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Shadows of self y lo que vendrá el próximo año.

Este pasado octubre era un mes señalado para los que seguimos a Brandon Sanderson ya que se “cerraba” el año de publicaciones del autor. Superar las publicaciones de 2014 parecía algo complicado, el año pasado no sólo vio a la luz Words of Radiance sino también magníficos relatos como la segunda parte de Legion o Sixth of the Dusk. Pero 2015 no ha sido un año malo ni mucho menos, todo lo contrario.

Lo primero que llegó a las librerías fue Firefight la continuación de la saga ‘Reckoners’ iniciada con Steelheart. Después Sanderson nos sorprendió con un relato nuevo titulado ‘Perfect Stat’e que distribuyó en formato digital suelto y en un recopilatorio con otro relato Cosmere ya publicado en la antología Dangerous Women de George R.R. Martin Y Gardner Dozois (2013), titulado Shadows for Silence in the Forest of Hell. Pero la obra protagonista de este año sin duda alguna ha sido Shadows of Self.

Creo que no hace falta presentación para Shadows of Self. La continuación de las aventuras de los nacidobles Wax y Wayne ha despertado pasiones desde que se anunció que aquella novela cortita, más entretenimiento para el autor que otra cosa, Aleación de ley tendría continuación. El final de lo primero que vimos sobre Scadrial después del último libro de la primera trilogía de Nacidos en la Bruma era abrupto e inconcluso, y a muchos les dejó un sabor de boca agridulce. Por suerte en su momento Sanderson ya advirtió que Aleación de ley tendría continuación. La sorpresa gigantesca que nos llevamos a mediados de este año fue cuando el autor no sólo anunció dicha continuación sino que la presentó como el inicio de una nueva trilogía, en la que el segundo libro estaba escrito y listo para pasar a revisión.

Shadows of Self es todo lo que queríamos y más. Partiendo de que no es una continuación propiamente dicha y presenta una situación que será el eje central de las siguientes novelas, me atrevo a decir que repercutirá bastante en el devenir del mundo de Nacidos de la Bruma, retoma perfectamente lo que se explicó en AoL dejando a esta primera parte como una secuela de la trilogía.

Esta nueva aventura de Wax y Wayne (y de la encantadora Marasi) es abrumadora en muchos sentidos. Por un lado por como maneja la acción. Esta se presenta rápidamente con muchas escenas de persecución que hace que el libro se devore en un santiamén. Esto no le quita páginas para el desarrollo de personajes, que es mucho más claro que en Aleación de ley, sino que ayuda a configurar una mejor imagen de ellos. Conocer un poco más a Steris o a Wayne es una de las mejores cosas que tiene el libro. También mención a un antagonista que da realmente miedo por lo que puede hacer.


La otra parte interesante, y yo diría que hasta “breathtaking” es la parte del Cosmere. No os miento si os digo que no esperaba mucha información respecto al tema, que equivocada estaba.

Por si fueran pocas las sorpresas que trae Shadows of self, la publicación de incógnito de la reedición del décimo aniversario de Elantris es la mayor de todas ellas, pero de esto ya hablaremos en otra ocasión.

El cierre del año ha sido magnífico y nos deja con muchas expectativas para este año que entra, expectativas que serán cumplidas debido a la cantidad de obra que veremos publicadas. Ya no solo tendremos esta segunda entrega de lo nuevo de Nacidos de la bruma, Bands of Mourning,  si no que veremos el desenlace de la trilogía Reckoner con  Calamity, la quinta y última entrega de la saga infantil Alcatraz (Alcatraz Versus the Dark Talent). Aparte de los títulos seguros se barajan otras publicaciones como un pequeño relato sobre uno de los personajes de El Archivo de las tormentas, y posiblemente la esperada novela gráfica de White Sand (novela Cosmere no publicada). ¿Y El Archivo de las tormentas 3? Pues es posible que nos toque esperar hasta principios de 2017…

2016 va ser un año Cosmere importante, aquí en España nos tocará esperar un poco para ver todas esas obras publicadas, pero no os preocupéis que disfrute también tendremos.

Bienvenidos a bordo

[Entrada en el diario espacial del capitán – 341.2314.20]

Abrochaos los arneses de seguridad, calzaos las botas de gravedad, no os olvidéis de los guantes hápticos. Los motores están listos para entrar en modo interestelar. La energía de los escudos cargada al máximo. Los mapas de ruta actualizados en el software de la nave. Subid a bordo de la nave Nova. Acompañadnos en este viaje de exploración de la ciencia ficción. Bienvenidos a bordo de Nova.

La nave Nova es un espacio donde podréis encontrar todos los contenidos de la colección Nova de ciencia ficción almacenados en la bodega, pero además será un espacio de intercambio cultural (friki siempre, por supuesto) sobre el género fantástico. Nuestra nave es ahora vuestra nave, repleta de compartimentos para explorar. Pero en el espacio no sólo hay ciencia ficción firmada por Orson Scott Card o Ernest Cline. La magia tiene un espacio especial en Nova y en la escotilla de entrada se puede leer en letras de neón ‘Brandon Sanderson’. Varios estudiosos tienen sus camerinos allí dentro y dedican su tiempo a estudiar las Leyes de la Magia de su universo. Cientos y cientos de compartimentos más esperan vuestra visita, vuestras aportaciones.

Nuestro principal objetivo al invitaros a subir a Nova es el de compartir nuestra nave con vosotros. Que sea un espacio de intercambio pero también de información. Novedades, exclusivas, fragmentos de nuevas obras, así como noticias y artículos. Todo lo que queréis saber sobre la nave, está a vuestra disposición. Sólo tenéis que teclear el comando correcto en la consola central de Nova.

Por ello todos los que queráis participar con vuestro granito de arena digital podéis contactar con nosotros. Ya sea para aportar ideas, o algún artículo o noticias que queráis subir a bordo de la Nova. Todo será bienvenido para enriquecer los contenidos de la nave. Acompañadnos por este viaje intergaláctico, visitaremos nebulosas más allá de la Puerta de Tanhauser, asistiremos a batallas navales cuyos cañones láser iluminarán el vasto vacío del cosmos, visitaremos planetas cuyos habitantes etéreos nos mostrarán pedazos de cultura que jamás olvidaremos. No dejéis que todos estos momentos se pierdan como lágrimas en la lluvia, hay sitio de sobra para todos. Bienvenidos a bordo de Nova.

El Librero del Mal y Nova

No sé como he llegado aquí, la verdad. Supongo que no podía negarme a escribir unas líneas para el estreno de la nueva página web de Nova CF y, como librero especializado en el género que editan y prescriptor de sus libros, estaría mal que les negase invertir un par de horas en explicaros mi experiencia con él. No os contaré todas las novelas que he leído de este sello de Ediciones B. Tampoco os explicaré que, cuando llegaba una novedad de esta editorial, lo primero que hacía era leer el prólogo de Miquel Barceló.

Al inaugurar el nuevo emplazamiento “bautizamos” las estanterías con nombres de gente de referencia del género en nuestro país, la estantería de Ediciones B tuvo que llamarse Barcelópolis. No, lo que voy a hacer es hablar del pasado reciente, del presente y del futuro cercano de Nova CF.

Cuando salió a la venta Elantris, en enero de 2006, no me lancé de cabeza a él. Me lo vendieron muy bien, el prólogo eran todo halagos y alabanzas, pero no me creía lo de que era un renovador de la fantasía. Parte de la culpa es de mi animadversión por su “padrino”, el también mormón Orson Scott Card. Nunca me han gustado sus novelas, ni tan siquiera sus relatos… Cuan equivocado estaba y que poco se parecía el “ahijado”. Suerte que sólo tardé dos años en darle una oportunidad. Cuando anunciaron la salida de El imperio final, allá por enero de 2008, leí la sinopsis y me decidí a meterme en Elantris para seguir con el primer volumen de Nacidos de la Bruma tal y como me llegase en marzo de ese año. Leí los dos casi seguidos y ya estaba enganchado al autor. Me pasó una cosa curiosa: No quise leer El Archivo de las Tormentas cuando salió en 2012. Una decalogía, por muy rápido que escriba Sanderson. El problema era que los clientes de la librería venían entusiasmados con El Camino de los Reyes, pero todos se quejaban de la traducción. Pese a que todo el mundo loaba el libro, “Erratas en cada página” es lo que decían en las reseñas de blogs que iba leyendo, siempre al final de las mismas. Tras las recomendaciones y amenazas pertinentes por parte de unos cuantos clientes y amigos, me decidí a leerlo, y como no me costaba nada pasar una corrección y enviar los fallos que encontrase a la sufrida editora, así lo hice. Empecé a hostigar a la buena gente del sello, molestándoles con mis emails, azotándoles con correcciones, ametrallando con peticiones e intentando reunirme con las ellas y poniéndolas en contacto con Marina Vidal y mi compañero de la librería Didac de Prades, los mayores expertos en Sanderson de España sin lugar a dudas para intentar conseguir unas ediciones dignas, acordes a la calidad de su prosa. Con la toma de las riendas a cargo de Marta Rossich (la actual editora del sello) y el trabajo desde las sombras de Ilu Vílchez (la Canciller Mayor del Reino) empezamos a ver frutos a años de trabajo: Las ediciones de lujo publicadas este verano pasado (de mejor calidad que la HC americana), el intento de enmendar errores de anteriores decisiones editoriales, cambios de portadas y formatos, correcciones de texto para adecuarlo al Cosmere, ese universo multiplanetario con el que Sanderson intenta hacernos explotar la cabeza y que en las traducciones anteriores se obviaba, llegando a mutilar párrafos completos con pistas, supongo que por parecer inconexos pero de una importancia capital para entender la “Mitología” que crea el autor. Aún no sé porque no pusieron una orden de alejamiento a mi persona, supongo que sufrirán alguna variante del Síndrome de Estocolmo, a mí ya me va bien… Ahora, bromas aparte, el anuncio de la traducción para enero 2016 de Firefight (Reckoners/2) con una sorpresa al final, y la publicación en USA de las nuevas novelas de Sanderson, Shadows of Self (Nacidos de la Bruma/5), Bands of Mourning (Nacidos de la Bruma/6) y Calamity (Reckoners/3) con fechas de salida de octubre 2015, enero 2016 y febrero 2016 respectivamente hará que tengamos madera para rato.

