosas —pensó—. Tengo que ser muy cuidadosa. Muy sutil.»
—Acepto el precio —replicó—. Dentro de una semana, me encargaré de que liberen a una de las doncellas de mi cuñada. Tú solicitarás el puesto, usando las credenciales falsas que supongo serás capaz de conseguir. Te contratarán.
»A partir de ahí, observa e informa. Ya te diré si tus otros servicios son necesarios. Actúa solo si yo te lo digo. ¿Entendido?
—Tú eres quien paga —dijo Liss, dejando entrever un leve acento bav, aunque si se notaba, era solo porque ella así lo quería. Liss era la ase sina más dotada que conocía Jasnah. La gente la llamaba Doliente, ya que les sacaba los ojos a sus objetivos cuando los mataba. Aunque el apo do no lo había creado ella, servía bien a su propósito, pues tenía se cre tos que ocultar. Para empezar, nadie sabía que Doliente era una mujer.
Se decía que Doliente arrancaba los ojos para proclamar su indiferencia al hecho de que sus víctimas tuvieran los ojos claros u oscuros. La verdad era que la acción ocultaba un segundo propósito: Liss no quería que nadie supiera que la forma en que mataba dejaba a los cadáveres con las cuencas de los ojos calcinadas.
—Nuestra reunión ha terminado, pues —dijo Liss, poniéndose en pie.
Jasnah asintió, ausente, concentrada de nuevo en la extraña interacción que había tenido con los spren hacía un rato. Aquella piel brillante, los colores oscilando sobre una superficie del color del alquitrán…
Se obligó a dejar de pensar en ello. Tenía que dedicar toda su atención a la tarea que tenía delante. Y de momento, esa tarea era Liss.
La asesina se detuvo en la puerta antes de marcharse.
—¿Sabes por qué me caes bien, brillante?
—Sospecho que tiene algo que ver con mis bolsillos y su proverbial profundidad.
Liss sonrió.
—Eso en parte, no voy a negarlo, pero también eres distinta a los
demás ojos claros. Cuando otros me contratan, fruncen la nariz durante
todo el proceso. Están ansiosos por recurrir a mis servicios, pero me miran con resentimiento y retuercen las manos, como si les repugnara verse obligados a hacer algo desagradable.
—Es que el asesinato es desagradable, Liss. Igual que limpiar orinales. Sin embargo, puedo respetar a quienes desempeñan ese trabajo sin admirar el trabajo en sí.
Liss sonrió antes de abrir la puerta.
—Ese nuevo sirviente tuyo que espera ahí fuera… —dijo Jasnah—. ¿No dijiste que querías mostrármelo?
—¿Talak? —respondió Liss, mirando al veden—. Ah, te refieres al otro. No, brillante, lo vendí a un mercader de esclavos hace unas cuantas semanas. —Liss esbozó una mueca.
—¿De veras? ¿No decías que era el mejor sirviente que habías tenido jamás?
—Demasiado bueno —replicó Liss—. Dejémoslo en eso. Tormentas, daba escalofríos ese shin. —Liss se estremeció visiblemente y salió por la puerta.
—Recuerda nuestro primer acuerdo —dijo Jasnah tras ella.
—Siempre lo tengo presente, brillante.
Liss cerró la puerta.
Jasnah permaneció sentada con los dedos entrelazados. Su «primer acuerdo» era que si alguien acudía a Liss y le ofrecía un contrato para eliminar a un miembro de la familia de Jasnah, le permitiría a ella igualar la oferta a cambio del nombre de quien la hiciera.
Liss cumpliría el trato. Probablemente. Lo mismo que la otra docena de asesinos con los que Jasnah trataba. Un cliente habitual era siempre más valioso que uno ocasional, y a una mujer como Liss le interesaba tener una aliada en el gobierno. La familia de Jasnah estaba a salvo de gente así. A menos que ella misma empleara a los asesinos, naturalmente.
Jasnah dejó escapar un profundo suspiro y luego se levantó, intentando quitarse de encima el peso que la agobiaba.
«Espera. ¿Ha dicho Liss que su antiguo sirviente era shin?»
Probablemente era una simple coincidencia. Los shin no abundaban en el este, pero se les veía de vez en cuando. Con todo, que Liss mencionara a un shin y Jasnah hubiera visto a uno de ellos entre los parshendi…, bueno, no le haría ningún daño comprobarlo, aunque eso implicara tener que regresar a la fiesta. Algo extraño sucedía esta noche, y no solo por su sombra y el spren.
Jasnah salió de la pequeña cámara en las entrañas del palacio y empezó a recorrer el pasillo. Desanduvo sus pasos. En los pisos superiores, los tambores se interrumpieron bruscamente, como las cuerdas de un instrumento que se cortan de repente. ¿Terminaba tan pronto la fiesta? Dalinar no habría hecho algo que hubiera ofendido a los invitados, ¿no? Ese hombre y su afición al vino…
Bueno, los parshendi habían ignorado sus ofensas en el pasado, así que probablemente lo harían de nuevo. En realidad, Jasnah se alegraba de que su padre se concentrara en el tratado. Eso significaba que ella tendría una oportunidad para estudiar a placer las tradiciones e historias parshendi.
«¿Podría ser —se preguntó— que las eruditas hayan estado investigando en las ruinas equivocadas todos estos años?»
En el pasillo sonaron unas voces.
—Me preocupa Ash.
—Te preocupas por todo.
Jasnah se detuvo en el pasillo.
—Está cada vez peor —continuó la voz—. No podemos ir a peor. ¿Voy yo a peor? Es lo que me parece.
—Cállate.
—Esto no me gusta. Lo que hemos hecho está mal. La criatura lleva la espada de mi señor. No tendríamos que haber permitido que se la quedara. Es…
Las dos figuras atravesaron el cruce ante Jasnah. Eran embajadores del oeste, incluyendo el hombre azishiano con la marca de nacimiento blanca en la mejilla. ¿O era una cicatriz? El más bajo de los dos (podría haber sido alezi) se interrumpió cuando vio a Jasnah. Dejó escapar un chillidito y continuó su camino.
El azishiano, que iba vestido de negro y plata, se detuvo y la miró de arriba abajo. Frunció el ceño.
—¿Ha terminado ya la fiesta? —preguntó Jasnah desde el pasillo. Su hermano había invitado a estos dos hombres a la celebración junto con todos los dignatarios extranjeros en Kholinar.
—Sí —respondió el hombre.
Su mirada la hizo sentirse incómoda. Continuó caminando de todas formas. «Tendría que indagar más sobre estos dos», pensó. Había investigado su pasado, naturalmente, y no había encontrado nada digno de mención. ¿Estaban hablando de una hoja esquirlada?
—¡Vamos! —El hombre más bajo regresó y tomó por el brazo al más alto.
Este permitió que tirara de él. Jasnah se acercó al cruce de pasillos, y los vio marchar.
Donde antes sonaban tambores, de pronto, se oyeron gritos.
«Oh, no…»
Jasnah se volvió alarmada, se recogió la falda y echó a correr con todas sus fuerzas.
Una docena de diferentes desastres potenciales desfilaron por su mente. ¿Qué más podía ocurrir en esa noche aciaga, cuando las sombras se alzaban y su padre la miraba con recelo? Los nervios se apoderaron de ella. Llegó a las escaleras y empezó a subirlas.
Tardó demasiado. Podía oír los gritos mientras subía y emergía por fin al caos. Cadáveres en una dirección, una pared demolida en otra. ¿Cómo…?
La destrucción conducía a los aposentos de su padre.
Todo el palacio se estremeció y un sonido de aplastamiento resonó desde esa dirección.
«¡No, no, no!»
Mientras corría, advirtió en las paredes los tajos producidos por hojas esquirladas.
«Por favor.»
Cadáveres con ojos quemados. Cuerpos cubriendo el suelo como huesos descartados en la cena.
«Esto no.»
Una puerta rota. Los aposentos de su padre. Jasnah se detuvo en el pasillo, jadeando.
«Contrólate, controla…»
No podía. En ese momento no. Frenética, entró corriendo en los aposentos, aunque un portador de esquirlada la mataría fácilmente. No estaba pensando con lógica. Debería buscar alguien que la ayudara. ¿Dalinar? Estaría borracho. Sadeas, entonces.
Parecía que la habitación había sido alcanzada por una tormenta: muebles destrozados, astillas por todas partes. Las puertas del balcón estaban rotas hacia fuera. Alguien se abalanzó hacia ellas, un hombre con la hoja esquirlada de su padre. ¿Tearim, el guardaespaldas?
No. Tenía el casco roto. No era Tearim, sino Gavilar. Alguien gritó en el balcón.
—¡Padre! —exclamó Jasnah.
Gavilar vaciló mientras salía al balcón y se volvió a mirarla.
El balcón se desmoronó bajo sus pies.
Jasnah gritó, echó a correr hacia el balcón derruido y cayó de rodillas en el borde. El viento le soltó un par de mechones de pelo mientras veía caer a dos hombres.
Eran su padre y el shin vestido de blanco de la fiesta.
El shin brillaba con luz blanca. Cayó sobre la pared. La golpeó, rodando, y se detuvo. Se alzó, consiguiendo de algún modo permanecer en la pared exterior sin caerse. Desafiaba la razón. Se volvió y avanzó hacia su padre.
Jasnah vio, helada e indefensa, que el asesino se cernía sobre su padre y se arrodillaba junto a él.
Las lágrimas cayeron por su barbilla y el viento las capturó. ¿Qué estaba haciendo el shin ahí abajo? No lograba distinguirlo.
Cuando el asesino se marchó, dejó atrás el cadáver de su padre, empalado en un trozo de madera. Estaba muerto, pues su hoja esquirlada había aparecido a su lado, como hacían todas cuando sus portadores morían.
—Me he esforzado tanto… —susurró Jasnah, aturdida—. Todo lo que he hecho por proteger a esta familia…
¿Cómo? Liss. ¡Ella era la responsable!
No. Jasnah no pensaba con propiedad. Aquel hombre shin… De haber sido cosa de ella, no habría admitido ser su dueña. Lo había vendido.
—Lamentamos su pérdida.
Jasnah se volvió, parpadeando para espantar las lágrimas de sus ojos. Tres parshendi, incluyendo a Klade, estaban en la puerta, vestidos con sus peculiares atuendos: túnicas bellamente cosidas tanto para los hombres como para las mujeres, fajines en la cintura, camisas anchas sin mangas. Chalecos largos, abiertos por los costados, tejidos con brillantes colores. No diferenciaban la forma de vestir según el sexo. Sin embargo, Jasnah pensaba que lo hacían por castas y…
«Basta —se dijo a sí misma—. ¡Deja de pensar como una erudita por un tormentoso día!»
—Aceptamos la responsabilidad de su muerte —dijo el primero de los parshendi. Gangnah era una hembra, aunque con los parshendi las diferencias de sexo parecían mínimas. Las ropas ocultaban los pechos y las caderas, rasgos que, por otra parte, tampoco solían ser muy pronunciados. Por fortuna, la falta de barba era una clara indicación. Todos los hombres parshendi que había visto llevaban barba, adornada con trocitos de gemas, y…
«BASTA
—¿Qué has dicho? —preguntó, obligándose a ponerse en pie—. ¿Por qué es culpa vuestra, Gangnah?
—Porque contratamos al asesino —respondió la parshendi con su voz cantarina, cargada de acento—. Hemos matado a tu padre, Jasnah Kholin.
—Vosotros…
La emoción se enfrió de pronto, como un río que se congela en las alturas. Jasnah pasó la mirada de Gangnah a Klade, y luego a Varnali. Los tres eran mayores, miembros del consejo parshendi gobernante.
—¿Por qué? —susurró Jasnah.
—Porque era necesario —respondió Gangnah.
—¿Por qué? —exigió Jasnah, avanzando—. ¡Luchó por vosotros! ¡Mantuvo a raya a los depredadores! ¡Mi padre quería la paz, monstruos! ¿Por qué nos traicionáis ahora, precisamente ahora?
Gangnah apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea. El sonsonete de su voz cambió. Pareció casi una madre que explicara algo muy difícil a una niña pequeña.
—Porque tu padre estaba a punto de hacer algo muy peligroso.
—¡Mandad buscar al brillante señor Dalinar! —gritó una voz en el pasillo—. ¡Tormentas! ¿Llegaron mis órdenes a Elhokar? ¡Hay que poner a salvo al príncipe heredero!
El alto príncipe Sadeas entró en la sala con un grupo de soldados.
Su rostro bulboso y rubicundo estaba húmedo de sudor, y llevaba el uniforme de Gavilar, la regia túnica de su cargo.
—¿Qué están haciendo los salvajes aquí? ¡Tormentas! Proteged a la princesa Jasnah. ¡Quien hizo esto… pertenecía a su séquito!
Los soldados se dispusieron a rodear a los parshendi. Jasnah hizo caso omiso de ellos, dio media vuelta y se acercó a la balconera, apoyando la mano en la pared. Contempló a su padre tendido en las rocas de abajo, con la espada a su lado.
—Habrá guerra —susurró—. Y yo no me opondré.
—Lo entendemos —dijo Gangnah a sus espaldas.
—El asesino —murmuró Jasnah—. Caminaba por la pared.
Gangnah guardó silencio.
En medio de la destrucción de su mundo, Jasnah se quedó con este fragmento. Había visto algo esta noche. Algo que no tendría que haber sido posible. ¿Estaba relacionado con el extraño spren? ¿Con su experiencia en el lugar de las cuentas de cristal y el cielo oscuro?
Estas cuestiones se convirtieron en la línea de seguridad para su estabilidad. Sadeas exigió respuestas a los líderes parshendi, pero no recibió ninguna. Cuando se detuvo a su lado y contempló el caos de abajo, entró en cólera, gritó a sus guardias y corrió para llegar junto al rey caído.
Horas más tarde, se descubrió que el asesinato (y la rendición de los tres líderes parshendi) había cubierto la huida de la mayoría de las criaturas. Habían escapado de la ciudad rápidamente, y la caballería que Dalinar envió tras ellos fue aniquilada. Un centenar de caballos, casi todos ellos de un valor incalculable, junto con sus jinetes.

          Los líderes parshendi no dijeron nada más ni revelaron más información, ni siquiera cuando fueron colgados y ahorcados por sus crímenes.
Jasnah prescindió de todo eso. En cambio, interrogó a los guardias supervivientes para averiguar qué habían visto. Siguió pistas sobre la naturaleza del asesino, ya famoso, sonsacando información a Liss. Apenas obtuvo nada. Liss había sido dueña del asesino durante muy poco tiempo, y aseguró no saber nada de sus extraños poderes. Jasnah no pudo encontrar a su dueño anterior.
A continuación se volcó en los libros en un esfuerzo frenético y consciente por distraerse de lo que había perdido.
Esa noche, Jasnah había visto lo imposible.
Descubriría qué significaba.

Palabras-radiantes-Cap--tulo-1

Shallan cogió el fino lápiz de carboncillo y dibujó una serie de líneas rectas que irradiaban desde una esfera en el horizonte. La esfera no era el sol, ni tampoco una de las lunas. Unas nubes apenas esbozadas parecían correr hacia él. Y el mar bajo ellas… Un dibujo no podía reproducir la extraña naturaleza del océano, hecho no de agua sino de diminutas perlas de cristal transparente.
Shallan se estremeció, recordando aquel lugar. Jasnah sabía de ese tema mucho más de lo que le decía a su pupila, y Shallan no sabía cómo preguntarlo. ¿Cómo se exigían respuestas después de una traición como la suya? Solo habían pasado unos cuantos días desde el hecho, y Shallan aún no sabía con exactitud cómo iba a quedar afectada su relación con Jasnah.
La cubierta se agitó mientras el barco cambiaba de rumbo; las enormes velas aletearon. Shallan se vio obligada a agarrarse a la amura con la mano segura cubierta para no perder el equilibrio. El capitán Tozbek había dicho que hasta entonces no había habido mala mar en esa parte de los estrechos de Ceño Largo. Sin embargo, tal vez tuviera que bajar a la sentina si el oleaje y el bamboleo empeoraban.
Shallan resopló y trató de relajarse mientras el barco se estabilizaba. Soplaba un viento helado, y los vientospren pasaban veloces en las corrientes invisibles de aire. Cada vez que el mar estaba revuelto, Shallan recordaba aquel día, aquel extraño océano de cuentas de cristal…
Contempló de nuevo lo que había dibujado. Solo había entrevisto ese lugar, y su boceto no era perfecto. Era…
Frunció el ceño. En el papel había surgido un patrón, como un relieve. ¿Qué había hecho? El patrón era casi tan ancha como la página, una secuencia de complejas líneas de ángulos agudos y puntas de flecha repetidas. ¿Era un efecto de dibujar aquel lugar extraño, el lugar que según Jasnah se llamaba Shadesmar? Vacilante, Shallan movió la mano libre para palpar las extrañas rugosidades de la página.