Se abre ante nosotros un esperanzador futuro y Nova Ciencia Ficción está volviendo a ser uno de los puntales del género con bestsellers como Ready Player One de Ernest Cline, con decenas de miles de ejemplares vendidos antes de que Spielberg anunciase la adaptación que se verá en 2017 en cines o El Marciano de Andy Weir, con la 9ª edición en menos de un año y la adaptación de Ridley Scott a la vuelta de la esquina, así como las reediciones de clásicos como Pórtico de Frederick Pohl en la colección Nova Bolsillo o la tetralogía de Los Cantos de Hyperion de Dan Simmons en edición de coleccionista con las portadas originales americanas, de las cuales SyFy Channel anunció hace pocos días que estaban preparando sendas series para su canal de TV. La puesta al día con el nº 150 de su colección, reservado desde hace más de 10 años para la Nueva Guía de Miquel Barceló, la publicación de Justicia Auxiliar de Ann Leckie que arrasó en 2014 con TODOS los premios del género mundial (Locus, Nebula, Hugo, BSFA, Arthur C. Clarke) y la contratación de los derechos para 2016 de Seveneves, y Armada entre otros no hace más que hacerme pensar en el resurgimiento de las cenizas de la decana editorial y ver que no es un Espejismo, un reloj roto que, como todos sabemos, dos veces al día da bien la hora.

La Ciencia Ficción, la Literatura Fantástica y el Terror están en un momento genial. Y lo celebro. Y vosotros deberíais celebrarlo también.

Que ustedes lo disfruten.

Dídac y Brandon Sanderson

No se puede decir que mi relación con la obra de Brandon Sanderson fuese amor a primera vista. La obra y yo nos conocimos tarde… y mal. Cuando empecé a trabajar en la Librería Gigamesh a mediados de agosto de 2008 el libro El Imperio Final llevaba ya unos meses en las estanterías y Elantris había desaparecido de la faz de la Tierra.


El Imperio Final estaba allí, en la colección de Nova Ciencia Ficción, esperándome, pero yo andaba perdido en los Siete Reinos, con dragones y caminantes blancos llenando mis horas de lectura. Siendo poco amigo de la “cifi”, no le presté mucha atención.


Mi compañero Antonio Torrubia (más conocido como “El Librero del Mal”™) había comprado el libro al poco de entrar yo a trabajar, me lo recomendaba una y otra vez, pero había un problema añadido a la colección en la que se encontraba el libro. ESA portada…

Tengo que agradecer a Antonio que, con su insistencia, consiguió convencerme de que debía darle una oportunidad a Brandon Sanderson a principios de 2009. Empecé a leer con escepticismo, casi con miedo (no me gusta dejar a medias un libro una vez he empezado, pero leer casi 1000 páginas de algo con esa portada del señor calvo chillando al cielo…), pero la obra de Sanderson me sorprendió.


Seamos sinceros. No es el mejor escritor del mundo. Su narrativa no es una poesía bien articulada que consigue hacerte saltar la lagrimilla como haría Kvothe en El Nombre del Viento en cierto momento con cierto laúd que va perdiendo cuerdas…


Lo que sí es Sanderson es un gran constructor de mundos. Creador de mitologías, religiones, personajes… Y magia.

“Dejó caer una moneda al vacío. Quemando acero empujó contra ella y se internó en las brumas. Estas lo escondían, le protegían, le daban poder…”

Ya está. Era suyo. Para siempre.

A partir de entonces devoré cada libro del autor que llegaba a la tienda. Antes de pisar la estantería yo miraba cuál era el ejemplar “más bonito” y lo separaba del resto pensando “tú eres mío”. Salía de la tienda leyendo, entraba en el metro leyendo, llegaba a casa y me quedaba terminando “un capítulo más” con las llaves en la mano… pero en esta bonita historia de amor (como en todas) se escondían sombras que amenazan mi relación con el autor.

Fantasma apareciendo de la nada. Sazed hablando con Sazed sobre Sazed. Gente de Elantris hablando con personajes que se encontraban fuera de la ciudad…
La ortografía nunca me ha molestado en un libro (todos somos humanos. El escritor, el traductor, el corrector… y en cualquier momento del proceso creativo alguien puede meter la pata), pero estos fallos me sacaban de la historia, me obligaban a pensar con quién estaría hablando realmente el personaje y sobre qué.


Llegó el punto en que el siguiente libro de Sanderson que compre (Warbreaker) fue en inglés. Y en un viaje conseguí terminarlo sin muchos problemas. La prosa de Sanderson es sencilla y su vocabulario no es muy complicado. Aún así pensé en las lagunas que me podrían haber quedado y decidí comprar El Aliento de los Dioses en cuanto salió en castellano para rellenar lo que pudiera haberme dejado. Nunca llegué a abrir ese libro. Apareció un retornado en la sinopsis (“Sondeluz”) y no quise saber nada de esa traducción.

Tengo que reconocer que me enfadé. Con el traductor y, sobretodo, con la editorial. Sanderson era un autor al que yo adoraba y sus traducciones al castellano estaban llenas de errores, cambios de nombre entre personajes, traducciones de nombres propios… No solo eso. Al tiempo de conocer el Cosmere, a Hoid, los Worldhoppers, etc… estaba comentando con un cliente de la librería el libro de El Camino de los Reyes cuando le hablé de “Cultivación” y me miró como si estuviese loco. Dió la casualidad que los dos estábamos en el mismo punto del libro (yo en mi relectura previa a Words of Radiance) y en su edición al castellano faltaba la parte central de un párrafo. No podía creerme que el traductor hubiese cometido un fallo así. De hecho había omitido el trozo del párrafo y había “apañado” lo que quedaba para que el texto tuviese sentido. ¿Lo había hecho a propósito? ¿Por qué Ediciones B le dejaba hacer estas cosas?

Cuando iba a salir Palabras Radiantes, El Librero del Mal obró su magia. Llegó a nuestras manos la traducción de la novela (llamado entonces “Mundos Radiantes”) para que hiciésemos una corrección “amateur” en busca de detalles del Cosmere que se pudieran haber perdido. El texto pasó por manos de Antonio Torrubia, Marina Vidal y, finalmente, me llegó a mi.


Era un desastre. La traducción original estaba llena de correcciones, palabras subrayadas, interrogantes, partes tachadas porque el traductor las había añadido sin más… Faltaban párrafos enteros, había problemas de nombres cambiados, malas traducciones, cosas que en el primer libro se llamaban de una forma ahora se llamaban de otra, términos que a mitad de la novela cambiaban o simplemente aparecían en el idioma original, cambios de estilo que modificaban el carácter de un personaje o una situación, personajes masculinos que pasaban a ser femeninos y viceversa. No podía leer más de un capítulo cada día sin terminar con dolor de cabeza.

Fue una experiencia horrible. Sabíamos que no daba tiempo a cambiarlo todo o retrasaríamos la fecha de publicación y, aún sabiendo que habíamos salvado todo lo posible de los puzles del Cosmere que había en la novela (¿Habéis conseguido descifrar el epígrafe del capítulo 84? Marina y yo invertimos unas buenas 3 horitas en prepararlo para vosotros), me quedé con el mal sabor de boca de haber fallado a todos los fans que esperaban con ansias la nueva novela de mi autor favorito.

Como decía… una experiencia horrible, pero a la vez asombrosa de trabajar con la obra de mi autor favorito. Una oportunidad que agradezco a las chicas de Nova haber tenido y a Antonio y Marina por haberla compartido conmigo.

Opciones

Sobre OPCIONES

Miquel Barceló (9 de julio de 2015)

Opciones es un relato que escribí en catalán para luego traducirlo al castellano. Tengo con este relato una buena relación, ya que nunca olvido que a mi padre le gustó y eso siempre ha sido importante para mí.

            Se publicó, en castellano, en 1998 en el número 7 de la colección Trazos de Bígaro Ediciones, en una Antología de Cuentos de Ciencia Ficción que preparamos Pedro Jorge y yo mismo. Entonces estaba abierto el debate de si en una antología el antologista podía o no publicar relatos propios, y tanto a Pedro como a mí nos pareció que sí. Por eso saqué el cuento de su olvido y lo publiqué (el de Pedro fue El día que hicimos la transición, escrito con Ricard de la Casa y que ya lleva un par de ediciones, incluso en inglés).