El patrón se movió, deslizándose por la lámina como un cachorro de sabueso-hacha bajo una sábana.
Shallan dejó escapar un grito y saltó de su asiento, dejando caer la carpeta de bocetos. Las páginas sueltas se desparramaron por la cubierta, dispersándose y aleteando al viento. Los marineros cercanos (hombres de Thaylen de largas cejas blancas que se peinaban hacia atrás, sobre las orejas) corrieron a ayudar, atrapando las hojas al vuelo antes de que salieran por encima de la borda.
—¿Te encuentras bien, joven señora? —preguntó Tozbek, interrumpiendo la conversación que mantenía con uno de sus compañeros. Bajo y grueso, Tozbek llevaba un ancho fajín y una casaca roja y dorada a juego con su gorra. Sus cejas se desplegaban tiesas por encima de sus ojos.
—Me encuentro bien, capitán —respondió Shallan—. Solo ha sido un pequeño sobresalto.
Yalb se acercó a ella y le entregó las páginas.
—Tus accesorios, mi señora.
Shallan alzó una ceja.
—¿Accesorios?
—Claro —dijo el joven marinero con una sonrisa—. Estoy practicando mis palabras elegantes. Ayudan a conseguir razonable compañía femenina. Ya sabes, ese tipo de damas jóvenes que no huelen demasiado mal y les queda al menos algún que otro diente.
—Encantador —respondió Shallan, recuperando las hojas—. Bueno, dependiendo de lo que entendamos por encantador, al menos. —Dejó de hacer retruécanos, mirando con recelo el fajo de láminas que tenía en las manos. La imagen que había dibujado de Shadesmar estaba encima de todas, sin tener ya las extrañas rugosidades.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Yalb—. ¿Salió un cremlino de alguna parte o algo así? —Como de costumbre, Yalb llevaba un chaleco abierto y unos pantalones holgados.
—No ha sido nada —dijo Shallan en voz baja, guardando las páginas en su mochila.
Yalb le dirigió un saludo (ella no tenía ni idea de por qué se había acostumbrado a hacerlo) y volvió a intentar aparejar las velas con los demás marineros. Shallan oyó pronto las risas de los hombres, y cuando él la miró, los glorispren danzaron sobre su cabeza, tomando la forma de pequeñas esferas de luz. Al parecer, estaba muy orgulloso del comentario jocoso que acababa de hacer.
Ella sonrió. Sin duda era una suerte que Tozbek se hubiera retrasado en Kharbranth. Le gustaba esta tripulación, y se alegraba de que Jasnah los hubiera seleccionado para su viaje. Shallan se sentó en la caja que el capitán había ordenado amarrar junto a la borda para que ella pudiera disfrutar del mar durante el viaje. Debía tener cuidado con las salpicaduras del agua, algo que no venía bien a sus bocetos, pero mientras el mar no estuviera picado, la oportunidad de contemplar las aguas compensaba la molestia.
El vigía en lo alto de los aparejos dejó escapar un grito. Shallan miró en la dirección que indicaba, entornando los ojos, y divisó la lejana tierra mientras la nave avanzaba en paralelo a ella. De hecho, la noche anterior la habían pasado en un puerto en el que se refugiaron de la tormenta que los asaltó. Durante los viajes, convenía estar siempre cerca de algún puerto: aventurarse en los mares abiertos cuando en cualquier momento podía desatarse una alta tormenta era suicida.
La mancha de oscuridad al norte eran las Tierras Heladas, una zona casi deshabitada que se extendía en la zona inferior de Roshar. De vez en cuando se distinguían los altos acantilados al sur. Thaylenah, el gran reino-isla, creaba otra barrera y los estrechos pasaban entre ambos.
El vigía había avistado algo en las olas al norte del barco, una forma flotante que al principio parecía un tronco grande. Pero no podía ser eso; el objeto en cuestión era mucho más grande y más ancho. Shallan se levantó entornando los ojos, mientras aquella cosa se acercaba. Resultó ser un caparazón marrón verdoso, del tamaño de tres botes juntos. Cuando pasaron por su lado, el caparazón se acercó a la nave y de algún modo consiguió mantener su ritmo, asomando del agua unos seis u ocho palmos.
¡Un santhid! Shallan se asomó a la amura mientras los marineros señalaban entusiasmados y algunos se asomaban también para ver a la criatura. Los santhidyn eran tan huraños que algunos libros de Shallan aseguraban que estaban extinguidos y todos los informes modernos acerca de ellos no eran fiables.
—¡Traes buena suerte, joven señora! —le dijo Yalb con una carcajada mientras pasaba junto a ella con un cabo—. Hacía años que no veíamos a un santhid.
—Todavía no has visto a ninguno —contestó Shallan—. Solo la parte superior de su caparazón.
Para gran decepción por su parte, las olas ocultaban todo lo demás, salvo las sombras de algo que podrían ser unos brazos largos que se extendían hacia abajo. Según las crónicas, estas bestias a menudo seguían a los barcos durante días, esperando en el mar mientras los navíos recalaban en puerto, para volver a seguirlos de nuevo cuando zarpaban.
—El caparazón es lo único que se ve de ellos —dijo Yalb—. ¡Pasiones, esto es un buen augurio!
Shallan se aferró a su zurrón. Cerró los ojos y procuró centrarse en la criatura que permanecía junto al barco para fijar la imagen en su mente y así poder dibujarla luego con precisión.
«Pero ¿dibujar qué? —pensó—. ¿Un bulto en el agua?»
En su cabeza empezó a formarse una idea. La expresó en voz alta antes de poder meditarlo mejor.
—Dame ese cabo —dijo, volviéndose hacia Yalb.
—¿Brillante? —preguntó él, deteniéndose.
—Hazle un nudo en un extremo —dijo ella, depositando rápidamente su zurrón sobre el asiento—. Tengo que echarle un vistazo al santhid. Nunca he metido la cabeza bajo el agua en el océano. ¿Será difícil ver con la sal?
—¿Bajo el agua? —dijo Yalb, con voz temblorosa.
—No quieres atar ese cabo.
—¡Porque no soy un necio de las tormentas! El capitán me cortará la cabeza si…
—Consigue a un amigo —replicó Shallan, haciendo caso omiso de él y cogiendo la soga para hacer un pequeño lazo en un extremo—. Me bajaréis por la borda y así podré echar una ojeada a lo que hay bajo ese caparazón. ¿Sabes que nadie ha realizado jamás un dibujo de un santhid vivo? Todos los que se han encontrado varados en las playas estaban ya muy descompuestos. Y como los marineros consideran que cazarlos trae mala suerte…
—¡Y es verdad! —replicó Yalb, con la voz cada vez más aguda—. Nadie va a matar a ninguno.
Shallan terminó de hacer el lazo, corrió a la borda del barco y su pelo rojo se agitó alrededor de su cara cuando se asomó a la amura. El santhid seguía allí. ¿Cómo mantenía el ritmo? No distinguía ninguna aleta.
Miró a Yalb, que sostenía el cabo sonriendo.
—Ah, brillante, ¿esto es tu desquite por lo que le dije a Beznk sobre tu trasero? ¡Solo era una broma, pero me has pillado! Yo… —Guardó silencio cuando la miró a los ojos—. Tormentas. Hablas en serio.
—No volveré a tener otra oportunidad como esta. Naladan persiguió a estas criaturas durante casi toda su vida y nunca consiguió observar bien a ninguna.
—¡Es una locura!
—¡No, es investigación! No sé qué podré ver en el agua, pero tengo que intentarlo.
Yalb suspiró.
—Tenemos máscaras. Están hechas con caparazón de tortuga; tienen cristales en unos agujeros practicados en la parte delantera y cámaras de aire en los bordes para que no entre el agua. Con una de esas podrás meter la cabeza bajo la superficie y mirar. Las usamos para comprobar el casco cuando atracamos.
—¡Maravilloso!
—Naturalmente, tendré que pedirle permiso al capitán para coger una…
Ella se cruzó de brazos.
—Muy astuto. Bueno, ve a por una. —De todas formas, era improbable que pudiera salirse con la suya sin que el capitán se enterara.
Yalb sonrió.
—¿Qué te pasó en Kharbranth? ¡En tu primer viaje con nosotros eras tan tímida que parecía que ibas a desmayarte solo con pensar que te marchabas de tu tierra!
Shallan vaciló y luego notó que empezaba a ruborizarse.
—Esto es una locura, ¿verdad?
—¿Colgarte de un barco en movimiento y meter la cabeza en el agua? —dijo Yalb—. Pues sí, un poco.
—¿Crees… que podríamos detener el barco?
Yalb se echó a reír, pero fue corriendo a hablar con el capitán, aceptando su pregunta como indicativo de que seguía decidida a llevar su plan adelante. Y así era.
«¿Qué me pasa?», se preguntó ella.
La respuesta era simple. Lo había perdido todo. Le había robado a Jasnah Kholin, una de las mujeres más poderosas del mundo, y al hacerlo no solo había perdido su oportunidad de estudiar como siempre había soñado, sino que también había condenado a sus hermanos y a su casa. Había fracasado completa y miserablemente.
Y había sobrevivido.
No estaba ilesa. Su credibilidad con Jasnah había quedado seriamente mermada, y sentía que había abandonado a su familia. Pero algo en la experiencia de robar al moldeador de almas de Jasnah (que de todas formas había resultado ser un fraude), y luego estar a punto de morir a manos del hombre que creía que estaba enamorado de ella…
Bueno, ya tenía una idea más aproximada de cómo podían empeorar las cosas. Era como si… antaño había temido la oscuridad, pero ahora se había lanzado directamente a su interior. Había experimentado algunos de los horrores que la esperaban allí. Por terribles que fueran, al menos los conocía.
«Siempre los has conocido —susurró una voz en su interior—. Creciste con horrores, Shallan. Lo único que pasa es que no te permites recordarlos.»
—¿Qué ocurre? —preguntó Tozbek mientras se acercaba, acompañado por Ashlv, su esposa. La diminuta mujer no hablaba mucho; iba vestida con una falda y una blusa de un amarillo brillante, y llevaba el pelo totalmente cubierto, a excepción de las dos cejas blancas, que había curvado en torno a sus mejillas.
»Joven señora —dijo Tozbek—, ¿quieres ponerte a nadar? ¿No puedes esperar a que lleguemos a puerto? Conozco algunas zonas agradables donde el agua no está tan fría.
—No voy a nadar —contestó Shallan, ruborizándose aún más. ¿Qué iba a ponerse para meterse en el agua, habiendo tantos hombres alrededor? ¿De verdad la gente hacía eso?—. Necesito echar un vistazo a nuestro compañero. —Señaló la criatura marina.
—Joven señora, sabes que no puedo permitir que hagas una cosa tan peligrosa. Aunque detuviéramos el barco, ¿y si la bestia te hiciera daño?
—Dicen que son inofensivas.
—Son tan escasas que no podemos saberlo con seguridad. Además, hay otros animales en los mares que sí podrían lastimarte. Los aguasrojas cazan en esta zona con toda certeza, y podríamos estar en aguas poco profundas donde los khornaks serían un problema. —Tozbek sacudió la cabeza—. Lo siento, no puedo permitírtelo.
Shallan se mordió los labios y descubrió que su corazón latía a traición. Quiso insistir, pero la decidida mirada del capitán la hizo ceder.
—Muy bien.
Tozbek sonrió de oreja a oreja.
—Te llevaré a ver algunos caparazones en el puerto de Amydlatn cuando atraquemos allí, joven señora. ¡Tienen toda una colección!
Ella no sabía dónde estaba ese lugar, pero por la cantidad de consonantes apretujadas, supuso que sería en el lado Thaylen. Tan al sur, era donde estaban la mayoría de las ciudades. Aunque Thaylenah era casi tan gélida como las Tierras Heladas, la gente parecía disfrutar de la vida en ese lugar.
Naturalmente, los thayleños eran todos un poco excéntricos. ¿Cómo explicar si no que Yalb y los demás no llevaran camisa a pesar del frío?
«No son ellos los que pensaban en zambullirse en el océano», se recordó Shallan. Miró de nuevo por la borda, donde las olas rompían contra el caparazón del amable santhid. ¿Qué era? ¿Una gran bestia con concha, como los temibles abismoides de las Llanuras Quebradas? ¿O por debajo se parecería más a un pez o a una tortuga? Los santhidyn eran tan poco frecuentes, y las ocasiones en que los científicos los habían visto en persona tan escasas, que las teorías se contradecían unas a otras.
Suspiró y abrió el zurrón para ponerse a organizar sus papeles, que en su mayoría eran bocetos de los marineros en diversas poses mientras trabajaban haciendo maniobrar las enormes velas, desplegándolas contra el viento. Su padre nunca le habría permitido pasar un día sentada contemplando un montón de ojos oscuros sin camisa. Cuánto había cambiado su vida en tan poco tiempo.
Estaba trabajando en un boceto del caparazón del santhid cuando Jasnah subió a cubierta.
Como Shallan, Jasnah llevaba el havah, un vestido vorin de diseño peculiar. El bajo le llegaba hasta los pies y el cuello casi hasta la barbilla. Algunos de los thayleños, cuando pensaban que nadie los oía, se referían al vestido tildándolo de mojigato. Shallan no estaba de acuerdo: el havah no era mojigato, sino elegante. De hecho, la seda se ceñía al cuerpo, sobre todo en el busto, y la forma en que los marineros miraban boquiabiertos a Jasnah indicaba que a sus ojos el atuendo no era en absoluto poco favorecedor.
Jasnah era hermosa. De figura rotunda, morena de piel. Cejas inmaculadas, labios pintados de un rojo oscuro, el cabello recogido en una bella trenza. Aunque Jasnah doblaba la edad de Shallan, su madura belleza era algo digno de admirar, incluso de envidiar. ¿Por qué tenía que ser tan perfecta?
Jasnah hizo caso omiso de las miradas de los marineros. No es que no reparara en los hombres. Jasnah reparaba en todo y en todos. Simplemente, no parecía importarle qué efecto causaba en los varones.
«No, eso no es cierto —pensó Shallan mientras Jasnah se acercaba—. No dedicaría tiempo a arreglarse el pelo, ni a maquillarse, si no le importara el efecto que causa su aspecto físico.» En eso, Jasnah era un enigma. Por un lado, parecía una erudita preocupada solo por sus investigaciones. Por otro, cultivaba la pose y la dignidad de la hija de un rey, y en ocasiones lo utilizaba como arma.
—Ah, estás aquí —dijo Jasnah, acercándose a ella. Un chorro de agua levantado por el avance del buque eligió ese momento para volar por el aire y salpicarla. Jasnah frunció el ceño ante las gotas de agua que salpicaban su vestido de seda, luego miró de nuevo a Shallan y alzó una ceja—. Tal vez te hayas fijado en que el barco tiene dos camarotes muy agradables que contraté para nosotras a un precio bastante alto.
—Sí, pero están dentro.
—Como suelen estar todas las habitaciones.
—He pasado casi toda mi vida entre cuatro paredes.
—Y pasarás mucho tiempo más, si quieres ser una erudita.
Shallan se mordió el labio, esperando la orden de bajar a la sentina. Curiosamente, la orden no se produjo. Jasnah dirigió un gesto al capitán Tozbek para que se acercara, y este así lo hizo, con la gorra en la mano.
—¿Sí, brillante? —preguntó.
—Me gustaría disponer de otro de estos… asientos —dijo Jasnah, mirando la caja de Shallan.
Tozbek ordenó rápidamente a uno de sus hombres que colocara una segunda caja en su sitio. Mientras esperaba a que prepararan el asiento, Jasnah le indicó a Shallan que le entregara sus bocetos. Jasnah inspeccionó el dibujo del santhid y luego miró por la borda.
—No me extraña que los marineros estuvieran formando tanto alboroto.
—¡Suerte, brillante! —dijo uno de los marinos—. Es un buen presagio para tu viaje, ¿no crees?
—Aceptaré cualquier fortuna que me encuentre, Nanhel Eltorv —dijo ella—. Gracias por el asiento.
El marino hizo una torpe reverencia antes de retirarse.
—Piensas que son necios supersticiosos —dijo Shallan en voz baja, viendo marcharse al marino.
—Por lo que he observado —contestó Jasnah—, estos marineros son hombres que han encontrado un sentido a la vida y ahora disfrutan de él. —Jasnah miró el siguiente dibujo—. Mucha gente consigue mucho menos de la vida. El capitán Tozbek dirige una buena tripulación. Fuiste sabia al hacerme reparar en él.
Shallan sonrió.
—No has contestado a mi pregunta.