            Como suele ocurrir, Opciones no ha sido del todo comprendido. En una wiki (no sé si activa hoy) se comentaba esa antología y se despachaba el relato con un breve comentario que se iniciaba con: “Un relato un tanto juvenil y autocomplaciente, repleto de estereotipos antropológicos y rebozado en una melaza de problemas domésticos y buenas intenciones propia de una teleserie mormona-americana.”

            Gracias por lo de juvenil, aunque escribí el relato casi a mis cincuenta años… Y, por otra parte, entiendo que quien haya descubierto para la ciencia ficción y la fantasía publicadas en España autores mormones como Orson Scott Card o Brandon Sanderson, pueda ser etiquetado como mormón por alguien poco enterado. Aunque también he aportado a la ciencia ficción y fantasía publicadas en castellano obras de autores “nuevos” como Lois McMaster Bujold, Connie Willis, Nancy Kress, Dan Simmons, Neal Stephenson, Michael Flynn y tantos y tantos otros.

            Formado en el nacionalcatolicismo franquista de mi niñez, ninguno de sus componentes ideológicos (religión incluida) resistió el paso del tiempo ni el embate de la racionalidad. Soy, y a mucha honra, ateo y de izquierdas a pesar de lo que algunos hayan querido ver o pensar.

            Sí es cierto que Opciones trata de la familia y de las distintas opciones que pueden elegir los jóvenes respecto de las de sus adultos, pero contando siempre con el respeto de todos. He tenido la suerte de entenderme con mi padre en los días de mi adolescencia, de la misma manera que mi hijo también se ha entendido conmigo en ese complejo período de la vida. No es fácil, pero es, simplemente, cuestión de hacer intervenir la inteligencia, el cariño y el respeto. De eso trata Opciones.

            La idea central que motiva un relato como este se ha expresado muchas veces (y no precisamente en ámbitos mormones). Recuerdo ahora una canción italiana de Toto Cotugno, titulada Figli (Hijos), en la que se dice, literalmente, de un padre en relación con sus hijos: “l’aiuterai nel suo confuso cammino, ma non potrai cambiare il suo destino.” De eso quiere tratar Opciones, y del respeto que padres e hijos deben tener para con las opciones vitales de sus familiares. Es la única manera real de aprender a ser libres y de serlo realmente.

 

OPCIONES

Miquel Barceló

(25/02/1998)

            -Si no lo haces ahora mismo, será una noche perdida.

            La voz quería sonar dura, pero rezumaba preocupación y temor. Los tres jóvenes estaban agachados, casi estira­dos, escondidos simplemente gracias a la oscuridad y la distancia. Delante de ellos, el relativa­mente majestuoso Edificio de Ceremonias cubría la escasa luz que pro­ponía la luna.

            El guardián, demasiado perezoso para vigilar, dor­mitaba aburrido. Para él el trabajo era siempre igual, reiterativo y monótono. Una noche más para cumplir un ritual añejo que, casi con toda seguridad, era del todo inútil. Conocedor de su oficio, el guardián sencillamente esperaba que no ocurriera nada de particular durante su turno de vigilancia

            Uno de los jovenes, el que parecía dirigir la expe­dición, volvió a mirar al guardián, como si evaluara su capacidad de reacción. La faz indolente, iluminada por una débil antorcha, no era motivo de preocu­pación para los emboscados. No era ese el peligro.

            Después miró a sus compañeros, exigentes o, mejor, tan solo impa­cientes, siempre preocupados. Al fin y al cabo, ya le habían acom­pañado un par de veces. En el fu­turo serían ellos quienes deberían ac­tuar. Pero, por el momento, aún estaban verdes. Demasiado verdes. Lo­grar que le acompañaran esta tercera vez ya había representado un gran esfuerzo. Suerte que había otros. Si al menos no fallasen cuando lle­gara el momento de huir. El agua es­taría muy fría, pero seguía siendo el camino más seguro para escapar. Ventajas de vivir en una ciudad acuática.

            Con sumo cuidado, el joven que lideraba la expedi­ción metió la mano derecha en la bolsa. A tientas loca­lizó la forma casi esférica, como una irregular pelota pequeña. Aún parecía estar caliente, pero sabía que eso era imposible. La sangre había sido recogida muchas ho­ras antes. Pero el tacto, a pesar de la sutil membrana de sórgis, era cálido y más bien viscoso. Extrajo la forma esférica de la bolsa.

            De repente tomó la decisión.

            -Preparados.

            Los otros dos jóvenes retrocedieron un poco, listos para saltar al agua. La tensión llegaba a su punto más alto. Ahora ya solo pensa­ban en la huída. Era cierto. Se había demorado demasiado.

            -¡Ahora!

            Tomó impulso y, dejando que su brazo trazara un arco en la noche, lanzó con fuerza la pequeña esfera con­tra la puerta del Edifi­cio de Ceremonias.

            Todo ocurrió muy deprisa. El pop del proyectil al golpear y aplastarse contra la puerta. La sangre que em­pezaba a fluir perezosa entre los relieves ornamentales. Los tres chop casi simultáneos de los cuerpos que habían saltado al agua.

            La sorpresa del vigilante surgió sobre todo del chapoteo en el agua y no del casi imperceptible, y de he­cho simbólico, atentado con­tra la majestuosa puerta del Edificio de Ceremonias.

            Todo el incidente, como siempre, se redujo a nada.

            Los jóvenes, nadando en silencio y procurando no hacer ruido, se separaron. Cada uno volvía a su casa concentrado en que nadie le oyera llegar. A la mañana siguiente, como ocurriera las veces anteriores, ya habría tiempo para recordar la aventura. Y quizá se sintieran lo bastante valientes para pensar en otras ac­ciones.

            El guardián, acercándose primero al margen, constató, como tantas veces antes hicieran sus com­pañeros, que en el agua no quedan rastros. Después, tras escuchar el silencio de la noche y simular por un mo­mento que cumplía su deber escudriñando atentamente la negrura de las aguas, se dirigió hacia la puerta del Edificio de Ceremonias. Con la misma parsimonia de otras veces comprobó el verdadero alcance de la tra­vesura.

            Una viscosa mancha de un rojo negruzco ensuciaba la puerta y los sagrados relieves a la débil luz de la antorcha. Poca cosa. Lo ha­bitual.

            Todo el incidente, como siempre, se reducía a nada.

            Pero una nada más que suficiente para recibir una buena regañina del Regidor de Seguridad. Rek sabía que otras autoridades, incluso el mismo Regidor de Ceremo­nias, no daban ninguna importancia a esos pe­queños sabo­tajes que recientemente abundaban en Ciudad de Acuaria. En conjunto no parecían más que travesuras y tonterías de chiquillos. Pero el Regidor de Seguridad, su jefe, no compartía esa opinión.

            El oficio del Regidor de Seguridad era precisamente no dejar que ningún peligro llegara ni siquiera a desa­rrollarse. La bronca era se­gura. ¿Por qué le había tocado de nuevo a él? Mala suerte. Si esos ig­notos saboteadores hubieran aguardado a mañana, la bronca habría sido para otro. Sí. Muy mala suerte.

            Esta vez la entidad del atentado residía en el lugar elegido. ¿Profanación? Ni siquiera la sangre parecía tener especial relevancia. Al fin y al cabo olía mejor que el contenido de otros proyectiles de noches pasadas. Pero tal vez atentar contra el Edificio de Ceremo­nias suponía un significado especial. Cam no estaba seguro.

            -¿Y dices que ocurrió ya bien entrada la noche? -preguntó al vi­gilante con el tono de voz autoritario que había aprendido a emplear en su tarea como Regidor de Se­guridad.

            -Si, señor. La Primera Luna ya había pasado y solo quedaba la Luna Pequeña. No hace más de tres divisiones.

            -Poca luz, es cierto. Pero algo habrás visto.

            -No, señor. Todo ha ocurrido muy deprisa. He oído como alguien se lanzaba al agua, no sé, dos o tres per­sonas tal vez, y cuando he lle­gado a la baranda ya no se veía nada. Después he visto la sangre en la puerta.

            -¿Y no les has oído llegar?

            -No. Ha ocurrido como las otras veces. Ningún ruido hasta que se han echado al agua.

            -Bien. Lo entiendo. Gracias por avisarme tan pronto, Rek, -Cam siempre había creído que un buen Regidor de Se­guridad debía recordar los nombres de sus subordinados. En realidad, no era tan difícil. Y menos ahora: durante este mismo dozil, Rek, al igual que otros vigilantes noc­turnos, había sido testigo de un par de sabotajes.

            Los primeros rayos de luz de Niusan empezaban a iluminar el horizonte del este. La población de Ciudad de Acuaria todavía dormía. Solo unos pocos vigilantes, esparcidos por los muelles, general­mente a la entrada de los escasos edificios principales, combatían su abu­rrimiento a la espera del nuevo día que ya alboreaba.

            -Hay que limpiarlo ahora mismo, Rek. Y no se lo di­gas a nadie. A nadie. ¿Lo has entendido? -Cam sabía que acompañar las órdenes con un movimiento enérgico de la Vara de Seguridad, el símbolo de su cargo, era más que suficiente para que Rek se diera prisa.