—Es que no has formulado ninguna —dijo Jasnah—. Estos bocetos están muy logrados, como siempre, pero ¿no se suponía que debías estar leyendo?
—Yo… me costaba concentrarme.
—Así que subiste a cubierta para hacer bocetos de hombres jóvenes trabajando con el torso desnudo. ¿Y esperabas que eso te ayudara a concentrarte?
Shallan se ruborizó mientras Jasnah se detenía en una hoja de papel del fajo. Shallan se sentó pacientemente (su padre la había educado bien en eso), hasta que Jasnah se volvió hacia ella. El dibujo de Shadesmar, naturalmente.
—¿Has respetado mi orden de no asomarte de nuevo a este reino? —preguntó Jasnah.
—Sí, brillante. Hice ese dibujo a partir de un recuerdo de mi primer… lapso.
Jasnah bajó la lámina. A Shallan le pareció ver un atisbo de algo en la expresión de la mujer. ¿Se estaba preguntando si podía confiar en su palabra?
—Supongo que esto es lo que te perturba —dijo Jasnah.
—Sí, brillante.
—Entonces imagino que debería explicártelo.
—¿De verdad? ¿Lo harías?
—No sé a qué viene tanta sorpresa.
—Parece una información importante —dijo Shallan—. La forma en que me prohibiste… supuse que el conocimiento de este lugar era secreto, o al menos algo que no se debe confiar a alguien de mi edad.
Jasnah hizo un gesto de desdén.
—He descubierto que cuando se niega a los jóvenes la explicación de los secretos, tienden a meterse en más problemas. Tu experimentación demuestra que ya te has dado de bruces con todo esto… como yo misma hice, por si no lo sabías. Por dolorosa experiencia sé lo peligroso que puede ser Shadesmar. Si dejo que continúes en la ignorancia, seré culpable si te haces matar allí.
—Si te hubiera preguntado antes, durante el viaje, ¿lo habrías explicado?
—Probablemente no —admitió Jasnah—. Tenía que comprobar hasta qué punto estabas dispuesta a obedecerme. Al menos esta vez.
Shallan se azoró y contuvo la necesidad de recalcar que cuando era una alumna estudiosa y obediente, Jasnah no había divulgado tantos secretos.
—¿Qué es, entonces, ese… lugar?
—En realidad no es un lugar —dijo Jasnah—. No como solemos pensar en el espacio. Shadesmar está aquí, a nuestro alrededor, ahora mismo. Todas las cosas existen allí de alguna forma, igual que existen aquí.
Shallan frunció el ceño.
—No…
Jasnah alzó un dedo para hacerla callar.
—Todas las cosas tienen tres componentes: el alma, el cuerpo y la mente. Ese lugar que viste, Shadesmar, es lo que llamamos el Reino Cognitivo: el lugar de la mente.
»A nuestro alrededor vemos el mundo físico. Puedes tocarlo, verlo, oírlo. Así es como experimenta el mundo tu cuerpo físico. Shadesmar es la manera en que lo experimenta tu yo cognitivo, tu yo inconsciente. A través de tus sentidos ocultos que tocan ese reino, das saltos lógicos intuitivos y formas esperanzas. Probablemente a través de esos sentidos extra, Shallan, creas arte.
El agua salpicó en la proa del barco cuando la nave remontó una ola. Shallan se secó una gota de agua salada de la mejilla, tratando de pensar en lo que Jasnah acababa de decir.
—No acabo de entenderlo, brillante.
—No me extraña. He pasado seis años investigando Shadesmar, y a día de hoy apenas sé interpretarlo. Tendré que acompañarte allí varias veces antes de que puedas comprender, aunque solo sea un poco, el verdadero significado del lugar.
Jasnah hizo una mueca ante la idea. Shallan siempre se sorprendía al ver en ella emociones visibles. La emoción era algo con lo que una podía identificarse, algo humano, y la imagen mental que Shallan tenía de Jasnah Kholin era de un ser casi divino. Pensándolo bien, era una forma extraña de considerar a una atea confesa.
—Escúchame —dijo Jasnah—, mis propias palabras traicionan mi ignorancia. Te he dicho que Shadesmar no era un lugar, y, sin embargo, lo llamo así en la siguiente frase que pronuncio. Hablo de visitarlo, aunque está todo a nuestro alrededor. Simplemente no tenemos la terminología adecuada para discutir al respecto. Déjame que intente otra táctica.
Jasnah se levantó y Shallan se apresuró a seguirla. Recorrieron la cubierta, sintiendo cómo se bamboleaba bajo sus pies. Los marineros dejaron paso a Jasnah haciendo rápidas reverencias, mirándola con el mismo acatamiento que dedicarían a un rey. ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo podía controlar a cuantos la rodeaban sin que pareciera hacer absolutamente nada?
—Mira abajo, en el agua —dijo Jasnah cuando llegaron a la proa—. ¿Qué ves?
Shallan se detuvo junto a la borda y contempló las aguas azules, que espumaban cuando la proa del barco las hendía. Allí, asomada, pudo ver la profundidad de las aguas. Una inmensidad insondable que se extendía no solo hacia delante, sino hacia abajo.
—Veo la eternidad —dijo.
—Hablas como una artista —comentó Jasnah—. Este barco navega a través de profundidades que no podemos conocer. Bajo estas aguas bulle un mundo frenético e invisible.
Jasnah se inclinó hacia delante, agarrándose a la amura con una mano sin cubrir y la mano velada dentro de la manga. No miró las profundidades, ni la lejana tierra que despuntaba sobre los horizontes septentrional y meridional. Miró hacia el este. Hacia las tormentas.
—Hay un mundo entero, Shallan, del cual nuestras mentes solo rozan la superficie. Un mundo de profundo, profundísimo pensamiento. Un mundo creado por profundos, profundísimos pensamientos. Cuando ves Shadesmar, entras en esas profundidades. Es un lugar extraño para nosotros en ciertos aspectos, pero al mismo tiempo nosotros lo formamos. Con alguna ayuda.
—¿Qué hicimos?
—¿Qué son los spren? —preguntó Jasnah.
La pregunta pilló a Shallan desprevenida, pero a estas alturas ya estaba acostumbrada a los desafíos de Jasnah. Se tomó su tiempo para pensar y consideró su respuesta.
—Nadie sabe lo que son los spren —dijo—, aunque muchos filósofos tienen opiniones diferentes sobre…
—No —dijo Jasnah—. ¿Qué son?
—Yo… —Shallan miró a un par de vientospren que giraban en el aire. Parecían diminutos lazos de luz que brillaban suavemente, danzando el uno alrededor del otro—. Son ideas vivientes.
Jasnah se volvió hacia ella.
—¿Qué? —dijo Shallan, con un sobresalto—. ¿Me equivoco?
—No —respondió Jasnah—. Tienes razón. —La mujer entornó los ojos—. Según mis deducciones, los spren son elementos del Reino Cognitivo que se han filtrado al mundo físico. Son conceptos que han adquirido un fragmento de conciencia, quizá debido a la intervención humana.
»Piensa en un hombre que se enfada a menudo. Piensa en cómo sus amigos y familiares podrían empezar a referirse a esa ira como a una bestia, un ente que lo posee, algo externo a él. Los humanos tienden a personificar. Hablamos del viento como si tuviera voluntad propia.
»Los spren son esas ideas, las ideas de la experiencia colectiva humana, que de algún modo cobran vida. Shadesmar es donde eso sucede en primer lugar, y es su lugar. Aunque nosotros lo creamos, ellos le dan forma. Viven allí: gobiernan allí, dentro de sus propias ciudades.
—¿Ciudades?
—Sí —prosiguió Jasnah, contemplando el océano. Parecía preocupada—. Los spren son incontables en su diversidad. Algunos son tan listos como los humanos y crean ciudades. Otros son como peces y simplemente nadan en las corrientes.
Shallan asintió. Aunque en realidad no conseguía asimilar todo esto, no quería que Jasnah dejara de hablar. Ese era el tipo de conocimiento que Shallan necesitaba, lo que anhelaba.
—¿Tiene esto algo que ver con lo que descubriste? ¿Con los parshmenios? ¿Los Portadores del Vacío?
—Aún no he podido determinarlo. Los spren no son siempre abiertos. En algunos casos, no lo saben. En otros, no se fían de mí debido a nuestra antigua traición.
Shallan frunció el ceño y miró a su maestra.
—¿Traición?
—Así es como se refieren a algo que no quieren contarme. Por lo visto rompimos un juramento, y al hacerlo los ofendimos sobremanera. Es posible que alguno de ellos muriera, aunque no sé cómo puede morir un concepto. —Jasnah se volvió hacia Shallan con expresión solemne—. Me doy cuenta de que esto es abrumador. Tendrás que aprenderlo, todo, si has de ayudarme. ¿Sigues dispuesta?
—¿Tengo elección?
Una sonrisa asomó a las comisuras de los labios de Jasnah.
—Lo dudo. Eres capaz de moldear almas por tu cuenta, sin la ayuda de un fabrial. Eres como yo.
Shallan contempló las aguas. Como Jasnah. ¿Qué significaba? ¿Por qué…?
Se detuvo y parpadeó. Durante un momento, le pareció ver el mismo Patrón que antes, la que había creado rugosidades en su hoja de papel. Esta vez fue en el agua, formada de manera imposible sobre la superficie de una ola.
—Brillante… —dijo, reposando los dedos sobre el brazo de Jasnah—. Me ha parecido ver algo en el agua, ahora mismo. Un patrón de líneas definidas, como un laberinto.
—Muéstrame dónde.
—Fue en una de las olas, y la hemos pasado ya. Pero creo que la vi antes, en una de mis páginas. ¿Significa algo?
—Sin duda. He de admitir, Shallan, que la coincidencia de nuestro encuentro me resulta sorprendente. Sospechosamente sorprendente.
—¿Brillante?
—Estaban implicados —dijo Jasnah—. Te trajeron a mí. Y siguen observándote, según parece. De modo que no, Shallan, ya no tienes elección. Las antiguas costumbres regresan, y no lo veo como un signo de esperanza. Es un acto de autoconservación. Los spren sienten un peligro inminente, y por eso regresan a nosotros. Ahora debemos devolver nuestra atención a las Llanuras Quebradas y las reliquias de Urithiru. Pasará mucho tiempo antes de que regreses a tu tierra.
Shallan asintió sin decir palabra.
—Esto te preocupa —dijo Jasnah.
—Sí, brillante. Mi familia…
Shallan se sentía como una traidora por haber abandonado a sus hermanos, que dependían de ella para su bienestar económico. Les había escrito dándoles explicaciones, sin muchos detalles, por haber devuelto el moldeador de almas robado y porque se le pedía que ayudara a Jasnah con su trabajo.
La respuesta de Balat había sido positiva, a su modo. Dijo que se alegraba de que al menos uno de ellos hubiera escapado al destino que caía sobre la casa. Pensaba que los demás (sus tres hermanos y la prometida de Balat) estaban condenados.
Tal vez tuviera razón. Las deudas de su padre no solo los aplastarían: también estaba la cuestión del moldeador de almas roto. El grupo que se la había dado a su padre la quería de vuelta.
Por desgracia, Shallan estaba convencida de que la misión de Jasnah era de vital importancia. Los Portadores del Vacío regresarían pronto; de hecho, no eran ninguna amenaza lejana de alguna historia.
Los amables y silenciosos parshmenios que trabajaban como sirvientes y esclavos perfectos eran en realidad destructores.
Impedir la catástrofe del regreso de los Portadores del Vacío era un deber aún mayor que proteger a sus hermanos. Todavía resultaba doloroso admitirlo.
Jasnah la estudió.
—Respecto a tu familia, Shallan, he emprendido algunas medidas.
—¿Medidas? —dijo Shallan, cogiendo a la otra mujer del brazo—. ¿Has ayudado a mis hermanos?
—En cierto modo —dijo Jasnah—. Sospecho que el dinero no resolverá este problema, aunque he dispuesto que envíen un pequeño regalo. Por lo que has dicho, los problemas de tu familia derivan de dos asuntos. Primero, los Sangre Espectral desean recuperar su moldeador de almas, que has roto. Segundo, tu casa carece de aliados y tiene grandes deudas.
Jasnah sacó una hoja de papel.
—Esto es de una conversación que tuve con mi madre esta mañana por medio de vinculacañas.
Shallan la siguió con la mirada, tomando nota mental de las explicaciones de Jasnah sobre el moldeador de almas roto y su petición de ayuda.
«Esto sucede más a menudo de lo que parece —había respondido Navani—. El fallo probablemente tiene que ver con el alineamiento del engarce de las gemas. Tráeme el artilugio y veremos.»
—Mi madre es una reputada artifabriana —dijo Jasnah—. Sospecho que puede hacer que tu moldeador de almas vuelva a funcionar. Una vez reparada se la enviaremos a tus hermanos para que la devuelvan a sus propietarios.
—¿Me permitirías hacer eso? —preguntó Shallan.
Durante los días de navegación, la joven había sonsacado con cautela más información sobre la secta, esperando comprender a su padre y sus motivos. Jasnah decía saber muy poco al respecto, aparte del hecho de que querían su investigación, y estaban dispuestos a matar por ella.
—Preferiría que no tuvieran acceso a un artilugio tan valioso —dijo Jasnah—. Pero ahora mismo no tengo tiempo para proteger directamente a tu familia. Esta es la mejor solución, suponiendo que tus hermanos puedan dilatarla un poco más. Que digan la verdad, si es preciso: que tú, sabiendo que yo soy una erudita, acudiste a mí y me pediste que arreglara el moldeador de almas. Tal vez eso los contente por ahora.
—Gracias, brillante. —Tormentas. Si se lo hubiera pedido a Jasnah en primer lugar, después de ser aceptada como pupila suya, ¿no habría sido mucho más fácil? Shallan miró el papel, advirtiendo que la conversación continuaba.
«Respecto al otro asunto —había escrito Navani—, me complace esta sugerencia. Creo que podré persuadir al muchacho para que al menos lo considere, ya que su relación más reciente terminó bruscamente, como suele ser común en él, a principios de esta semana.»
—¿A qué se refiere esa segunda parte? —preguntó Shallan, alzando la cabeza.
—Por más que sacies a los Sangre Espectral, eso no salvará tu casa —respondió Jasnah—. Vuestras deudas son demasiado grandes, sobre todo teniendo en cuenta los actos de tu padre, que han molestado a tanta gente. Por tanto, he dispuesto una poderosa alianza para tu casa.
—¿Alianza? ¿Cómo?
Jasnah inspiró profundamente. Parecía reacia a dar explicaciones.
—He dado los primeros pasos para que te prometas a uno de mis primos, hijo de mi tío Dalinar Kholin. El muchacho se llama Adolin. Es guapo y conocido, con un buen discurso.
—¿Prometida? —dijo Shallan—. ¿Has prometido mi mano?
—He iniciado el proceso —admitió Jasnah con cierta ansiedad, algo poco característico en ella—. Aunque en ocasiones es irreflexivo, Adolin tiene buen corazón, tan bueno como el de su padre, que tal vez sea el mejor hombre que he conocido jamás. Está considerado el soltero más apetecible de Alezkar, y mi madre hace tiempo que desea verlo casado.
—Prometida —repitió Shallan.
—Sí. ¿Te molesta?
—¡Es maravilloso! —exclamó Shallan, agarrando con más fuerza el brazo de Jasnah—. Tan fácil… Si estoy casada con alguien tan poderoso… ¡Tormentas! Nadie se atrevería a tocarnos en Jah Keved. Eso resolvería muchos de nuestros problemas. ¡Brillante, eres un genio!
Jasnah se relajó visiblemente.
—Sí, bueno, parecía una solución factible. Sin embargo, temía que te sintieras ofendida.
—¿Por qué, en nombre de los vientos, habría de ofenderme?
—Por las restricciones a la libertad que lleva implícito el matrimonio —respondió Jasnah—. Y si no por eso, porque el ofrecimiento se hizo sin consultarte. Tuve que ver primero si la posibilidad estaba abierta. La situación ha avanzado más de lo que esperaba, ya que mi madre ha aceptado la idea. Navani tiene… cierta tendencia a ser abrumadora.
Shallan no era capaz de imaginar que nadie pudiera abrumar a Jasnah.
—¡Padre Tormenta! ¿Te preocupaba que pudiera sentirme ofendida? Brillante, me he pasado toda la vida encerrada en la mansión de mi padre; crecí dando por hecho que él me elegiría marido.
—Pero ahora estás libre de tu padre.
—Sí, y por eso fui tan perfectamente juiciosa cuando intenté encontrar relaciones por mi cuenta —adujo Shallan—. El primer hombre que elegí era no solo un fervoroso, sino también un asesino en secreto.
—¿No te molesta, entonces? —insistió Jasnah—. ¿Aceptas la idea de estar comprometida con otra persona, sobre todo un hombre?