            Aunque sabía por experiencia cuán inevitable era que el sabotaje llegara a ser conocido por todos. Ni poniendo en juego toda su autori­dad podría evitarlo. La naturaleza humana era como era y, aunque no había sido el primer sabotaje sufrido por Rek durante una de sus guardias, seguro que le faltaría tiempo para darse importancia na­rrándolo y, Cam lo sabía, exagerándolo de manera conve­niente.

            Cam, simplemente, mantenía la secreta esperanza de que los ru­mores no magnificaran el hecho en demasía. Sabía que, en sí mismo, este atentado era muy poca cosa, pero, al considerarlo en relación al creciente número de pequeños sabotajes, no podía dejar de preocuparle.

            Cam sabía que, para muchos en Ciudad de Acuaria, los pequeños ataques del último dozil eran solo una novedad curiosa y un tema poco preocupante de conversación. Pero percibía algo más peligroso en esa repetición de pe­queños sabotajes y estériles atentados. Alguien tenía un plan. Y, a juicio de Cam, el plan no era nada absurdo.

            Estaba seguro de que con acciones más violentas y decisivas, aunque hubieran sido muchas menos o incluso solo una, la preocupación general se habría disparado. Esto era distinto. Los sabotajes eran ridículos en sí mis­mos. Casi infan­tiles, pero molestos. Como una llovizna suave que, poco a poco, deja las calles mojadas y, al final, obliga a la gente a cami­nar con más cuidado por un pavimento resba­ladizo.

            Y lo más grave: esos pequeños atentados, en su metódica y ridícula repetición, podían manifestar un descontento hasta hoy desconocido en Ciudad de Acuaria.

            No todos pensaban como Cam. Incluso el Regidor de Ceremonias decía que no había por qué preocuparse, que los sabotajes eran obra de cuatro majaderos y que no repre­sentaban peligro alguno.

            Sin embargo, Cam sabía que, tras esos sabotajes aparente­mente inútiles, podía haber un diseño inteligente. Se daba cuenta de que, si alguien hubiera deseado crear una situación nueva y una cierta expectativa de cambio en Ciudad de Acuaria, pocas formas más fáciles y eficientes habría podido encontrar que esa larga docena de pequeños sabotajes que, pese a su consigna de silencio, ya corrían de boca en boca. Al fin y al cabo se trataba de un gran éxito por muy poco esfuerzo y obtenido muy rápidamente. Hacía menos de un dozil del primero de esos nimios sabo­tajes, y ya todos hablaban de ellos con evidente curiosi­dad.

            Para Cam, el verdadero problema era que, conociendo como conocía a su gente, no llegaba a imaginar quién, de toda Ciudad de Acuaria, podía mostrar tal capacidad es­tratégica. Tampoco sabía de ningún descontento serio que pudiera motivar esas acciones.

            Tal vez Mir, el Regidor de Ceremonias, estaba en lo cierto y todo se reducía al ridículo juego de unos ma­jaderos. Pero no saber con certeza el porqué ni el quién, hacía que se sintiera preocupado. Había sido Regidor de Seguridad de Ciudad de Acuaria durante las últimas veinte rota­ciones, y nada como esto había ocurrido. Ni siquiera los Libros mencionaban algo parecido. Ciudad de Acuaria siem­pre había sido una comunidad pacífica y tranquila, y su cargo de Regidor de Seguridad una perfecta inutilidad, con la única excepción de poner paz en tres o cuatro pe­queñas discusiones esporádicas que la vida cotidiana hacía inevitables entre convecinos.

            Así, pues, la clave en todo este asunto de los sabotajes era averiguar quién y, sobre todo, el porqué. Hasta que no lo descubriera, Cam no se sentiría tranquilo. Una tarea que su talante, tan propio de un buen Regidor de Seguridad, hacía del todo ineludible.

            Con el despertar del día, la pequeña comunidad de Ciudad de Acuaria resurgía lentamente de su descanso noc­turno. Las casas y las calles de leñacero comenzaban a mostrar indicios de vida activa. Los muelles, todavía húmedos con el rocío, veían el paso de los primeros cami­nantes, mientras las madres iniciaban el duro trabajo de despertar a los hijos y el ruido de las cocinas indicaba la preparación de los desayunos.

            El fresco aire matutino empezaba a transportar señales de todo tipo de olores de comidas, mientras Cam terminaba la rutinaria visita a los esca­sos puestos de guardia.

            Cam estaba seguro de que no encontraría señales de otros sabo­tajes. Por suerte, los “majaderos” del Regidor de Ceremo­nias, si se trataba real­mente de majaderos, eran pocos. Un sabotaje por noche era lo máximo que podían permi­tirse.

            Con los vigilantes, la repetida conversación era siempre la misma. Cambiaban los lugares y las personas, pero nunca las palabras. Casi un ritual devenido ya en tradición.

            -¿Nada nuevo por aquí?

            -No, señor. Todo tranquilo, señor.

            -Muy bien. Pronto llegará la hora y podrás des­cansar. Gracias por el trabajo hecho. Por el Regreso de la Nave.

            -Por el Regreso de la Nave, señor.

            El ritual se repetía día tras día en todos los puestos de vigi­lancia, que, en realidad, tampoco eran tan­tos. Cam creía necesario agradecer el trabajo hecho a los hombres y mujeres que perdían la noche en favor de la tranquilidad de sus convecinos. Era la pequeña novedad, el ligero toque personal que había introducido desde que era Regidor de Seguridad.

            En realidad, aislada por las aguas, Ciudad de Acuaria estaba más que protegida contra cualquier ataque. Tras una veintena de rotaciones en el cargo, Cam sabía que pocos peligros externos amenazaban Ciudad de Acuaria, y que la vigilancia nocturna era probablemente inútil. Pero, como hicieran otros Regidores de Seguridad antes que él, Cam no se atrevía a prescindir de la tradicional tarea de vi­gilancia.

            Aunque, además de innecesaria, parecía del todo inútil. Prácticamente había transcurrido un dozil y había sido incapaz de des­cubrir a los autores de una do­cena de pequeños sabotajes.

            Aunque el de esta noche tenía que ser la gota que hiciera rebosar el vaso. Era del todo imprescindible que hablara de este asunto de los sabotajes con la Regidora de Acciones y con el Regidor de Ceremonias. Con la mayor urgencia y seriedad. Pero sería después de desayunar, tras visitar los dos últimos puestos de guardia. Los olores que el aire transportaba habían despertado su apetito.

            Dar le esperaba. Le había visto marchar con Rek en medio de la noche, pero no estaba preocupada. Una docena de veces en el último dozil le habían enseñado que esos pequeños sabotajes nocturnos no eran peligrosos.

            -¿Novedades? -preguntó Dar, que trajinaba en la cocina.

            -No -respondió Cam, mientras empezaba a ayudarla-, otro sabotaje ridículo. Esta vez ha sido una bolsa de sangre que han tirado contra la puerta del Edificio de Ceremonias. Nada grave. Rek ya lo habrá limpiado. Un ab­surdo intento de profanación que no preocupará a nadie. Ni siquiera a Mir.

            -Pero a ti te preocupa.

            -Sí. Parecen tonterías, cosas de majaderos como dice Mir, pero eso de que se repitan no acaba de gustarme.

            -Pero no hacen daño a nadie -intentó tranquilizarle Dar.

            -Es cierto, pero ya todos hablan de esos sabotajes. Me preocupa lo que pueda ocurrir después. Alguien tiene un plan, y soy incapaz de imaginar de qué se trata.

            -Por eso te preocupa. Siempre quieres tenerlo todo controlado -bromeó ella.

            -No te rías. Es necesario que nos lo tomemos en se­rio. Tengo que hablar con Mir y Tar. Hoy mismo.

            Con la colaboración de ambos, la mesa pronto estuvo lista. Mientras tanto, Darir arreglaba su habitación, pero, como siempre, Camir seguía en la cama.

            Como todas las mañanas, habían preparado la mesa para cuatro. Pero, también como todas las mañanas, seguramente solo desayunarían tres. Cada día resultaba más difícil decidir qué hacer con Camir. Cam sabía que si le exigía al chico que desayunara con todos, debería hacer frente a sus quejas: “¡Claro, como eres el Regidor de Seguridad estás dema­siado acostumbrado a mandar!”, “¿Es que no me vais a dejar hacer lo que quiero?”, “¿Hay o no libertad?”. Quejas repetidas que, desde el inicio de la adolescencia de Camir, eran ya un  manjar cotidiano.

            A pesar de todo, Cam sabía que, una vez más, si no intervenía, Dar no estaría contenta. Y, por otra parte, no quería mostrarse au­toritario en su propia casa. Y aún menos con un joven inteligente y con afán de independen­cia como Camir.

            Dar no era excesivamente tradicional, no podía serlo si era la compañera de Cam. Pero a Dar le gustaba que los cuatro se reunieran en torno a la mesa al menos una vez al día. Y el desayuno era el único momento en que podía pre­tenderlo. La comida les encontraba a los cuatro atareados en diversos menesteres, pescando o repartidos por la ciu­dad. Y, última­mente, era imposible contar con Camir a la hora de la cena.