—No es que me vendan como esclava —replicó Shallan en tono burlón.
—No, supongo que no. —Jasnah se estremeció y recuperó la compostura—. Bueno, le haré saber a Navani que estás de acuerdo con el compromiso y hoy mismo concertaremos un informal.
Un informal era un compromiso condicional, en terminología vorin. En todos los sentidos, Shallan estaría prometida, pero no tendría ningún apoyo legal hasta que los fervorosos firmaran y verificaran un compromiso oficial.
—El padre del pretendiente ha dicho que no obligará a Adolin a nada —explicó Jasnah—, aunque el muchacho está soltero nuevamente y ha conseguido ofender a otra joven dama. De todas formas, Dalinar querrá que os conozcáis antes de que se acuerde nada más vinculante. Ha habido… cambios en el clima político de las Llanuras Quebradas. El ejército de mi tío ha sufrido grandes pérdidas. Otro motivo para apresurarnos en llegar a las Llanuras.
—Adolin Kholin —dijo Shallan, escuchándola solo a medias—. Duelista. Un duelista fantástico, además. Y portador de esquirlada.
—Ah, así que prestaste atención a tus lecturas sobre mi padre y mi familia.
—Desde luego… pero ya conocía a tu familia de antes. ¡Los alezi son el centro de la sociedad! Incluso las muchachas de las casas rurales conocen los nombres de los príncipes alezi. —Y mentiría si negara sus sueños juveniles de conocer a uno—. Pero, brillante, ¿estás segura de que este compromiso será conveniente? Quiero decir que no soy precisamente importante.
—En realidad, sí. La hija de otro alto príncipe habría sido preferible para Adolin. Sin embargo, parece que ha conseguido ofender a todas y cada una de las mujeres casaderas de ese rango. Digamos que el muchacho es excesivamente entusiasta en sus relaciones. Nada que no puedas controlar, estoy segura.
—Padre Tormenta —dijo Shallan, sintiendo que le temblaban las piernas—. ¡Es el heredero de un principado! ¡Está en la línea sucesoria al trono de Alezkar!
—El tercero en la línea de sucesión —asintió Jasnah—, después del hijo de mi hermano y de Dalinar, mi tío.
—Brillante, tengo que preguntarlo. ¿Por qué Adolin? ¿Por qué no el hijo más joven? Yo… no tengo nada que ofrecer a Adolin, ni a la casa.
—Al contrario —respondió Jasnah—. Si eres lo que pienso que eres, entonces podrás ofrecerle algo que nadie más está en disposición de proporcionarle. Algo más importante que las riquezas.
—¿Qué piensas que soy? —susurró Shallan, mirando a los ojos a la otra mujer, haciendo por fin la pregunta que nunca se había atrevido a formular.
—Ahora mismo, no eres más que una promesa —dijo Jasnah—. Una crisálida con potencial de grandeza. Cuando antaño los humanos y los spren se unían, los resultados eran mujeres que bailaban en los cielos y hombres capaces de destruir las piedras con un simple toque.
—Los Radiantes Perdidos. Traidores de la humanidad. —Shallan no podía asimilarlo todo. El compromiso, Shadesmar y los spren, y finalmente su misterioso destino. Lo sabía. Pero hablar de ello…
Se sentó, sin importarle que su vestido se mojara en cubierta, apoyando la espalda contra la amura. Jasnah le permitió recuperar la compostura, sorprendentemente, sentándose también ella. Lo hizo con mucho más estilo, recogiendo el vestido bajo las piernas mientras se sentaba de lado. Las dos atrajeron las miradas de los marineros.
—Van a devorarme a trocitos —dijo Shallan—. La corte alezi. Es la más feroz del mundo.
Jasnah bufó.
—Es más ráfaga que tormenta, Shallan. Yo te enseñaré todo lo necesario.
—Nunca seré como tú, brillante. Tú tienes poder, autoridad, riquezas. Mira cómo responden los marineros ante ti.
—¿Y estoy usando ese poder, esa autoridad o esas riquezas ahora mismo?
—Pagaste este viaje.
—¿No pagaste tú varios viajes en este barco? —preguntó Jasnah—. ¿No te trataron a ti igual que me tratan a mí?
—Claro que no. Me aprecian, pero no tengo tu peso, Jasnah.
—Prefiero pensar que eso no tiene nada que ver con mi figura —dijo Jasnah con un atisbo de sonrisa—. Entiendo tu argumento, Shallan. Sin embargo, es erróneo.
Shallan se volvió hacia ella. Jasnah estaba sentada en la cubierta del barco como si fuera un trono, con la espalda recta, la cabeza alta, imponente. Shallan lo hacía con las piernas apoyadas contra el pecho y los brazos bajo las rodillas. Incluso su actitud en algo tan básico como sentarse era distinta. No se parecía en nada a esta mujer.
—Hay un secreto que debes aprender, niña —dijo Jasnah—. Un secreto más importante aún que los relacionados con Shadesmar y los spren. El poder es una ilusión de la percepción.
Shallan frunció el ceño.
—No me malinterpretes —continuó Jasnah—. Algunos tipos de poder son reales: el poder para dirigir ejércitos, el poder de moldear almas. Pero intervienen con mucha menos frecuencia de lo que cabría suponer. De forma individual, en la mayoría de las relaciones, eso que llamamos poder, o autoridad, existe solo según se percibe.
»Dices que tengo riquezas. Es cierto, pero también has visto que no suelo utilizarlas. Dices que tengo autoridad como hermana de un rey. Tienes razón. Sin embargo, los hombres de este barco me tratarían exactamente igual si fuera una mendiga que los hubiera convencido de ser la hermana de un rey. En ese caso, mi autoridad no sería real. Son meros vapores: una ilusión. Puedo crear para ellos esa ilusión, igual que tú.
—No me lo creo, brillante.
—Lo sé. Si lo creyeras, lo estarías haciendo ya. —Jasnah se levantó y se sacudió la falda—. Si vuelves a ver ese patrón, la que apareció sobre las olas, ¿me lo dirás?
—Sí, brillante —respondió Shallan, distraída.
—Entonces dedica el resto del día a tu arte. Tengo que pensar cómo enseñarte mejor Shadesmar.
La mujer se retiró, devolviendo con un leve gesto de la cabeza las reverencias de los marineros mientras pasaba ante ellos y se dirigía al interior del barco.
Shallanse levantó, luego dio media vuelta y se agarró a la borda, con una mano a cada lado del bauprés. El océano se extendía ante ella, olas ondulantes, un aroma a fría frescura. El rítmico golpeteo mientras el velero surcaba las olas.
Las palabras de Jasnah batallaban en su mente, como anguilas celestiales con una sola rata entre ellas. ¿Spren que tenían ciudades? ¿Shadesmar, un reino que estaba allí, pero era invisible? ¿Shallan, prometida de pronto con el soltero más importante del mundo?
Dejó la proa y recorrió el barco, apoyando la mano libre en la amura. ¿Cómo la consideraban los marineros? Sonreían y la saludaban. La apreciaban. Yalb, que colgaba perezoso de los cordajes, la llamó para decirle que en el siguiente puerto había una estatua que tenía que ver.
—Es un pie gigante, joven señora. ¡Solo un pie! Nunca terminaron la maldita estatua…
Ella le sonrió y continuó. ¿Quería que la vieran como a Jasnah? ¿Siempre temerosos, siempre preocupados de que pudieran hacer algo mal? ¿Eso era el poder?
«Cuando partí por primera vez de Vedenar —pensó, mientras llegaba al lugar donde estaba atada la caja que le servía de asiento—, el capitán no dejaba de insistir en que volviera a casa. Para él mi misión era una estupidez.»
Tozbek siempre había actuado como si le estuviera haciendo un favor al aceptarla junto a Jasnah. ¿Tendría que haber pasado todo ese tiempo sintiendo que se había impuesto al capitán y su tripulación al contratarlos? Sí, le había ofrecido un descuento por sus negocios con su padre en el pasado…, pero en cualquier caso ella fue quien lo contrató.
La forma en que la trataba era probablemente cosa de los mercaderes thayleños. Si un capitán conseguía convencer a su cliente de que estaba al mando, este pagaba mejor. Le caía bien aquel hombre, pero su relación dejaba mucho que desear. Jasnah nunca habría tolerado que la trataran de esa forma.
El santhid seguía nadando al lado del barco. Era como una diminuta isla en movimiento, la espalda cubierta de algas, pequeños cristales sobresaliendo del caparazón.