            -Camir, ¡el desayuno! -Dar lo intentaba como todos los días.

            El silencio habitual le respondió.

            Dar entró en la habitación del joven y se oyó el murmullo de un breve diálogo que finalizó con el también habitual:

            -¡Déjame en paz! Ya me levantaré más tarde. Desayu­naré solo.

            Dar se acercó a la mesa sin pronunciar palabra y, una vez más, desayunaron los tres solos. Darir había aprendido a callar.

            El desayuno fue silencioso. Pero a Cam este pequeño incidente fa­miliar, ya cotidiano y repetido, no le distrajo de la preocupación por los sabotajes.

            La visita a Mir, el Regidor de Ceremonias, resultó completamente dis­tinta de lo que Cam había esperado. Ni siquiera hubo tiempo para hablar de los sabotajes. Una novedad abrumadora lo cambiaba todo.

-Ha ocurrido. Por fin ha ocurrido. ¿Qué haremos ahora? -Mir había perdido cualquier atisbo de la serenidad que, supuestamente, distinguía su tarea de sumo sacer­dote.

Por suerte, Cam y Mir estaban solos.

            -A ver, explícate poco a poco. ¿Qué habéis visto realmente? -Cam, como siempre, era quien mantenía la calma, escuchaba los hechos, buscaba los datos que faltaban y tomaba las decisiones. De los tres gobernantes de Ciudad de Acuaria, el Regidor de Seguridad era, en las últimas rotaciones, quien disponía del ver­dadero poder.

            -Me lo ha dicho Dak. Él lo ha visto. Primero una luz en el cielo, una estrella fugaz. Solo una, y grande. Dak y los que la han visto di­cen que es la Nave. La Nave. La que, según dicen los Libros, será la muerte de Ciudad de Acuaria.

            Mir no podía evitar su nerviosismo. Una cosa era di­rigir las ce­remonias siempre repetidas y hablar retórica­mente del profetizado Regreso de la Nave, y otra muy distinta la realidad. Como tantos otros en Ciudad de Acuaria, ni siquiera los Regidores de Ceremonias creían en toda esa parafernalia de la Nave. Comprobar de repente que era cierto, que podía existir una Nave que regresara como decía el saludo ritual, era mucho más de lo que nunca hu­biera imaginado.

            -Tranquilo, Mir. Una estrella fugaz no es la Nave. Otras veces hemos tenido estrellas fugaces. ¿Hay algo más?

            -¡Sí! ¡Claro que sí! El Receptor Sagrado se ha puesto a hablar. Dice cosas extrañas, pero habla. Ha uti­lizado términos sagrados, aunque no se entiende su sig­nificado ni por qué se emplean. Ya sabes: fre­cuencias, transceptores, fisión, Tierra, megahercios,… todo eso.

            -Sí. Podría ser la Nave. -Cam era un buen jefe, sabía reconocer los hechos cuando estos eran nuevos. En las trescientas rotaciones documentadas en los Libros, el Receptor Sagrado nunca había hablado. Una estrella fugaz sola no significaba nada. Una estrella fugaz y el Recep­tor Sagrado hablando de cosas extrañas era algo muy dis­tinto-. Haz que avisen a Ros. Hemos de hablar de todo esto. Y que nadie di­funda la noticia por ahora. ¿Quiénes saben que el Receptor Sagrado ha hablado?

            -Solo yo y Pox, que sigue todavía de guardia tomando notas.

            -¿Cuándo ha hablado el Receptor Sagrado? ¿Antes o después de la estrella fugaz?

            -Dak dice que la estrella fugaz, la Nave como él la llama, ha sido vista una división antes del alba. El Re­ceptor Sagrado se ha puesto a hablar hace muy poco, menos de una división. En realidad, no se oye nada bien. Hay algo que bien podrían ser las Sagradas Interferencias de que hablan los Libros. Aunque ahora se oye más claro que cuando em­pezó.

            -Vayamos a oírlo.

            La voz autoritaria de Cam se confundió con el sonido de sus pasos. Se encaminaba decidido hacia la puerta del recinto donde Pox continuaba tomando notas de los ruidos y voces que salían del objeto sagrado.

            “…zen la frecuencia de 1150 megahercios. Identi­fiquen la posi­ción. Cambio y espero“, y un largo silencio invadió el Receptor Sagrado.

            La cara de Pox reflejaba una actitud dedicada, de interés y poco reflexiva. Seguro que, movido por la de­voción de cumplir correctamente con su tarea, todavía no se había dado cuenta del alcance real de cuanto es­taba ocurriendo. Mir escuchaba horrorizado al ser consciente de que todo su mundo se hundía, simplemente al hacerse realidad lo que había predicado durante tantas rotaciones.

            Cam, al contrario, era todo serenidad y reflexión. Escuchaba atento, pero su cerebro, olvidando los pequeños sabotajes nocturnos del último dozil, empezaba a imaginar los problemas que se presen­tarían y pensaba en la forma de mantener el orden y lograr que la novedad no alterase en demasía la pacífica vida de Ciudad de Acuaria.

            Cuando hubo transcurrido un tiempo que pareció muy largo pero solo era de unas pocas fracciones, la metálica voz reinició su dis­curso, casi idéntico al anterior. Las notas de Pox evidenciaban que el mensaje se repetía con muy pocas diferencias.

            “Aquí la nave exploradora Descubrimiento. Identi­fiquen la posi­ción. Utilicen la frecuencia de 1150 mega­hercios. Identifiquen la posición. Cambio y espero.” Y de nuevo silencio.

            Cam pensaba que tal vez un aparato como el místico Receptor Sagrado, que había permanecido en silencio durante trescientas rotaciones, también podía emitir mensajes y no solo recibirlos. Pero nadie sabía cómo hacerlo. Los Libros no hablaban de ello. Y Cam se sabía los tex­tos de memoria.

            Era una cruel ironía del destino que, tras tantas rotaciones es­perando de forma ritual el “Regreso de la Nave”, cuando este se hacía realidad no supieran cómo contestar.

            Al lado del muelle central de Ciudad de Acuaria una  curiosa comitiva esperaba la llegada del barco.

            Cam, con la Vara de Seguridad como símbolo de su au­toridad, ocu­paba una posición ligeramente retrasada. De­lante suyo, Mir conseguía apenas disimular sus temores bajo la máscara ceremonial y los lujosos vestidos de gala que correspondían a su cargo de Regidor de Ceremo­nias. Al lado de Cam, Ros, Regidora de Acciones y el único cargo elec­tivo de la tríada de gobernantes de Ciudad de Acuaria, parecía resig­nada e incluso contenta de haber delegado en Cam la responsabilidad de actuar en aquel mo­mento histórico.

            Tras ellos, preparados y alerta, los mejores guardias de que disponía Cam vigilaban atentos a la menor indicación de su jefe. Más atrás, un grupo más numeroso de vigilantes mantenían orden y paz entre la multitud que, curiosa y con temor por su propio futuro, se disponía a presenciar los acontecimientos.

            Entre la gente, Camir, ya despierto y levantado, no se hallaba junto a su madre y su hermana. Prácticamente en primera línea, el joven hijo de Cam parecía ser el eje en torno al cual giraba un grupito de muchachos expec­tantes y tal vez atentos también a la menor señal de quien posiblemente fuera su líder. Aunque nunca habían pensado que una serie de pequeños sabotajes pudiera precipitar el mítico Regreso de la Nave y que incluso el mismo Camir lo negaba, casi todos esos jóvenes asociaban los sorpren­dentes e inesperados hechos de ese día con sus pequeñas acciones nocturnas del último dozil. Los cambios que Camir les había prometido llegaban mucho antes de lo previsto.

            Acercándose entre las aguas a la ya cálida luz del día, un gran buque de pesca de Ciudad de Acuaria remol­caba una extraña Nave cerrada que parecía toda de metal. Los rayos de Niusan arrancaban maravillosos reflejos a las paredes de la Nave. Tonalidades y colores que dominaban el apa­gado lucir de la leñacero del barco de pescadores que co­mandaba Set.

            El heliógrafo del barco había explicado, hacía muy poco, que los pescadores habían visto como la Nave caía en el mar, que se habían acercado a ella y que habían es­tablecido contacto. Ahora la remolcaban hasta el muelle principal de Ciudad de Acuaria.

            Cam, impaciente, todavía discurría la forma de plantear el en­cuentro. Había convencido a Mir y Ros de que, pasado el primer instante, la solemnidad estaba fuera de lugar. La gente ya sufría bas­tante por las temi­das consecuencias que la tradición asociaba al Re­greso de la Nave. Hacer que el acto resultara excesivamente solemne, no haría otra cosa que reforzar esos temores.

            El sentido práctico de Cam le sugería encarar el asunto como un complejo trato comercial, un acuerdo entre iguales que disponen de mercancías o informaciones para intercambiar. Cam había leído los Li­bros. Los recordaba. Era información valiosa. Los de la Nave no podían saber lo que decían los Libros. Ni siquiera llegando desde los cielos. El heliógrafo había dicho que el tripulante de la Nave era humano. El pragmatismo y el racionalismo de Cam no le dejaban creen en di­vinidades. Esta era su ventaja secreta, la fuerza interior que le hacía destacar entre la tríada de gobernantes de Ciudad de Acuaria.

            Cuando el barco llegó al muelle, y mientras su gente se apresuraba con las operaciones del atraque, Set bajó rápidamente y, comprendiendo al vuelo la situación, se dirigió con urgencia a Cam.

            -Son como nosotros –dijo-. Hablan nuestra lengua aunque el acento es distinto. Dicen que nos ayudarán a volver a casa, a la Tierra.

            -¿Son pacíficos?

            -Sí. No creo que haya ningún peligro. -Set parecía seguro. Cam confiaba en la experiencia del pescador.

            El breve diálogo, tan solo cuchicheado, terminó cuando llegó al muelle un hombre alto, vestido con ropa muy ajustada de color gris. Sus cabellos también eran grises. La mirada serena y un rostro no mal­tratado por el sol destacaban entre los curtidos semblantes de los jóvenes pescadores que le acompañaban.

            -Soy oficial de enlace de la Nave Descubrimiento, comandada por la capitana Dena Kiuta de la Alianza Trigémina. Me llamo Hanu Lest. Nuestra misión es es­tablecer contacto con los mundos abandonados tras el Gran Caos. ¿Con quién hablo, por favor?

            Ante la muda respuesta de Mir, Cam se adelantó.

            -Soy Cam, Regidor de Seguridad de Ciudad de Acuaria. Estos son Mir, el Regidor de Ceremonias, y Ros, la Regi­dora de Acciones. Nuestra tarea es regir la comunidad de Ciudad de Acuaria. Bienvenido. ¿Estáis solo?

            -Aquí, sí. La nave que veis es solo una de las naves de explo­ración de la Descubrimiento. Hay otras naves que orbitan el planeta buscando vida organizada. Ahora comu­nicaré que os he encontrado y los sociólogos podrán venir para hacer su trabajo.

            -¿Sociólogos? -preguntó Ros con cierto tono de sor­presa.

            -Sí, los especialistas en el contacto con las comu­nidades perdi­das después del Gran Caos. Han pasado casi cuatrocientos años desde que se perdió el contacto con la nave Iskra que suponíamos perdida en este sistema solar.

            -Nuestros Libros hablan de trescientas rotaciones.

            -¿Rotaciones?

            -Una rotación es un conjunto de estaciones, una deriva completa de Ciudad de Acuaria. Cada rotación se divide en doce doziles. Cada dozil tiene cinco grupos de siete días. -Cam lo explicó como solía hacerlo Dar en la escuela. Por un instante pensó en ella y eso le animó. Pero no se atrevió a mirar hacia atrás. Ahora él repre­sentaba a toda la comunidad de Ciudad de Acuaria ante al­guien que parecía disponer de una tecnología muy poderosa y que, además, no temía decir­les que había venido para echarles de Ciudad de Acuaria, de su mundo. Pensar en Dar le daba fuerzas, como siempre, aunque ella no estu­viera físicamente a su lado.

            Hanu Lest había estado reflexionando un momento.

            -Vuestro día tiene veintiocho horas, y vuestro año, lo que lla­máis rotación, ha de tener unos cuatrocientos veinte de esos días. Nuestros cuatro­cientos años equivalen a vuestras trescientas rotaciones. Hablamos de lo mismo.

            -Nuestro día tiene veinte divisiones, no veintiocho “horas”. Pero ya habrá tiempo para hablar de todo esto -cortó Cam-. Aunque parecéis tener una tecnología distinta y espectacular, nos permitimos ofreceros nuestra hospi­talidad. Después podréis avisar a vuestros compañeros.

            Cam se dió la vuelta y, con la mano, invitó a Hanu Lest a avanzar por el camino que, casi milagrosamente, los guardias habían conseguido abrir entre la multitud.

            Durante todo el día siguiente hubo gran actividad. Hanu Lest había avisado a su gente. Tras comprobar el es­tado sanitario de los habitantes de Ciudad de Acuaria, ahora había llegado el momento de tratar con la socióloga Tera Torn. El resto de los tripulantes de la nave de la Alianza Trigémina se mantenía en órbita en la Nave. Solo una pequeña lanzadera de exploración iba y venía de Ciu­dad de Acuaria a la Descubrimiento. Los recién llegados sabían respetar la idiosin­crasia de Ciudad de Acuaria.

            Cam lo agradecía. La vida había recuperado, hasta donde era posible, una cierta normalidad. Mantenía frecuentes conversaciones con la so­cióloga ahora que ya entendía el alcance de su trabajo: comprender la cultura de Ciudad de Acuaria y ayudar a su futura reintegración en la nueva Alianza Trigémina y en una lejana Tierra. Por el momento, los contac­tos entre la gente de la Descubrimiento y los habi­tantes de Ciudad de Acuaria casi se habían reducido a las largas conversaciones que Cam mantenía con Tera Torn. Mir y Ros habían aceptado sin problemas que fuera el Regidor de Seguridad quien se encargara de ello. De forma casi natural, la tríada de gobierno se había convertido en un sistema presidencialista.

            De forma inevitable, Cam mezclaba en el debate cuestiones per­sonales. Era consciente de ello, pero tam­bién sabía que solo así sería capaz de entender lo que pasaba por las mentes de sus conciudadanos.

            Personalmente Cam percibía la situación como si al­guien quisiera expulsarle de su tierra, de su mundo, de aquello que había conformado las raíces definitivas de su vida. Dar compartía su punto de vista. Sin embargo, Camir, por ejemplo, solo vivía con la idea de marchar. Esa era la novedad que parecía haber esperado durante toda la vida. Camir quería irse. Cam podía, tal vez, entenderlo, pero no acababa de aceptarlo.

            Descubrir que Camir había sido el instigador de los pequeños sa­botajes y atentados del último dozil le había provocado reacciones di­versas y, en cierta forma, comple­mentarias. Orgullo al darse cuenta de que la estrategia adoptada por su hijo era la correcta, aun cuando estaba dirigida a obtener unos resultados que el mismo Cam no deseaba. Preocupación al saber, también, que Camir osaba alzarse contra el mundo que Cam tenía la obligación de defender.

            Darir, como siempre, era reservada. Todavía no había tomado ninguna decisión. Como Dar, tardaba en expresar su opinión, pero cuando lo hacía era ya algo definitivo e indiscutible. Tal vez optara por quedarse, pero aún era pronto para saberlo.

            Cam era consciente de que una división de opiniones parecida se repetía en todas las familias de Ciudad de Acuaria. Unos deseaban marchar hacia nuevos horizontes, mientras que otros veían el futuro viaje como un peligro y una amenaza para unas vidas bien arraigadas en la realidad cotidiana del planeta de agua. Tantas rotaciones hablando retórica­mente del Regreso de la Nave no les habían preparado para el verdadero regreso.

            Tera, la socióloga de la Alianza Trigémina, parecía entenderlo e intentaba explicárselo a Cam. Tera era una persona baja y menuda con una inevitable compulsión a hablar y explicarse. Ella sola, con su conversación, podía llenar la mayor de las habitaciones a pesar del reducido volumen físico de su persona. Era una con­versadora eficiente con quien no había necesidad de preocu­parse por mantener vivo el diálogo. Ella hacía la mayor parte del trabajo.

            -Es la reacción habitual. Si excluimos los mundos con condiciones de vida infrahumanas, y, en realidad, en estos casi nunca se han encon­trado supervivientes, en la mayoría de los casos tenemos el mismo problema: hay al­gunos que no desean volver. Es lógico, han vivido toda su vida en un determinado mundo que es ahora todo su uni­verso. Algunos ni siquiera se atreven a aceptar que exista nada al margen de su ám­bito cotidiano. No aceptan la existencia de la Alianza Trigémina. Ni la de la Tierra. Incluso rehúsan las comunicaciones.

            -¿Pero acaban marchando?

            -No siempre. Como aquí, les ofrecemos el futuro y las maravillas de la civilización tecnológica de la Alianza Trigémina. Para los jóvenes suele bastar. La ma­yoría de ellos no quiere renunciar a las posibilidades que ofrece una civilización galáctica. Pero, para satisfacción de los sociólogos como yo, siempre hay algunos que quieren seguir siendo lo que son, que desean quedarse en sus mundos y mantener en cierta forma su cultura. Aunque, tras nuestra llegada, queda inevitablemente contaminada por nuestra presencia. No se puede hacer una tortilla sin romper el huevo.

            -Pero, pero… ¿Eso quiere decir que hay familias que se separan? Para siempre. Ha de ser terrible.

            Tera, a pesar de su innata tendencia a hablar, sabía que en este punto había de ser prudente. Conocía la fa­milia de Cam y, buena profe­sional como era, había captado fácilmente la situación de en­frentamiento. Cam no hablaba en general. Temía perder a su hijo. Perderlo mucho más de lo que ya lo había perdido.

            -A veces. Pero son separaciones cortas. Muchas fa­milias vuelven a reunirse.

            La mentira no lo era tanto. Tera sencillamente olvi­daba, por voluntad propia, recordar la dilatación temporal del viaje por el espacio a grandes velocidades. Una dila­tación que separaba a los viajeros en la dimensión tempo­ral con una eficiencia mucho mayor que la separación en el espacio. La gente de Ciudad de Acuaria no tenía, por el momento, por qué saberlo.