Shallan se dio media vuelta y se encaminó hacia la popa, donde el capitán Tozbek hablaba con uno de sus hombres, señalando un mapa cubierto de glifos. La saludó con la cabeza mientras se acercaba.
—Solo una advertencia, joven señora —dijo—. Los puertos en los que recalemos pronto serán menos cómodos. Dejaremos los estrechos de Ceño Largo, rodearemos el borde oriental del continente y nos dirigiremos a Nueva Natanan. No hay nada que merezca la pena hasta las Criptas Huecas… y tampoco allí hay mucho que ver. Yo no enviaría ni a mi propio hermano allí sin escolta, y eso que ha matado a diecisiete hombres con sus manos desnudas.
—Comprendo, capitán —dijo Shallan—. Y gracias. He reconsiderado mi decisión. Necesito que detengas el barco y me permitas inspeccionar el espécimen que nada junto al casco.
El capitán suspiró, extendió la mano y se pasó los dedos por una de sus tiesas cejas puntiagudas, igual que otros hombres podían jugar con sus bigotes.
—Brillante, eso no es aconsejable. ¡Padre Tormenta! Si te cayeras al océano…
—Entonces me mojaría —replicó Shallan—. Es un estado que ya he experimentado alguna que otra vez en mi vida.
—No, no puedo permitirlo. Como te dije, te llevaremos a ver algunos caparazones…
—¿No puedes permitirlo? —lo atajó Shallan. Lo miró con lo que deseó que fuera una expresión de asombro, con la esperanza de que no advirtiera la fuerza con que cerraba los puños a los costados. Tormentas, con lo que odiaba ella las confrontaciones—. No sabía que hubiera hecho una petición que tú pudieras o no aceptar, capitán. Detén el barco. Bájame. Esas son las órdenes.
Trató de decirlo con la decisión que habría mostrado Jasnah, quien era capaz de hacer que pareciera más fácil resistirse a una alta tormenta desatada que mostrarse en desacuerdo con ella.
Tozbek movió la boca un momento, sin lograr emitir ningún sonido, como si su cuerpo intentara continuar su anterior objeción pero su mente fuera con retraso.
—Es mi barco… —murmuró por fin.
—A tu barco no le sucederá nada malo —replicó Shallan—. No nos demoremos, capitán. No quisiera retrasar nuestra arribada a puerto esta noche.
Lo dejó y volvió a su asiento, con el corazón latiéndole desbocado y las manos temblorosas. Se sentó en su caja, en parte para calmarse.
Tozbek, con aspecto de estar profundamente molesto, empezó a dar órdenes. Arriaron las velas, el barco frenó su rumbo. Shallan resopló, sintiéndose como una idiota.
Y, sin embargo, lo que Jasnah le había dicho era cierto. La actitud de Shallan creaba algo en los ojos de Tozbek. ¿Una ilusión? ¿Como los mismos spren, tal vez? ¿Fragmentos de expectativas humanas que cobraban vida?
El santhid aminoró la marcha siguiendo el ritmo de la nave. Shallan se levantó, nerviosa, mientras los marineros se acercaban con un cabo. De mala gana, ataron un lazo en el suelo para que ella pudiera meter el pie, antes de explicarle que debía agarrarse con fuerza a la cuerda mientras la bajaban. Ataron un segundo cabo, más pequeño, en torno a su cintura: el medio por el que podrían izarla, mojada y humillada, de vuelta a la cubierta. E, inevitablemente, a sus miradas.
Se quitó los zapatos, luego subió a la amura tal como le habían indicado. ¿Hacía tanto viento antes? Sintió un momento de vértigo, allí en precario equilibrio sobre el diminuto borde, con los pies apenas cubiertos con unos calcetines y el vestido agitándose con el dichoso viento. Un vientospren se le acercó y adoptó la forma de una cara con nubes detrás. Tormentas, ojalá que aquella criatura no interfiriera. ¿Era la imaginación humana la que daba al vientospren aquella sonrisita maliciosa?
Los marineros situaron el lazo ante sus pies y ella se introdujo en él con temor. A continuación Yalb le entregó la máscara de la que le había hablado.
Jasnah salió de la sentina, mirando a su alrededor, confusa. Vio a Shallan de pie en el costado del barco y enarcó una ceja.
Shallan se encogió de hombros y luego indicó a los hombres que la bajaran.
Se negó a permitir sentirse como una tonta mientras descendía poco a poco hacia las aguas y hacia la extraña criatura que flotaba en las olas. Los hombres la detuvieron a un par de palmos de la superficie y ella se puso la máscara, sujeta por correas, que cubrían casi toda su cara, incluyendo la nariz.
—¡Más abajo! —les gritó.
Le pareció sentir su reticencia en la lentitud con que la cuerda fue descendiendo. Su pie tocó el agua y un frío terrible le subió por la pierna. ¡Padre Tormenta! Sin embargo, no pidió que se detuvieran. Permitió que la fueran bajando más y más hasta que sus piernas quedaron sumergidas en el agua helada. Su falda se hinchó de la forma más molesta, y tuvo que pisar el extremo, dentro del lazo, para impedir que se alzara sobre su cintura y se quedara flotando en la superficie del agua mientras se sumergía.
Se debatió con la tela durante un instante, aliviada por el hecho de que los hombres del barco no pudieran verla ruborizarse. Sin embargo, cuando se mojó del todo, fue más fácil manejar el vestido. Finalmente pudo encogerse, todavía agarrada férreamente a la cuerda, y hundirse en el agua hasta la cintura.
Luego zambulló la cabeza bajo las olas.
Desde la superficie, la luz se filtraba en columnas titilantes y radiantes. Las aguas estaban pobladas de vida furiosa, sorprendente. Peces diminutos zigzagueaban de un lado a otro, picoteando en la parte inferior del caparazón que cubría a una criatura majestuosa. Retorcida como un árbol viejo, con la piel arrugada y plegada, la auténtica forma del santhid era la de una bestia con largos tentáculos azules, como los de una medusa, solo que mucho más gruesos. Los tentáculos desaparecían en las profundidades, siguiendo a la bestia de forma oblicua.
El animal en sí era una retorcida masa azul grisácea cubierta por el caparazón. Sus pliegues de aspecto antediluviano rodeaban un gran ojo en el costado: era de suponer que habría otro en el otro lado. Parecía lenta, aunque majestuosa, con poderosas aletas que se movían como remos. Un grupo de extraños spren en forma de flecha se movía por las aguas alrededor de la bestia.
Bancos de peces rodeaban a la increíble criatura. Aunque las profundidades parecían vacías, la zona que rodeaba al santhid rebosaba de vida, igual que bajo el barco. Peces diminutos picoteaban el casco moviéndose entre el santhid y el navío, a veces solos, a veces en oleadas. ¿Sería por eso por lo que la criatura nadaba cerca de los barcos? ¿Tendría algo que ver con los peces, y su relación con él?
Contempló la criatura, cuyo ojo, grande como la cabeza de Shallan, se volvió hacia ella, concentrándose en su persona, mirándola. En ese momento Shallan dejó de sentir el frío. Dejó de sentir vergüenza. Estaba contemplando un mundo que, por lo que sabía, ninguna erudita había visitado jamás.
Parpadeó para captar una imagen de la criatura, reteniéndola para luego poder dibujarla.

© Dragonsteel Entertainment, LLC, 2014
© Ediciones B, S.A., 2015
Traducción: Rafael Marín Trechera

Ridley Scott to Bring Andy Weir’s ‘The Martian’ to Life in 2015

A movie adaptation of the science fiction thriller “The Martian” written by Andy Weir is set to hit the silver screen next year.

Director Ridley Scott and actor Matt Damon have reportedly signed on to the project, according to press reports. “The Martian” is scheduled for release on Nov. 25, 2015.

Weir’s “The Martian” (Crown Publishers, 2014) follows the story of astronaut Mark Watney, one of the first people on Mars. He is left behind by his crewmates after a dust storm tears through the area. His fellow astronauts assume he was killed during the tempest, and Watney has to find a way to survive being stranded on the Red Planet. [Read the first chapter of “The Martian” on Space.com]

“Drawing on his ingenuity, his engineering skills — and a relentless, dogged refusal to quit — he steadfastly confronts one seemingly insurmountable obstacle after the next,” an Amazon.com description of “The Martian’s” plot reads. “Will his resourcefulness be enough to overcome the impossible odds against him?”

“The Martian” is now available in stores. You can also buy “The Martian” online.

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