            Pero Cam era duro de pelar. Y recordaba los Libros.

            -Quizá. Sin embargo, los Libros hablan de una “dilatación temporal” de los que viven en las Naves. Si no lo he en­tendido mal, pocas rotaciones de quienes viajan pueden representar muchas rotaciones de quienes no viajan. Se­guro que la mayoría de los padres nunca vuelven a ver a sus hijos si estos deciden marchar.

            -Depende. -Cogida en su propia trampa, Tera sabía que ahora era imprescindible ser sincera, aun conociendo, como conocía, la firme voluntad de Camir de mar­char con la Nave. Había sido el primer peticionario-. Si el viaje es corto y las edades lo permiten, el reen­cuentro es posible. Seguramente Camir…

            -Ahora no estamos hablando de Camir -cortó en seco Cam-. Son las otras familias las que me preocupan. Es toda la vida de Ciudad de Acuaria la que está en juego. ¿Qué haremos sin los jóvenes? ¿Cómo so­brevivirá la ciu­dad?

            -Vendrán colonos. Ningún planeta en el que la hu­manidad haya con­seguido sobrevivir durante cuatrocientos años merece ser abandonado. Y, de la misma forma que vuestros jóvenes querrán marchar, en los otros planetas hay jóvenes que también ansían partir. Puede parecer cínico, pero así con las cosas: los jóvenes de Ciudad de Acuaria mar­charán para colonizar otros planetas, y los jóvenes de otros planetas vendrán para colonizar Ciudad de Acuaria. Es ley de vida.

            Silencio. Cam ya tenía suficiente. Había demasiada verdad en el discurso de Tera. Y su hábito de mando había llevado a Cam a compren­der a su gente y, por añadidura, a la otra gente. Incluso se creía ca­paz de comprender a los habitantes de esos otros planetas de que hablaba Tera. Al fin y al cabo, los seres humanos, estén donde estén, no son tan distintos.

            Aceptada la realidad, y convencido del inevitable dolor de Dar ante la pena de ver marchar, tal vez para siempre, a su hijo, Cam había tardado mucho en tomar la decisión de decir lo que ahora se proponía decir. Sabía que podía esconder el hecho, y el mismo planeta de Acuaria se encargaría de acabar con el peligro de la partida de Camir.

            Sin embargo, Cam se conocía lo bastante a sí mismo para saber qué era lo que nunca podría hacer. Les habían encontrado, la nave había Regresado y, si los jóvenes no marchaban con la Descubrimiento, serían otras Naves las que lle­garían. No avisarles del peligro que corrían provocaría la revuelta de los jóvenes de Ciudad de Acuaria. Ahora sabían que existían otras posibilidades y deseaban probar­las. Solo veinte rota­ciones antes, él mismo, con Dar, habría elegido marchar. También le molestaba, entonces, la monótona rutina de la vida en Ciudad de Acuaria. Ahora el tiempo había cambiado tantas y tantas cosas. Había llegado el momento de la experiencia para Camir y su gente. Al menos tendrían un buen jefe. Camir era in­teligente. Cam no era viejo, no se sabía viejo, pero sabía reconocer dónde tenía sus raíces. Él se quedaría. Si Dar se quedaba, claro. Los lugares son importantes, pero son las personas quienes los definen.

            -Tera, ¿están protegidas vuestras naves contra el Aliento del Mal?

            -¿Qué? ¿Qué es el Aliento del Mal? ¿Qué quieres de­cir? -Tera se disponía a escuchar una leyenda más, una particularidad más de la cul­tura de Ciudad de Acuaria, una novedad que todavía desconocía.

            -Es lo que segregan unos peces monstruosos que viven en las pro­fundidades del agua. Son gigantescos. Pueden comerse a un hombre de un único bocado. Con su Aliento destruyeron la nave que nos trajo aquí, la Iskra. Lo di­cen los Libros.

            -Ha de tratarse de una leyenda. Ya hace un par de días que estamos aquí y la lanzadera de exploración sigue intacta.

            -Ahora es la estación sin lluvias. Esos peces están lejos, la deriva nos aleja de ellos. Pero temo por el metal de la lanzadera. Los Libros dicen que el metal hace enloquecer a esos peces. Pueden venir.

            -Pero Ciudad de Acuaria está hecha de metal, y parece que os ha durado muchos años…

            -No. Ciudad de Acuaria está construida con leñacero. Es de un ár­bol acuático de aquí. Parece ser como un ve­neno para esos peces abisales, no pueden acercarse. No si no hay metal cerca. Te habrás dado cuenta de que en Ciu­dad de Acuaria no hay metal. Todo lo hacemos con leñacero. Así, esos peces monstruosos nos respetan.

            -Un momento. -Tera activó su comunicador y se puso a hablar con la Descubrimiento. Su voz cambió de tono. Ahora ya no era tan amable. Sonaba más firme. Era un tono profe­sional, como el de Cam cuando hacía la ronda matutina-. Cart, soy Tera. Busca en la base de datos cuál fue el úl­timo contacto con la Iskra. Mira si hicieron alguna ad­vertencia o, tal vez, una petición de socorro. Espero.

            Cam presenciaba, sorprendido, el parlamento pronun­ciado ante sí pero que no se dirigía a él. Dos días eran pocos para acostumbrarse a los maravillosos artefactos de los tripulantes de la Descubrimiento. Tera le había con­tado que el funcionamiento era parecido al del helió­grafo, pero que las ondas que utilizaba eran de un tipo distinto de la luz que trans­mitía el heliógrafo. Cam no comprendía cómo podían operar esas ondas si nadie podía verlas, pero era evidente que el aparato funcionaba.

            Unos momentos más tarde llegó la respuesta. Salía del comuni­cador de Tera y ambos pudieron escucharla.

            “Tera, parece que hubo una última transmisión infor­mando primero de que la Iskra había llegado a un planeta habitable y que estaban en peligro. Tiene que haber un error, pero el mensaje hablaba de unos peces monstruosos y de que la cu­bierta de la nave se disolvía en el agua. Eso dice el mensaje. Después, nada. La fecha es de poco antes del Gran Caos. Nadie se pre­ocupó por ellos. No llegaron más noticias ni mensajes. Es posible que siguieran transmitiendo, aunque con el follón de aquellos días nadie debió de escucharles. ¿Te basta?

            -Sí, gracias Cart. Eficiente como siempre. Te debo un café. Y van… Ya nos veremos. -Tera desconectó el co­municador y miró cara a cara a Cam, interrogadora.

            -Parece que el Aliento del Mal de esos peces terminó con la Iskra. -Cam hablaba pausadamente-. Eso dicen los Libros. También cuen­tan que los supervivientes pusieron en marcha el Receptor Sagrado pero que nunca llegó ningún mensaje. Nunca hasta anteayer. Habéis tenido suerte de llegar en esta estación y solo con las pequeñas naves explo­radoras. El tamaño de la Descubrimiento ya habría excitado a esos peces del abismo. No hay tiempo que perder. -La voz de Cam rezumaba orgullo.

            -Tienes razón. Avisaré a la capitana. No dejaremos que la Des­cubrimiento baje al planeta.

            La Descubrimiento no descendió, pero las pequeñas naves explo­radoras iban y venían. Traían material sani­tario, sistemas de comuni­caciones y todo tipo de aparatos. También se llevaban consigo algunos visitantes, pocos, que al volver hablaban admirados de las maravillas de la Descubrimiento. Decían que la nave era mayor que toda Ciudad de Acuaria, que la luz surgía de antorchas sin humo con solo apre­tar unos botones en la pared, y que todo era de metal. También decían que la comida, eso sí, era muy poco apeti­tosa y que no admitía ningún tipo de comparación con el pescado que era la dieta habitual de Ciudad de Acuaria.

            El sexto día se perdió una nave exploradora.

            El piloto estaba tomando muestras de agua y una pareja de grandes escualos marinos, atraídos por la presencia del metal, surgieron de las profun­didades. Casi inmediatamente la cu­bierta metálica de la nave que estaba en contacto con el agua empezó a disol­verse.

            -¡La nave se disuelve! ¡Se disuelve! ¡No es broma! ¡¿Qué hago?! -gritaba atemorizado  el piloto por el comu­nicador.

            “Lurt, te estás pasando. ¿Qué es eso de que la nave se disuelve? ¿Estás seguro de no haber bebido más de la cuen…?

            La conversación se interrumpió justo cuando la corrosión llegó a los sistemas de comunicación de la nave exploradora. Por suerte para el piloto, los pescadores de Ciudad de Acuaria que le acompañaban mantu­vieron alejados a los peces con sus arpones de leñacero, mientras otros pescadores procedían al salvamento. El entre­acto fue breve. Salvado el piloto, los pescadores abandonaron la lucha. Tal y como decían los Libros, los gigantescos peces deglutieron los restos de la nave ex­ploradora cual si fuese una nuez sin cáscara y, libres ya del misterioso reclamo del metal, se alejaron satisfechos del barco de leñacero.

            La imposibilidad de hacer bajar la Descubrimiento, limitó el nom­bre de posibles viajeros. El pacto fue fácil aunque no hubiera presen­cia personal y se realizara con un comunicador especial destinado a sustituir al viejo Receptor Sagrado.

            “Mis oficiales me informan de que sería demasiado arriesgado inten­tar bajar con la Descubrimiento o con cualquier nave mayor que una nave exploradora“. La capi­tana tenía una voz firme que transmitía seguri­dad.

            -Podemos preparar un pequeño campo de aterrizaje para una nave de exploración, si es factible aterrizar en un lugar sólido. -Cam también hablaba con seguridad. Mir y Ros escuchaban atentos. Tera y el varado piloto Lurt asistían a la conversación. Provisionalmente ambos eran dos habi­tantes más de Ciudad de Acuaria.

            “No hay problema. Podemos hacerlo. ¿Cuánto tardará en tenerlo listo?

            -Un par de días. Haré derruir un viejo almacén que ya queríamos suprimir. Lurt nos ayudará a preparar lo que haga falta para el ate­rrizaje.

            “Muy bien. Otro problema es que la evacuación deberá ser más restringida. Con algunos viajes de la lanzadera podremos eva­cuar, digamos, una vein­tena de personas. El resto tendrá que esperar la llegada de otras naves. ¿Le parece bien así?

            -Sí. Ya decidiremos quiénes irán con ustedes. No hay problema. Eso nos dará tiempo para digerir la situación. Y para preparar la lle­gada de otras naves. Construiremos un lugar seguro para evitar el ataque de esos peces. La leñacero servirá. -Cam estaba tan seguro como aparentaba. Gran parte del problema de la evacuación había desapare­cido. Ahora todos dispondrían de tiempo para prepararse. El problema se reducía a saber quién integraría el primer grupo de veinte eva­cuados. Pero eso no inquietaba a Cam. Sabía gobernar a su gente.

            -Capitana, soy Tera. Desearía quedarme. Estoy segura de que pronto llegarán otras naves y, mientras tanto, quiero seguir estu­diando esta cultura.

            “Por mí no hay inconveniente. Regidor de Seguridad, ¿cuál es su opinión?

            -Me parece justo. Si una veintena de los nuestros puede ir con ustedes, seguro que dos o tres de los suyos pueden quedarse aquí. Tera es bienvenida y aceptada. Nos puede enseñar muchas cosas.

            “Me temo que es Tera la que quiere aprender muchas cosas…“. La voz de la capitana Dena casi hacía visible su sonrisa. “Les enviaré un médico y un ingeniero, así co­rresponderemos a su colaboración. Estoy segura de que habrá voluntarios. Las otras naves llegarán pronto. Ten­drán ustedes que preparase para su arribo.

            -Gracias. Así lo haremos.

            Aquella noche Dar parecía más sosegada. En la intimi­dad de la habitación, reemprendieron la tranquila conversación de las últimas noches. Esta vez parecía todo decidido.

            -Al fin y al cabo no será tan grave, veinte personas casi no se echarán en falta en Ciudad de Acuaria. Y tendremos tiempo para prepararnos para el verdadero Regreso de la Nave. – Dar pretendía sonar ani­mosa, como si de­seara infundirse valor.

            -No te engañes, Dar, los familiares de esas veinte personas sí las echarán de menos. Y mucho. No creo que nosotros podamos quedarnos al margen.

            -¿Quieres decir que…?

            -Sí. Si hay alguien que desea irse, ese es Camir. To­davía no me ha dicho nada, pero la situación es clara. Creo que Darir querrá quedarse, pero no Camir. Y yo no podré, y tampoco querré, oponerme.

            -No lo soportaré. No volveremos a verle nunca. Como si hu­biera muerto.

            -Yo tampoco podré soportarlo. Pero tendremos que hacerlo. Tiene derecho a elegir su propia vida. En el fondo, eso es lo que siempre hemos deseado para él, que fuera capaz de elegir su propio destino. Nos costará, pero también a él. Quizá no lo sepa todavía, pero también nos echará en falta.

            -Pero, nunca…

            -También es posible que lleguemos a verle algún día. Si vuelve pronto por aquí y todavía estamos vivos. Nos tendremos que preparar para reencontrar a un hijo muy joven aunque nosotros seamos ya bas­tante viejos. Para Camir, si viaja, el tiempo pasará más lentamente. Aunque también podría ocurrir que no regresara a tiempo. Si es que regresa…

            Se abrazaron y aplazaron el problema como habían he­cho otras ve­ces, compartiendo las alegrías y, como ahora, las penas, en un abrazo asexuado pero francamente efec­tivo. Ni siquiera el llanto se abrió paso en medio del calor y la fuerza de un contacto siempre seguro. Aunque poco faltó para ello.

            La mañana siguiente, durante el desayuno, estaban los cuatro.

            Había tensión. No excesiva. La de las cosas sabidas y que todavía no se habían dicho. Pero que era im­prescindible decir muy pronto. Cam no se atrevía y, como siempre, Dar fue la más valiente.

            -Dentro de un unos días la Nave marchará. Papá y yo hemos deci­dido quedarnos. Y vosotros, ¿qué vais a hacer?

            El aire se hizo espeso. Cam podía pensar que había formas más su­tiles de decirlo. Pero Dar, como siempre, tenía razón. Debían afrontar los hechos de cara y con valor.

            El silencio seguía.

            -Yo me quedaré. Pronto vendrá otra Nave, otra opor­tunidad. Mien­tras tanto, podré conocer más cosas de la Alianza Trigémina y de la Tierra con la ayuda de Tera y de los otros que decidan quedarse aquí. Después decidiré si me interesa o no marchar. -Era Damir que rompía el silencio con su voz y su opinión siempre sensata.

            Pero el silencio volvió de nuevo. Cada vez más denso. Ni Cam ni Dar se atrevían a mirar a Camir.

            -Yo quiero irme.

            La voz de Camir no era de desafío como Cam había temido. Una sor­presa y una satisfacción. Su hijo deseaba marchar, pero había refle­xionado acerca de ello. Era consciente todo lo que significaba su decisión.

            -Tal vez nunca más volvamos a vernos. -Dar se mostraba insegura.

            -Tal vez. Sé que lo que dice Damir es muy sensato. Antes de mar­char sería conveniente saber lo que nos es­pera ahí fuera y todo lo que ello representa. Pero me engañaría si me quedara. He deseado de­masiado intensa­mente un cambio, cualquier cambio, para no irme. Quiero ir, quiero ver cómo son esos otros mundos. Y quiero hacerlo ahora. Ahora la Nave está aquí. ¿Quién sabe si volverá? Hemos esperado demasiadas rotaciones. No quiero dejar pasar la oportunidad. Y eso no significa que no me entristezca marchar. Pero sé que debo hacerlo.

            Cam pensó que era el discurso más largo que había oído pronunciar a Camir en las últimas rotaciones. De nuevo el silencio invadió la habitación. Camir mantenía la cabeza un tanto gacha. No era un de­safío. Era algo muy distinto. Mucho más serio. Cam sentía fijas en él las mi­radas de Dar y Darir. Esperaban que hablara.

            -Está bien. No saltaré de alegría pero lo comprendo. Ojalá puedas regresar algún día a tiempo para vernos de nuevo. Y siempre podremos tener el consuelo de los sis­temas de comunicación que volverán a fun­cionar. Quedan pocos días. Hay que aprovecharlos.

            El aire espeso se diluyó en un segundo. Camir alzó la cabeza con expresión de satisfacción y sorpresa. Su padre siempre resultaba sorprendente. Esperaba una oposi­ción firme y dura, incluso violenta. Ahora se daba cuenta de que había olvidado algo importante respecto a su padre. Lástima de tiempo perdido, de pasada incomprensión y en­frentamiento. Era cierto, quedaban pocos días. Era impres­cindible aprovecharlos.

            Sin levantarse de la mesa, cuatro pares de manos se encontraron en medio de platos y vasos, y la presión de los dedos decía cosas que las palabras no sabían expresar.

            Y el día llegó. Después de unos cuantos viajes, los nuevos habi­tantes de Ciudad de Acuaria, con la dinámica Tera a la cabeza, ya disponían de todas sus pertenencias. Las naves exploradoras habían bajado también una in­gente cantidad de material que la Descubri­miento les de­jaba, a ellos y a toda Ciudad de Acuaria.

            Dieciocho personas, todas jóvenes, estaban ya en la Descubri­miento y solo dos esperaban el último viaje hacia un destino para ellas incierto pero pleno de promesas.

            De pie en la improvisada pista de aterrizaje, las familias de los dos últimos viajeros se despedían de aquellos a quienes no volverían a ver. El llanto do­minaba en una de las familias. La otra se lo tomaba, al menos aparentemente, con mucha mayor serenidad.

            Para Cam, Dar, Camir y Darir los últimos días habían sido de gran provecho. Camir se iba y, muy posiblemente, Darir marcharía en un fu­turo cercano. Pero eran opciones propias, como lo era para Cam y Dar el quedarse. Tal vez el futuro nunca permitiera el reencuentro, pero el presente era, pese a todo, esperanzador.

            El último en subir a la nave exploradora fue Camir. De pie en la escalera, justo antes de cruzar la puerta, se dió la vuelta y, por primera vez en las últimas seis rotaciones, pronunció de nuevo la frase ritual.

            -Por el Regreso de la Nave.

            Esta vez estaba plena de significado.